domingo, 8 de febrero de 2026

LOS PARQUES VERDES DE CÚCUTA...SON LOS PARQUES CEMENTERIOS

 

Cúcuta sueña con tener el canopy más grande del mundo. Una megaobra turística, una postal para redes sociales, una promesa de progreso envuelta en cables, altura y vértigo. Suena moderno, suena audaz, suena a ciudad que quiere figurar. Pero mientras soñamos con volar entre árboles, olvidamos algo más básico y urgente: en Cúcuta casi no tenemos árboles donde caminar.

La pregunta es incómoda, pero necesaria:
¿por qué una ciudad que no tiene un gran parque verde metropolitano dentro de su casco urbano piensa primero en parques temáticos antes que en parques para su gente?

Cúcuta es una ciudad dura, caliente, de cemento. Una ciudad donde la sombra es un privilegio y el verde una rareza. Las temperaturas urbanas lo confirman: en los últimos años se han registrado picos cercanos a los 38 °C, con sensaciones térmicas superiores a los 40 °C, muy por encima del promedio histórico. La pérdida de cobertura vegetal y la expansión del cemento han convertido a la ciudad en una isla de calor permanente.

En este contexto, hablar de parques no es un capricho estético: es una política pública de supervivencia urbana.

A esto se suma otro dato incómodo. La Organización Mundial de la Salud recomienda entre 9 y 15 metros cuadrados de áreas verdes por habitante como estándar mínimo para ciudades saludables. En muchas ciudades colombianas el indicador no supera los 2 o 3 m² por habitante, reflejando un déficit estructural de espacio público verde. Cúcuta, sin un gran parque metropolitano urbano, claramente está lejos de ese estándar.

Paradójicamente, los únicos espacios verdaderamente verdes que conserva la ciudad son los cementerios. Allí sí hay árboles, silencio, sombra y orden. Allí sí se respira paz. Tal vez porque en Cúcuta planificamos mejor para los muertos que para los vivos.

Este no es un debate contra el turismo ni contra la innovación. Un canopy puede ser atractivo y generar ingresos. El problema es el modelo de planeación urbana que prioriza obras de vitrina sobre infraestructura social. En Cúcuta seguimos confundiendo desarrollo con inauguraciones, cemento con progreso y render con ciudad.

Las ciudades modernas planifican con un principio básico: el espacio público verde es política de salud, seguridad y cohesión social. Un parque metropolitano reduce temperaturas, mejora la salud mental, baja la violencia, fomenta el deporte y crea comunidad. Es urbanismo con enfoque humano. No es un lujo, es una obligación del Estado local.

En cambio, aquí se planea con la lógica del aplauso inmediato, del proyecto llamativo, del titular de prensa. Se construyen obras que se ven bien en fotografías, pero se descuida lo que no genera likes: el bienestar cotidiano del ciudadano común, del que camina, del que no tiene carro, del que vive en barrios sin árboles ni sombra.

Bogotá entendió esto con el Simón Bolívar, Medellín con sus parques urbanos, Curitiba con su sistema de espacios verdes. Cúcuta, en cambio, sigue atrapada en una planeación sin visión metropolitana, sin pulmones urbanos, sin estrategia ambiental, sin ciudad para caminar.

Soñar con el canopy más grande del mundo está bien. Pero soñar con una ciudad habitable debería ser obligatorio.
Porque una ciudad sin parques no es una ciudad moderna, es una ciudad que renunció a sus ciudadanos.

Y una ciudad que planifica mejor sus cementerios que sus parques no está mirando al futuro: simplemente está administrando el presente sin imaginar la vida que podría tener. ¿O ME EQUIVOCO?

 


domingo, 1 de febrero de 2026

Cúcuta, capital del abandono planificado.

 

Que no nos sigan diciendo que lo de las inundaciones en Cúcuta es “un fenómeno climático”. No lo es. Es el resultado de tres décadas de gobiernos locales y nacionales que decidieron no planificar la ciudad. Y eso tiene responsables por periodos, no por casualidad.

Desde los años noventa, cuando Cúcuta empezó a expandirse sin control, ninguna administración municipal asumió en serio la construcción de un sistema integral de alcantarillado pluvial. Se permitió el crecimiento urbano sin infraestructura, se aprobaron urbanizaciones sin drenajes adecuados y se dejó que los caños naturales fueran tapados, desviados o convertidos en basureros.

En los años 2000, mientras otras ciudades intermedias avanzaban en planes maestros de drenaje, Cúcuta se quedó en diagnósticos. Estudios iban y venían, consultorías se pagaban, pero las obras estructurales nunca arrancaron. La prioridad fue el cemento visible, no lo que va debajo de la tierra.

