domingo, 30 de agosto de 2026

¿QUIÉN PAGARÁ LA CUENTA?

 






“Hoy, la deuda pública de Cúcuta equivale aproximadamente a $509.000 por cada habitante de cualquier estrato. Con el nuevo crédito de $30.000 millones, esa cifra subiría a cerca de $547.000 por cucuteño.”

Una ciudad con calles deterioradas necesita inversión y, cuando los recursos propios no alcanzan, el crédito puede convertirse en una herramienta legítima para financiar infraestructura.

Pero una política pública seria no puede reducir el desarrollo urbano a pavimentar calles.

Hay necesidades que pueden tener incluso mayor impacto sobre la competitividad y la calidad de vida de los ciudadanos que el pavimento. Cúcuta sigue teniendo sectores vulnerables a inundaciones y problemas de escorrentía. Necesita resolver definitivamente su movilidad y avanzar hacia un sistema de transporte moderno e integrado. Necesita mejorar sus ambientes escolares, ampliar la conectividad y fortalecer la formación para el empleo. Tiene una red hospitalaria que requiere fortalecimiento y necesita mayores inversiones en prevención, salud mental, salud ambiental y atención primaria. Necesita parques, zonas verdes, escenarios deportivos y recuperación urbana.

Cúcuta necesita recuperar el río Pamplonita, fortalecer la arborización, mejorar la calidad del aire, proteger sus fuentes hídricas y prepararse para los efectos del cambio climático. Necesita, además, infraestructura que permita atraer empresas, fortalecer los emprendimientos y aprovechar realmente su condición de ciudad fronteriza.

¿Por qué, cuando Cúcuta tiene tantas necesidades estructurales, buena parte de la discusión sobre nuevos créditos termina concentrándose nuevamente en pavimentación?

Cúcuta vuelve a entrar en el peligroso terreno del endeudamiento público. La Administración Municipal fué autorizada por el concejo a hacer un nuevo crédito por $30.000 millones, destinado fundamentalmente a continuar con la recuperación de la malla vial.

A primera vista, parece una decisión razonable. Pero el problema no es pedir prestado.

El problema es pedir prestado sin que los ciudadanos tengan absolutamente claro cuánto se debe, cuánto terminarán pagando, qué obras se han ejecutado con los créditos anteriores y cuál será el verdadero costo financiero de seguir comprometiendo los ingresos futuros de Cúcuta.

La Administración y algunos concejales defensores del proyecto argumentan que Cúcuta todavía tiene capacidad legal de endeudamiento. De acuerdo con las cifras presentadas en el Concejo, el indicador de solvencia se encuentra en 5 %, frente a un límite de alerta del 60 %, mientras el de sostenibilidad está en 51 %, frente a un límite del 100 %. Con el nuevo empréstito, estos indicadores subirían al 8 % y al 66 %, respectivamente. Perfecto.

¿Pero qué significan realmente esos porcentajes?

Para muchos ciudadanos, hablar de una solvencia del 5 %, una sostenibilidad del 51 % y que con un nuevo crédito pasarían al 8 % y al 66 % puede sonar tranquilizador. Pero traduzcamos esas cifras al lenguaje de la calle.

El indicador de solvencia busca establecer, en términos sencillos, qué tan pesada resulta para el municipio la obligación de pagar los intereses de su deuda frente a sus ingresos. Por eso, cuando la Administración dice que Cúcuta está en el 5 % y que, con el nuevo crédito, subiría al 8 %, está diciendo que todavía se encuentra muy por debajo del límite legal utilizado para este indicador.

La sostenibilidad mira otra cosa: si el municipio tiene capacidad para soportar el conjunto de sus obligaciones de deuda frente a los ingresos que respaldan ese cálculo. Hoy estaría en el 51 % y, con los $30.000 millones adicionales, subiría al 66 %, todavía por debajo del límite legal del 100 %.

Hasta ahí, todo parece tranquilizador.

Pero hay que tener cuidado.

Que la ley permita endeudarse hasta determinado nivel no significa que sea conveniente llegar hasta allí.

