Hay ciudades
grandes y ciudades pequeñas. Hay ciudades ordenadas y ciudades desordenadas.
Hay ciudades que entienden que el desarrollo nace de la planeación y, gracias a
ello, se fortalecen con el paso de los años. Y hay otras donde la planeación
parece limitarse a la existencia de una Secretaría, pero no a una verdadera
cultura de pensar el futuro.
También hay
ciudades que, cuando el Gobierno Nacional abre la puerta para apoyar proyectos
estratégicos, llegan con propuestas sólidas, técnicamente sustentadas y capaces
de transformar su economía durante décadas. En contraste, existen otras que,
cada vez que tienen la oportunidad de gestionar recursos, presentan una simple
lista de mercado: proyectos improvisados, sin visión de largo plazo y sin
responder a las verdaderas necesidades de la población. El resultado casi
siempre es el mismo: poco impacto, recursos desperdiciados y oportunidades
perdidas.
Una ciudad con
graves problemas de seguridad, con un sistema de salud en crisis, con baja
productividad, con enormes deficiencias en saneamiento básico y altos índices
de informalidad no puede darse el lujo de presentar como símbolo de su
desarrollo una obra pública de poca trascendencia frente a los desafíos que
enfrenta. La pregunta es inevitable: ¿acaso no existe un banco de proyectos
estratégicos que responda realmente a las necesidades de la región? ¿O
simplemente se gobierna pensando en la próxima fotografía y no en la próxima
generación?
El próximo
alcalde de ciudades con estas características debería comprender que la
planeación no es un requisito burocrático, sino la columna vertebral del
desarrollo. Desde el primer día de campaña debería rodearse de un equipo
técnico de alto nivel y, especialmente, de un excelente secretario de
Planeación, tanto para el sector urbano como para el rural.
Porque en
muchas de estas ciudades el casco urbano apenas representa una pequeña parte de
su territorio. El verdadero potencial está en el campo, en miles de hectáreas
que hoy permanecen subutilizadas o atrapadas por economías ilegales, mientras
la productividad sigue siendo una deuda histórica.
Pavimentar
calles puede ser necesario. Nadie discute la importancia de una buena
infraestructura vial. Pero una ciudad no se transforma únicamente con cemento y
asfalto. El verdadero desarrollo comienza cuando se construye una visión sobre
la educación que se quiere ofrecer, la seguridad que se necesita garantizar, el
sistema de salud que se aspira a tener y la economía que permita generar empleo
formal y oportunidades para todos.
Las obras
físicas se inauguran una vez. Las buenas políticas públicas producen resultados
durante generaciones.
Las ciudades
que permanecen atrapadas en la improvisación terminan normalizando la
informalidad, la baja competitividad y la ausencia de un rumbo claro. Gobernar
sin planificación es administrar la coyuntura; gobernar con visión es construir
futuro.
Como ocurrió
recientemente con la afición de Noruega durante el Mundial de Fútbol, donde
miles de personas remaban simbólicamente en la misma dirección para apoyar a su
selección, una ciudad solo alcanza su verdadero desarrollo cuando todos
—gobernantes, empresarios, universidades y ciudadanos— reman hacia un mismo
horizonte.
Porque las
ciudades exitosas no son las que más construyen. Son las que mejor planifican.
Y mientras
algunos sigan confundiendo desarrollo con cortar cintas e inaugurar concreto,
otros seguirán construyendo el futuro desde la planeación. Esa es, al final, la
diferencia entre administrar una ciudad y liderar su destino. ¿O ME EQUIVOCO?