Durante la década siguiente, con mayores recursos y más transferencias, se optó por soluciones parciales: canalizar aquí, destapar allá, hacer mantenimientos cosméticos para la foto. Nada estructural. Nada que resolviera el problema de fondo. Cada invierno volvía a demostrarlo.

Y en los últimos años, con una ciudad más grande, más pobre y más vulnerable, la ausencia de alcantarillado pluvial ya no es solo un problema urbano: es una amenaza social y sanitaria. Las inundaciones afectan siempre a los mismos barrios, destruyen el comercio popular, enferman a los niños y profundizan la desigualdad.

Lo más grave es el silencio cómodo.
Cada administración hereda el problema y decide no enfrentarlo.
Cada gobierno nacional conoce la situación y la deja en manos del siguiente.
Y mientras tanto, la ciudad se ahoga.

La respuesta es simple y dolorosa:
una ciudad mal planificada produce sociedades fracturadas.

Cúcuta es hoy una ciudad sin drenaje físico y sin drenaje institucional. El agua no tiene por dónde salir, y los problemas tampoco. Se acumulan hasta que desbordan calles, hogares y paciencia ciudadana.

Ya no se puede seguir hablando de mala suerte ni de invierno fuerte.

Aquí hubo negligencia sostenida, falta de visión y miedo a tomar decisiones costosas pero necesarias.

Cúcuta no necesita otro estudio.
Necesita que alguien asuma la deuda histórica.
Porque una ciudad que lleva treinta años sin drenaje pluvial no está atrasada:
está deliberadamente abandonada.

Y algún día, esa cuenta la va a cobrar la realidad. ¿ O ME EQUIVOCO?

 

domingo, 25 de enero de 2026

LA FAMILIA ROTA :LA RESPONSABILIDAD QUE NINGUN ALCALDE QUIERE ASUMIR

 

En Colombia hablamos de seguridad, de homicidios, de drogas, de fronteras calientes y de jóvenes sin rumbo. Hablamos mucho del problema, pero casi nunca del origen. Y cuando se revisan los presupuestos municipales, la conclusión es incómoda: invertimos muy poco —casi nada— en fortalecer el núcleo familiar, justo donde empiezan muchas de las fracturas sociales que hoy nos desbordan.

En ciudades como Cúcuta, donde la violencia se ha vuelto paisaje cotidiano y el miedo se normaliza, la respuesta institucional suele ser la misma: más patrullas, más operativos, más cámaras, más anuncios. Todo eso puede ser necesario, pero es profundamente insuficiente. Es la medicina que se aplica cuando la enfermedad ya hizo metástasis. La prevención real —la que ocurre dentro del hogar— sigue siendo la gran ausente de la agenda pública local.

La razón principal es tan simple como incómoda: fortalecer la familia no da votos inmediatos. No inaugura obras, no corta cintas, no produce fotos para redes sociales. Un programa serio de orientación familiar, acompañamiento psicosocial, prevención de la violencia intrafamiliar o apoyo a la crianza responsable no muestra resultados en seis meses, ni siquiera en un periodo de gobierno. Sus frutos se ven en diez o quince años, cuando ese niño no abandona el colegio, no cae en el microtráfico y no termina empuñando un arma.

Los gobiernos municipales, atrapados en la lógica del corto plazo, prefieren invertir en lo visible y urgente, aunque sea repetitivo e ineficaz. Así, el presupuesto se concentra en gasto reactivo, no preventivo. Se actúa cuando el joven ya está vinculado a una banda, cuando la violencia ya estalló, cuando el daño ya es irreversible. Se olvida que antes del delincuente hubo un niño sin acompañamiento, una familia rota, una casa donde el Estado nunca tocó la puerta.

A esto se suma otro problema estructural: la familia no tiene doliente político. No existe, en la práctica, una secretaría de familia fuerte, con recursos, indicadores claros y poder real de decisión. El tema queda diluido entre oficinas de desarrollo social, programas de mujer, juventud o inclusión, todos bien intencionados pero fragmentados, sin una estrategia integral. El resultado es predecible: muchos proyectos pequeños, discursos amplios y un impacto casi imperceptible en la vida cotidiana de los hogares.

También persiste una idea cómoda —y equivocada—: que la familia es un asunto privado y que el Estado no debe “meterse”. Sin embargo, ese mismo Estado sí termina interviniendo después, cuando debe pagar cárceles, atender víctimas, sostener sistemas de salud colapsados por la violencia o desplegar fuerza pública para contener el caos. Se abandona la familia en la prevención y se asume el costo social en la crisis.

Lo más grave es que ni siquiera medimos bien el problema. Los municipios carecen de indicadores sólidos sobre desintegración familiar, abandono parental, salud mental intrafamiliar o crianza sin redes de apoyo. Y en política pública hay una regla clara: lo que no se mide, no se prioriza; y lo que no se prioriza, no se financia. Así, la familia desaparece del debate presupuestal, aunque esté en el centro del problema social.