Para entenderlo mejor, pensemos en una familia que gana $5 millones mensuales y tiene una deuda importante. El banco puede decirle que, de acuerdo con sus ingresos, todavía puede solicitar otro préstamo. ¿Eso significa que la familia debería hacerlo? No necesariamente. Dependerá de para qué necesita el dinero, cuánto pagará en intereses, cuánto tiempo estará pagando y qué sacrificios tendrá que hacer en el futuro para cumplir con esa obligación. Con un municipio ocurre exactamente lo mismo.

Tener capacidad legal de endeudamiento no es lo mismo que tener una buena política de endeudamiento. Y esa es precisamente la discusión que Cúcuta debería estar teniendo. La pregunta no puede limitarse a si podemos pedir otros $30.000 millones. La pregunta verdaderamente importante es: ¿Nos conviene hacerlo, ¿qué vamos a sacrificar para pagarlos y qué recibirá Cúcuta a cambio de esa deuda? Pero cumplir la ley no significa necesariamente que una decisión sea financieramente conveniente. Esta diferencia debería ser elemental.

Los indicadores de la Ley 358 de 1997 sirven para determinar si una entidad territorial tiene capacidad para asumir deuda dentro de determinados parámetros fiscales. Pero esos indicadores no responden por sí solos las preguntas más importantes para los ciudadanos:

¿Cuánto terminarán pagando los cucuteños por esos $30.000 millones cuando se sumen capital, intereses, comisiones y demás costos financieros?

Ese es el dato que debería estar en primera página. Porque cuando un alcalde solicita un crédito, el dinero entra rápidamente al presupuesto y las obras pueden inaugurarse durante su administración. Pero la obligación permanece mucho después de que el gobernante abandona el Palacio Municipal.

El alcalde administra el crédito; las siguientes administraciones y los ciudadanos pagan la deuda.

Por eso resulta preocupante que la discusión pública se concentre en establecer si jurídicamente se puede pedir el préstamo, en lugar de discutir si económicamente conviene hacerlo. Cúcuta necesita una política seria de endeudamiento y no una sucesión de créditos aprobados individualmente.

Y aquí aparece otro asunto que merece una explicación pública mucho más profunda.

Según la información publicada, sectores de la oposición cuestionan la suficiencia de los informes sobre la ejecución del crédito anterior y han planteado interrogantes sobre las inversiones realizadas con esos recursos.

Si existen dudas sobre la ejecución del empréstito anterior, la prioridad debería ser aclararlas antes de abrir nuevamente la puerta del endeudamiento.

¿Cuál es el modelo de ciudad que estamos financiando?

Porque si cada administración llega al poder, identificando un conjunto de necesidades, contrata un crédito y deja la obligación para el siguiente gobierno, Cúcuta puede terminar atrapada en un círculo perverso: deuda para solucionar problemas, nuevos problemas porque los recursos futuros están comprometidos y nuevos créditos para intentar resolverlos.

Eso no es planificación financiera. Es administrar el futuro con recursos del presente.

La propia información financiera de la Alcaldía demuestra que el servicio de la deuda ya constituye una obligación presupuestal que debe atenderse con recursos públicos. En marzo de este año, por ejemplo, un decreto municipal registró movimientos presupuestales por más de $25.929 millones asociados al servicio de la deuda pública interna, incluyendo intereses y capital.

Ese dato debería obligarnos a mirar la discusión con mucha más seriedad. Porque cada peso que se destina al servicio de la deuda es un peso que no puede utilizarse simultáneamente para otra necesidad pública.

Eso tiene un nombre en economía pública: costo de oportunidad.

Por eso no comparto la idea de que la discusión pueda cerrarse simplemente diciendo: “Cúcuta todavía tiene capacidad de endeudamiento”.

No necesitamos saber solamente cuánto nos puede prestar el banco. Necesitamos saber cuánto puede soportar la ciudad sin hipotecar sus posibilidades de desarrollo. Que Cúcuta tenga capacidad legal para seguir endeudándose no significa que tenga capacidad económica ilimitada para hacerlo. ¿O ME EQUIVOCO?


domingo, 23 de agosto de 2026

UNA ECONOMÍA INFORMAL, UNA SEGURIDAD VULNERABLE

 





Que Cúcuta hoy da la sensación de ser una ciudad insegura… sí. Que en Cúcuta se presentan asesinatos, muchos de ellos relacionados con el sicariato… también.

