En Colombia hablamos de
seguridad, de homicidios, de drogas, de fronteras calientes y de jóvenes sin
rumbo. Hablamos mucho del problema, pero casi nunca del origen. Y cuando se
revisan los presupuestos municipales, la conclusión es incómoda: invertimos
muy poco —casi nada— en fortalecer el núcleo familiar, justo donde empiezan
muchas de las fracturas sociales que hoy nos desbordan.
En ciudades como Cúcuta, donde la
violencia se ha vuelto paisaje cotidiano y el miedo se normaliza, la respuesta
institucional suele ser la misma: más patrullas, más operativos, más cámaras,
más anuncios. Todo eso puede ser necesario, pero es profundamente insuficiente.
Es la medicina que se aplica cuando la enfermedad ya hizo metástasis. La
prevención real —la que ocurre dentro del hogar— sigue siendo la gran ausente
de la agenda pública local.
La razón principal es tan simple
como incómoda:
fortalecer la familia no da votos inmediatos. No inaugura
obras, no corta cintas, no produce fotos para redes sociales. Un programa serio
de orientación familiar, acompañamiento psicosocial, prevención de la violencia
intrafamiliar o apoyo a la crianza responsable no muestra resultados en seis
meses, ni siquiera en un periodo de gobierno. Sus frutos se ven en diez o
quince años, cuando ese niño no abandona el colegio, no cae en el microtráfico
y no termina empuñando un arma.
Los gobiernos municipales,
atrapados en la lógica del corto plazo, prefieren invertir en lo visible y
urgente, aunque sea repetitivo e ineficaz. Así, el presupuesto se concentra en gasto
reactivo, no preventivo. Se actúa cuando el joven ya está vinculado a una
banda, cuando la violencia ya estalló, cuando el daño ya es irreversible. Se
olvida que antes del delincuente hubo un niño sin acompañamiento, una familia
rota, una casa donde el Estado nunca tocó la puerta.
A esto se suma otro problema
estructural: la familia no tiene doliente político. No existe, en la
práctica, una secretaría de familia fuerte, con recursos, indicadores claros y
poder real de decisión. El tema queda diluido entre oficinas de desarrollo
social, programas de mujer, juventud o inclusión, todos bien intencionados pero
fragmentados, sin una estrategia integral. El resultado es predecible: muchos
proyectos pequeños, discursos amplios y un impacto casi imperceptible en la
vida cotidiana de los hogares.
También persiste una idea cómoda
—y equivocada—: que la familia es un asunto privado y que el Estado no debe
“meterse”. Sin embargo, ese mismo Estado sí termina interviniendo después,
cuando debe pagar cárceles, atender víctimas, sostener sistemas de salud
colapsados por la violencia o desplegar fuerza pública para contener el caos.
Se
abandona la familia en la prevención y se asume el costo social en la crisis.
Lo más grave es que ni siquiera
medimos bien el problema. Los municipios carecen de indicadores sólidos sobre
desintegración familiar, abandono parental, salud mental intrafamiliar o
crianza sin redes de apoyo. Y en política pública hay una regla clara: lo
que no se mide, no se prioriza; y lo que no se prioriza, no se financia.
Así, la familia desaparece del debate presupuestal, aunque esté en el centro
del problema social.
Cúcuta es un ejemplo doloroso de
esta contradicción. Se habla de homicidios, de fronteras porosas, de economías
ilegales y de jóvenes sin oportunidades. Pero rara vez se conecta todo eso con
el debilitamiento del tejido familiar, con hogares atravesados por la
violencia, el desempleo, la migración forzada y la ausencia de acompañamiento
institucional.
La seguridad no empieza en la calle: empieza en la sala de la
casa.
Mientras no entendamos eso,
seguiremos atrapados en un círculo vicioso: más violencia, más gasto en
contención, menos inversión en prevención. Millones destinados a corregir los
efectos, casi nada para evitar las causas. Es una ecuación injusta, costosa y,
sobre todo, ineficiente.
Tal vez ha llegado el momento de
decirlo sin rodeos: la familia dejó de ser política pública y pasó a ser una
estadística olvidada. Y ningún plan de seguridad, ningún discurso oficial y
ningún operativo podrá sustituir lo que no se construyó a tiempo en el hogar.
Invertir en la familia no es un
asunto moral ni ideológico. Es una decisión estratégica. Es, quizás, la
política pública más silenciosa, menos rentable políticamente, pero más
poderosa que un municipio puede asumir. La pregunta no es si podemos hacerlo. La
pregunta es cuánto más estamos dispuestos a pagar por no hacerlo. ¿ O ME
EQUIVOCO?