Cúcuta es un ejemplo doloroso de esta contradicción. Se habla de homicidios, de fronteras porosas, de economías ilegales y de jóvenes sin oportunidades. Pero rara vez se conecta todo eso con el debilitamiento del tejido familiar, con hogares atravesados por la violencia, el desempleo, la migración forzada y la ausencia de acompañamiento institucional. La seguridad no empieza en la calle: empieza en la sala de la casa.

Mientras no entendamos eso, seguiremos atrapados en un círculo vicioso: más violencia, más gasto en contención, menos inversión en prevención. Millones destinados a corregir los efectos, casi nada para evitar las causas. Es una ecuación injusta, costosa y, sobre todo, ineficiente.

Tal vez ha llegado el momento de decirlo sin rodeos: la familia dejó de ser política pública y pasó a ser una estadística olvidada. Y ningún plan de seguridad, ningún discurso oficial y ningún operativo podrá sustituir lo que no se construyó a tiempo en el hogar.

Invertir en la familia no es un asunto moral ni ideológico. Es una decisión estratégica. Es, quizás, la política pública más silenciosa, menos rentable políticamente, pero más poderosa que un municipio puede asumir. La pregunta no es si podemos hacerlo. La pregunta es cuánto más estamos dispuestos a pagar por no hacerlo. ¿ O ME EQUIVOCO?

 


domingo, 18 de enero de 2026

CÚCUTA: CUANDO LA CRISIS DE LA SALUD DEJA DE SER UN DEBATE Y SE CONVIERTE EN TRAGEDIA

 

Hablar hoy de la crisis del sistema de salud en Colombia ya no es un ejercicio técnico ni un debate ideológico: es una realidad que se siente en las salas de urgencias, en las farmacias vacías y en la angustia diaria de millones de pacientes. Bajo el gobierno del presidente Gustavo Petro, el deterioro del sistema se ha acelerado peligrosamente, no tanto por la necesidad de una reforma —que muchos reconocen— sino por la improvisación, la confrontación permanente y la ausencia de respuestas claras mientras el sistema colapsa.

La desfinanciación es evidente. Las EPS, intervenidas o no, operan con déficits crecientes; la red hospitalaria acumula deudas impagables y la entrega de medicamentos se ha convertido en una ruleta rusa para los pacientes crónicos. Mientras el Gobierno insiste en que “no salvará a las EPS sino a la salud”, en la práctica quienes pagan el costo son los usuarios, atrapados entre un modelo que no se corrige y otro que no termina de nacer.

Pero si esta crisis golpea con fuerza al país, en Cúcuta se vive con mayor crudeza. Ciudad de frontera, históricamente presionada por la migración, la informalidad y la debilidad institucional, hoy enfrenta un sistema de salud desbordado. Hospitales públicos al límite, clínicas privadas restringiendo servicios por falta de pago y una red que no da abasto para atender a una población que crece sin que los recursos lo hagan al mismo ritmo. Aquí, la crisis no es estadística: es cotidiana.

Cúcuta atiende no solo a sus ciudadanos, sino a población migrante y retornada, muchas veces sin afiliación efectiva ni continuidad en los tratamientos. La atención primaria prometida por el Gobierno no se traduce en capacidad real, y la falta de medicamentos se siente con especial dureza en pacientes de alto costo. La frontera no espera decretos ni discursos: necesita soluciones inmediatas, flujo de recursos y decisiones técnicas, no ideológicas.

El problema de fondo es que el Gobierno ha optado por administrar la crisis mientras discute la reforma, en lugar de estabilizar primero el sistema. La confrontación con gremios, clínicas y EPS puede ser políticamente rentable, pero es socialmente irresponsable cuando no se garantiza la atención. La salud, convertida en campo de batalla política, pierde su esencia de derecho fundamental.

En Cúcuta, la crisis de la salud no se mide en debates televisados ni en cifras oficiales; se mide en madres que madrugan a hacer fila sin saber si habrá medicamentos, en adultos mayores que abandonan tratamientos porque no hay citas y en médicos que resisten con vocación mientras el sistema les falla. Aquí, donde la frontera multiplica las urgencias y reduce las excusas, la salud se ha convertido en una prueba diaria de resistencia.

La salud no puede seguir siendo un experimento político ni una bandera ideológica. En una ciudad que ha aprendido a sobrevivir al abandono, lo mínimo que se espera del Estado es que no abandone también el derecho más básico: el de vivir con dignidad.

Cuando la salud se derrumba en la frontera, el abandono del Estado deja de ser discurso y se convierte en dolor. ¿O ME EQUIVOCO?

 

 

Entre la tragedia nacional y un debate inútil

  Durante los últimos días, después de la primera vuelta de las elecciones presidenciales, Colombia ha sido testigo de una discusión que, fr...