Pero la solución del problema, o por lo menos un porcentaje significativo de ella, no está únicamente en la inteligencia militar, las cámaras, los drones ni en la tecnología aplicada a la seguridad.

No.

Hay una cifra que debería preocuparnos mucho más de lo que nos preocupa: en Cúcuta y su área metropolitana, cerca de seis de cada diez trabajadores están en la informalidad. En el trimestre marzo-mayo de 2026, la tasa llegó al 61,7 %, mientras el desempleo alcanzó el 11,1 % y el desempleo juvenil se aproximó al 20 %.

Y es que los cucuteños, pero sobre todo su dirigencia, parecen haberse acostumbrado a la informalidad. Llevamos décadas conviviendo con ella y hemos terminado convirtiendo nuestra privilegiada condición fronteriza, que debería ser una enorme ventaja competitiva, en una debilidad económica y social.

Puedo dar constancia de que llevamos por lo menos cinco décadas perdiendo oportunidades. Y lo más preocupante es que la situación parece empeorar porque buena parte de nuestra dirigencia ha perdido la ambición de construir una verdadera economía productiva. Nos hemos acostumbrado a administrar presupuestos, a ejecutar recursos, a solicitar créditos y a proyectar ingresos futuros, pero pocas veces nos preguntamos qué estamos haciendo para que la ciudad produzca más y genere mayores ingresos propios a partir de una economía sólida y formal.

Y aquí está, posiblemente, una de las variables más importantes de nuestra inseguridad, aunque muchos no quieran reconocerlo.

Cúcuta no puede seguir tratando la economía informal como un fenómeno aislado de la crisis de seguridad.

Cuando una ciudad mantiene durante años a una parte considerable de su población en actividades económicas precarias, sin estabilidad, sin protección social y con escasas posibilidades de progreso, termina creando un escenario de vulnerabilidad que puede ser aprovechado por las estructuras criminales.

La informalidad no convierte a un trabajador en delincuente. Sería injusto y equivocado afirmarlo. El vendedor ambulante, el pequeño comerciante, el trabajador independiente o quien diariamente sale a rebuscarse el sustento de su familia está trabajando y merece respeto.

El problema es otro: una economía que no ofrece suficientes oportunidades formales termina dejando a miles de ciudadanos, especialmente jóvenes, expuestos a otras alternativas de ingreso.

Y allí puede aparecer el crimen organizado ofreciendo lo que la economía legal no está ofreciendo: dinero rápido, préstamos ilegales, distribución de drogas, cobros, vigilancia territorial o participación en redes delictivas.

El problema, entonces, no es el trabajador informal.

El problema es una ciudad que ha permitido que la supervivencia económica se convierta en el único horizonte para miles de ciudadanos.

Por eso, la lucha contra la inseguridad no puede reducirse a más policías, más patrullajes, más cámaras o más capturas. Todo eso es necesario, pero resulta insuficiente si no atacamos algunas de las condiciones que permiten que las economías ilegales encuentren terreno fértil.

La seguridad también se construye con empresas, inversión, educación pertinente, empleo formal y oportunidades para los jóvenes.

Si Cúcuta no logra transformar progresivamente su economía informal en una economía productiva, el crimen seguirá encontrando espacios para reclutar, financiarse y expandirse.

La informalidad no es delincuencia.

Pero una ciudad sin oportunidades puede terminar convirtiéndose en el mejor trampolín para ella.

Y aquí aparece otra pregunta incómoda: ¿qué estamos haciendo con los recursos públicos para cambiar esta realidad?

Porque con el mismo dinero que hoy destinamos a proyectos que quizá no son las prioridades de una ciudad llena de necesidades, y con la suficiente voluntad política, podríamos comenzar a construir las bases de una política pública de productividad para Cúcuta.

Una política que no se limite a capacitar emprendedores, sino que identifique qué puede producir la ciudad, cuáles son nuestros sectores estratégicos, dónde están nuestras ventajas competitivas y qué necesitamos para convertirlas en empresas, empleo formal, exportaciones y mayores ingresos.

Tenemos una posición fronteriza privilegiada. Tenemos una población joven. Tenemos vocación comercial. Tenemos producción agrícola.

