El anuncio del alcalde Jorge Acevedo de que Cúcuta será
“dueña de la mitad más uno” del agua y del aseo ha despertado expectativas,
pero también dudas. No es la primera vez que una ciudad colombiana intenta
recuperar el control de sus servicios públicos, y la experiencia de
Barranquilla con la Triple A ofrece lecciones que no pueden ser ignoradas.
En 2001, la empresa pública madrileña Canal de Isabel II, a
través de su filial Inassa, compró la mayoría accionaria de la Triple A con el
compromiso de modernizar el servicio. Sin embargo, con el tiempo, la promesa se
desmoronó: la Operación Lezo destapó una trama de corrupción
internacional, cobros ficticios, sobrecostos y pérdida de soberanía en la
gestión. Colombia terminó expropiando las acciones y hoy enfrenta una demanda
millonaria en el CIADI por parte del Canal de Isabel II.
Este antecedente demuestra que tener más acciones no
siempre significa tener más control. Cuando la estructura institucional es
débil y la supervisión ciudadana escasa, los socios —incluso si son empresas
públicas extranjeras— pueden operar bajo lógicas de rentabilidad que dejan al
interés público en segundo plano.
En el caso de Cúcuta, hay que reconocer que, desde que se
firmó el contrato de concesión con Aguas Kpital, los servicios de acueducto y
alcantarillado han mejorado en cobertura, continuidad y calidad frente a lo que
se tenía antes. Esa realidad obliga a que cualquier cambio de modelo no sea un
salto al vacío: no se trata de retroceder, sino de avanzar sobre lo que ya
funciona bien, corrigiendo las debilidades y fortaleciendo la gestión pública.
Y aquí surge la gran pregunta: si ya existe la EIS (Empresa
de Acueducto y Alcantarillado de Cúcuta), que es pública y local, ¿por qué
pensar en crear una nueva empresa para manejar el agua y el aseo? ¿No sería más
sensato fortalecer la EIS, dotarla de recursos técnicos, financieros y humanos,
y garantizar que tenga autonomía para operar con transparencia?
La creación de una nueva entidad podría abrir la puerta a
escenarios confusos: estructuras paralelas, repartición de funciones sin
claridad, acuerdos con privados que limiten la soberanía municipal o, peor aún,
duplicación de costos operativos. Además, la historia demuestra que los cambios
de figura jurídica no siempre significan mejoras para los usuarios; a veces,
solo sirven para cambiar los nombres en el organigrama, mientras los problemas
persisten.
Si el objetivo es recuperar el control y mejorar el
servicio, la prioridad debería ser fortalecer lo que ya existe, no
inventar nuevos experimentos institucionales que puedan replicar errores
pasados. La EIS, como empresa pública local, podría ser el eje de una
estrategia de gestión eficiente, con mecanismos de control ciudadano,
transparencia en la contratación y un modelo de gobierno corporativo blindado
contra la corrupción.
La lección de Barranquilla es clara: no basta con cambiar de
dueño o crear una nueva empresa; lo esencial es construir un sistema donde el
agua y el aseo estén al servicio de la gente, no de balances financieros ni
intereses ajenos. En el caso de Cúcuta, el riesgo es que el “control” que
promete la mitad más uno termine siendo solo un espejismo, y que la EIS, en
lugar de fortalecerse, sea relegada o absorbida en un esquema que repita viejas
historias de fracaso.
En el papel, “la mitad más uno” suena a control; en la
realidad, puede ser apenas un cambio de etiqueta si no se define con precisión
qué pasará con la EIS. Cúcuta ya tiene una empresa pública local que puede ser
la columna vertebral de un modelo eficiente y transparente. Crear una nueva
entidad sin una razón técnica sólida sería repetir el viejo vicio de desarmar
lo que funciona para montar estructuras que luego nadie controla. El agua y el
aseo no admiten improvisaciones: o se gobiernan con visión y honestidad, o se
convierten en el próximo capítulo de una historia que ya vimos… y que costó muy
caro.
¿O ME EQUICOCO?