Tenemos posibilidades en agroindustria, logística, tecnología, energía, manufactura y servicios especializados.

Tenemos, además, un mercado venezolano que puede convertirse nuevamente en una enorme oportunidad.

Lo que no tenemos es el derecho a seguir desperdiciando esas ventajas.

No podemos seguir midiendo nuestro desarrollo por la cantidad de personas que salen diariamente a trabajar, sino por la capacidad de nuestra economía para generar valor, productividad e ingresos.

Una ciudad con una población de nuestra magnitud, una ubicación fronteriza estratégica y una fuerza laboral dispuesta a trabajar no puede conformarse con una economía de baja productividad y alta informalidad.

El desafío no es simplemente conseguir que la gente tenga trabajo.

El desafío es conseguir que Cúcuta produzca mucho más por cada trabajador.

Porque mientras nuestra economía genere poco valor, seguiremos teniendo bajos ingresos, alta informalidad y mayor vulnerabilidad frente a las economías ilegales.

Y aquí está el verdadero reto de Cúcuta:

No necesitamos solamente una ciudad que trabaje. Necesitamos una ciudad que produzca.

Porque una ciudad productiva genera empresas.

Las empresas generan empleo.

El empleo formal genera oportunidades.

Y las oportunidades les quitan espacio a quienes pretenden convertir la necesidad en una puerta de entrada al delito.

Cúcuta no podrá construir una seguridad sostenible si no construye primero una economía capaz de ofrecerle a su gente algo más que el rebusque.

La seguridad de nuestra ciudad también se juega en una empresa que nace, en un joven que consigue su primer empleo formal, en una fábrica que decide quedarse, en un productor que logra exportar y en cada oportunidad económica que conseguimos arrebatarle a la informalidad.

Cúcuta no necesita resignarse a sobrevivir.
Cúcuta necesita producir.

Y esa debería ser, quizá, una de las grandes prioridades de nuestra dirigencia durante las próximas décadas. ¿ O ME EQUIVOCO ?

 


domingo, 16 de agosto de 2026

EL RIESGO INVISIBLE QUE LEVANTA UNA CANCHA DE TIERRA

 



Son tantas las cosas que se deben ajustar en un municipio que algunas, aunque parezcan pequeñas e intrascendentes para algunos, pueden ser muy importantes para el bienestar de muchos.

En el sector comprendido entre Quinta Oriental y el barrio Colsag ha existido durante años una cancha de fútbol en tierra. Es un escenario muy utilizado, que proporciona recreación y esparcimiento y que resulta de gran importancia para las nuevas generaciones de deportistas.

Eso está bien.

Lo que no está bien es que detrás de ese espacio de recreación pueda existir un riesgo ambiental y sanitario que, por años, haya pasado inadvertido.

Y no solamente para quienes utilizan la cancha.

Justo al lado funciona el Instituto Técnico Mercedes Ábrego, donde permanecen diariamente niños, adolescentes, docentes y trabajadores. Y en Cúcuta tenemos una combinación que merece especial atención: períodos secos prolongados y frecuentes corrientes de viento.

¿Pero cuál es la amenaza?

Cada carrera, cada balón que golpea el terreno y cada movimiento sobre una superficie seca puede generar resuspensión de partículas. Las más grandes pueden depositarse rápidamente, pero las partículas respirables, especialmente las PM10, pueden penetrar en las vías respiratorias, mientras que las PM2,5, por su menor diámetro, pueden llegar hasta los alvéolos pulmonares e incluso atravesar la barrera pulmonar hacia el torrente sanguíneo.

Si usted vive en este sector de la ciudad o en algún otro que también tenga una cancha de tierra en sus inmediaciones y empieza a sentir inicialmente irritación de las vías respiratorias, manifestándose en síntomas como tos, carraspera, sequedad o irritación de garganta, estornudos, congestión nasal, aumento de la mucosidad, ardor en los ojos y sensación de dificultad para respirar,  debería preocuparse por solucionar el problema que genera la cancha. En personas susceptibles, especialmente niños, adultos mayores y quienes presentan enfermedades respiratorias, estas partículas pueden desencadenar o agravar episodios de sibilancias, opresión en el pecho y mayor dificultad respiratoria. Las partículas finas, particularmente las PM2,5, por su reducido tamaño pueden penetrar profundamente hasta los alvéolos pulmonares, por lo que una exposición frecuente y prolongada constituye un factor ambiental que merece vigilancia y control sanitario.

Y aquí está lo preocupante: no estamos hablando únicamente de los deportistas.

Estamos hablando de una comunidad educativa ubicada inmediatamente al lado de la cancha y de familias que viven en sus alrededores, potencialmente expuestas a episodios repetidos de polvo, especialmente durante las épocas secas y ventosas.

Esto no significa afirmar que la cancha esté causando enfermedades. Para decirlo con rigor científico habría que realizar mediciones de calidad del aire, caracterización del material particulado y una evaluación epidemiológica.

Pero precisamente ahí está la responsabilidad de la administración municipal.

¿Se ha evaluado alguna vez este riesgo?

Si no se ha hecho, debería hacerse.

La solución tampoco consiste en eliminar la cancha. Todo lo contrario: hay que mejorarla y conservarla, porque el deporte también es salud.

La Alcaldía, a través de sus áreas de Salud Pública, Ambiente, Infraestructura y Deporte, debería realizar una evaluación técnica del escenario, medir material particulado en condiciones de uso y establecer medidas de control de polvo. Dependiendo de los resultados, podrían estudiarse alternativas como el mejoramiento de la superficie, sistemas de estabilización del terreno, manejo de las zonas perimetrales y otras soluciones de ingeniería que reduzcan la resuspensión.



Porque gobernar no es solamente construir grandes obras.

También es identificar esos pequeños problemas que afectan diariamente a comunidades enteras y prevenir antes de tener que curar.

Una cancha de tierra puede parecer insignificante frente a una gran obra de infraestructura.

Pero para el niño que juega allí, para el profesor que trabaja al lado, para la familia que vive frente a ella y para todos los que respiran ese aire, no es insignificante.

Cúcuta necesita más escenarios deportivos, no menos.

Pero necesita escenarios seguros, saludables y técnicamente adecuados.

La pregunta, entonces, no debería ser cuánto cuesta mejorar una cancha.

La pregunta debería ser:

¿Cuánto nos puede costar no hacerlo? ¿O ME EQUIVOCO?

 

 


domingo, 2 de agosto de 2026

¿Nos falta ambición o simplemente perdimos el rumbo?

 



Me lo pregunté durante toda esta semana y terminé llegando a una conclusión que puede resultar incómoda: tal vez la principal asignatura pendiente de Cúcuta sea aprender a ser ambiciosa.

No hablo de una ambición personal, de esa que busca poder, contratos o protagonismo. Hablo de ambición de ciudad. De esa que obliga a mirar más allá del próximo período de gobierno y preguntarse qué Cúcuta queremos dejarles a quienes vienen detrás.

Somos una urbe de más de un millón de habitantes en su área metropolitana. Una ciudad fronteriza, estratégica, con una posición geográfica privilegiada y con una historia que alguna vez nos hizo creer que podíamos ser grandes.

Pero tenemos un río Pamplonita que agoniza entre la contaminación, la reducción de sus caudales y nuestra indiferencia; una ciudad que sigue sin resolver de manera definitiva un sistema de transporte público masivo capaz de conectar eficientemente a sus habitantes; una ciudad que continúa buscando respuestas para sus aguas residuales y que, cuando la lluvia aprieta, vuelve a descubrir que el agua también sabe exactamente dónde están nuestras falencias.

Y entonces aparece otro dato que debería hacernos pensar.

Cúcuta tiene alrededor de 1.131 kilómetros cuadrados de territorio municipal.

Es decir, tenemos espacio. Tenemos territorio. Tenemos frontera. Tenemos río. Tenemos historia. Tenemos gente. Tenemos problemas, sí, pero también tenemos oportunidades.

Entonces, ¿qué nos falta?

Quizá nos falta atrevernos a pensar en grande.

Roma, con una superficie municipal apenas superior a la de Cúcuta, construyó durante siglos una de las civilizaciones más influyentes de la historia. No fue cuestión de kilómetros cuadrados. Fue cuestión de visión, organización, estrategia y ambición histórica.

Cúcuta, en cambio, parece haberse acostumbrado a administrar el presente mientras el futuro continúa esperando en la sala.

Somos la ciudad que durante años ha discutido cómo resolver la prestación de sus servicios públicos; la ciudad que todavía tiene pendiente una solución integral para el tratamiento de sus aguas residuales; la ciudad que continúa necesitando una verdadera infraestructura de drenaje pluvial; la ciudad que alguna vez imaginó una red de bibliotecas públicas acercándose a los barrios y que hoy parece haber dejado que muchas de esas puertas se cierren sobre el conocimiento.

Y aquí aparece una pregunta todavía más incómoda:

¿Qué pasó con nuestra cultura de leer, investigar, inventar y construir?

¿Qué pasó con aquella Cúcuta del café, del ferrocarril, del telar, de la energía, de los comerciantes que miraban la frontera como una oportunidad y no como una condena?

Quizás esos cucuteños se fueron.

O quizás, como en Macondo, algún viento de agosto se llevó una parte de nuestra memoria colectiva y todavía no hemos encontrado dónde quedó.

Nos fuimos acostumbrando a la informalidad. A resolver lo urgente. A sobrevivir el día. A inaugurar antes que planificar. A anunciar antes que ejecutar. A discutir administraciones mientras la ciudad continúa esperando una visión que sobreviva a los alcaldes.

Y eso sí es peligroso.

Porque una ciudad no puede vivir eternamente esperando que llegue el gobernante que finalmente la rescate.

Las ciudades no se salvan con discursos. Se transforman con decisiones.

Necesitamos preguntarnos qué Cúcuta queremos dentro de 20, 30 o 50 años. ¿Queremos una ciudad que simplemente crezca en población o una ciudad que crezca en calidad de vida? ¿Queremos seguir reaccionando ante los problemas o comenzar a anticiparnos a ellos?

¿Queremos seguir mirando el río Pamplonita como un problema o convertirlo en el gran eje ambiental, turístico y urbano de la ciudad?

¿Queremos seguir hablando de movilidad o construirla?

¿Queremos continuar improvisando soluciones para las aguas lluvias o diseñar de una vez una infraestructura que prepare a Cúcuta para las próximas décadas?

¿Queremos una ciudad que expulse talento o una ciudad capaz de ofrecerle a sus jóvenes razones para quedarse?

Ahí está nuestra verdadera asignatura pendiente.

No es solamente construir.

Es planear.

No es solamente gastar.

Es invertir.

No es solamente inaugurar.

Es transformar.

Y, sobre todo, no es solamente elegir administradores.

Es encontrar líderes capaces de imaginar una ciudad que todavía no existe y tener la valentía de construirla.

¿Quién podrá enderezar el rumbo?

¿Quién será capaz de abandonar el discurso fácil, la fotografía para las redes sociales y el aplauso momentáneo para asumir una tarea que exige años de trabajo?

Tal vez a quien le corresponda esa responsabilidad tendremos que brindarle algo que Cúcuta también ha perdido: un pacto colectivo alrededor de una visión de ciudad.

Porque si seguimos pensando únicamente en el próximo presupuesto, en la próxima elección o en la próxima inauguración, seguiremos condenados a administrar el mismo presente.

Y el tiempo no espera.

Las arenas del reloj pasan volando. En agosto, quizá, se sienten todavía más rápidas.

Los antiguos romanos tuvieron a Sosígenes para ordenar su calendario y poner el tiempo en su sitio.

Nosotros necesitamos algo diferente:

necesitamos poner a Cúcuta en su tiempo.

Quizá nos toque esperar otro agosto para saber quién asumirá esta tarea digna de Odiseo: encontrar el camino de regreso a casa.

Pero hay una diferencia.

Odiseo sabía hacia dónde quería regresar.

¿Sabemos nosotros hacia dónde queremos llevar a Cúcuta?

¿O me equivoco?

 


¿CÚCUTA LEE O SOLAMENTE VA A LA FERIA DEL LIBRO?

  Hay una pregunta que deberíamos hacernos ahora que termina una nueva edición de la Fiesta del Libro de Cúcuta: ¿somos realmente una ciudad...