domingo, 25 de octubre de 2026

CÚCUTA: ¿UNA CIUDAD QUE SE ESTÁ ACOSTUMBRANDO A VIVIR EN LA CALLE?

 




Prometer la rehabilitación de 1.000 personas en situación de calle era un compromiso social ambicioso. Hoy, la ciudadanía merece conocer los resultados.

La informalidad que se ha tomado a Cúcuta, otrora la Perla del Norte, parece haber llegado también a sus calles, pero no me refiero solamente a la informalidad económica. Hablo de una ciudad que, cada vez con mayor frecuencia, nos enfrenta a una realidad incómoda: seres humanos que han hecho del espacio público su lugar de habitación, subsistencia o refugio. Por eso, cuando digo que Cúcuta parece una ciudad que vive en la calle, algunos se preguntarán: ¿qué está diciendo?

Observen lo que ocurre a nuestro alrededor. En distintos puntos de la ciudad encontramos personas de diferentes edades y condiciones que permanecen en las calles, unas de manera habitual y otras transitoria. Algunas sobreviven pidiendo ayuda, otras recurren a actividades informales y también están quienes enfrentan problemas de consumo de sustancias psicoactivas. No todas viven la misma realidad ni tienen las mismas necesidades, pero todas forman parte de una problemática social que exige atención institucional, soluciones sostenibles y, sobre todo, voluntad de actuar.

Hagamos dos observaciones puntuales.

Punto de observación número uno. 7:45 p. m., esquina de la calle 18 con avenida Primera. Durante apenas 15 minutos, en inmediaciones de una prestigiosa clínica de la ciudad, observé a cinco personas en situación de calle deambulando por el sector. Dos de ellas mostraban una actitud agresiva al acercarse a los vehículos para pedir ayuda.

Punto de observación número dos. Esquina de la calle 16 con avenida Cero. Allí, otras cuatro personas en situación de calle abordaban a quienes ingresaban a un reconocido restaurante de comidas rápidas para pedir dinero o alimentos. ¿Plata o comida? ¿Comida o plata? El orden no importa; lo preocupante es la realidad que se repite ante nuestros ojos.

Son apenas dos esquinas y 15 minutos de observación en uno de los puntos. No pretendo convertir este ejercicio en una estadística de ciudad, porque no lo es. Sin embargo, sí deja una pregunta que merece atención: ¿qué está pasando en Cúcuta y qué tan extendida está esta problemática en otros sectores? Ojalá la dimensión real sea menor de lo que muchos ciudadanos perciben, pero para saberlo necesitamos cifras actualizadas y una caracterización seria de esta población.

La situación de calle es una tarea pendiente de Cúcuta. Las distintas administraciones no han conseguido resolverla de manera estructural, y la actual tiene una responsabilidad particular: durante la campaña electoral de 2023, el hoy alcalde Jorge Acevedo convirtió la rehabilitación de esta población en uno de sus compromisos sociales.

Es posible pavimentar una calle, reparar un tramo deteriorado o recuperar una vía con obras que pueden verificarse a simple vista. Pero recuperar vidas exige mucho más: atención psicosocial, tratamiento cuando sea necesario, acompañamiento familiar, oportunidades laborales, seguimiento y recursos bien administrados. Tal vez allí radique una de las mayores dificultades de esta problemática: los resultados no se miden únicamente en metros de pavimento ni en personas que ingresan a un programa, sino en seres humanos que consiguen reconstruir sus proyectos de vida.

Durante la campaña de 2023, Acevedo prometió rehabilitar a 1.000 personas en situación de calle en Cúcuta. Posteriormente, como alcalde electo, anunció la meta de sacar a 500 personas de las calles durante el primer semestre de 2024.

Estamos en octubre de 2026. Han transcurrido más de dos años desde aquel primer plazo y la ciudadanía tiene derecho a preguntar por los resultados. Espero que la Administración haya avanzado significativamente en el cumplimiento de sus compromisos, pero las escenas que muchos cucuteños dicen observar a diario obligan a examinar con rigor el alcance real de la estrategia. La percepción ciudadana merece ser escuchada, aunque no sustituye una evaluación técnica ni demuestra, por sí sola, que un programa haya fracasado.

El 9 de octubre de 2026, Caracol Radio publicó un reportaje titulado «Inseguridad, desorden y habitantes de calle, paisaje en el centro de Cúcuta», en el que recogió preocupaciones de comerciantes y residentes por la presencia de personas en situación de calle, el consumo de drogas en espacios públicos, los problemas de aseo y la percepción de inseguridad. El reportaje volvió a poner sobre la mesa los interrogantes acerca de la respuesta institucional.

Y aquí es donde la discusión debe dejar de ser una confrontación de percepciones para convertirse en un ejercicio de rendición de cuentas. No basta con anunciar programas, presentar cifras de personas atendidas o informar sobre recursos contratados. Es necesario establecer cuántas personas ingresaron efectivamente a los procesos, cuántas culminaron su rehabilitación, cuántas lograron reintegrarse a sus familias y a la sociedad, cuántas accedieron a oportunidades laborales y qué seguimiento recibieron para evitar que sus avances se perdieran.

También es necesario conocer cuánto dinero se ha destinado a esta estrategia, cómo se han ejecutado los recursos y qué resultados concretos se han obtenido. Son preguntas legítimas sobre una política pública que involucra recursos de todos los cucuteños y, ante todo, la dignidad de personas que necesitan algo más que una intervención ocasional.

Porque hay una diferencia enorme entre retirar temporalmente a una persona de un lugar y ofrecerle una alternativa real para reconstruir su vida. Si no existe continuidad en la atención, acompañamiento posterior y oportunidades de reintegración, el problema puede reaparecer en el mismo sector o trasladarse a otro.

Desde El Primer Café Colombia preguntamos: si rehabilitar a 1.000 personas fue una de las grandes promesas sociales de la campaña, ¿cuántas han logrado realmente reconstruir sus vidas, cuánto ha invertido la Alcaldía y qué resultados verificables puede presentar hoy ante los cucuteños?

La ciudad no necesita solamente anuncios ni explicaciones. Necesita conocer los resultados, identificar lo que no ha funcionado y corregirlo. Las personas en situación de calle no pueden convertirse en parte del paisaje urbano, ni su presencia puede reducirse a un problema de imagen, seguridad o aseo. Son seres humanos que requieren atención integral, mientras los ciudadanos también tienen derecho a disfrutar de un espacio público ordenado y seguro.

La pregunta final es inevitable: ¿estamos recuperando vidas o simplemente nos estamos acostumbrando a verlas perderse en las calles de Cúcuta? ¿ O ME EQUIVOCO ?

 


domingo, 18 de octubre de 2026

El Niño no espera: ¿Cúcuta se prepara o vuelve a improvisar?

 



Cúcuta conoce demasiado bien el significado del calor. Lo sentimos en las calles, en los barrios, en los hogares donde un ventilador parece insuficiente y en los trabajadores que deben ganarse la vida bajo un sol implacable. Pero una cosa es convivir con las altas temperaturas y otra muy distinta enfrentar un fenómeno climático que puede comprometer el abastecimiento de agua, aumentar el riesgo de incendios, afectar la salud pública y golpear la economía de miles de familias.

El problema es que, mientras la ciencia advierte y las autoridades ambientales encienden las alarmas, los ciudadanos tenemos derecho a preguntarnos si nuestra administración municipal está haciendo lo necesario para anticiparse a la emergencia o si, una vez más, terminaremos reaccionando cuando el problema ya esté encima.

El Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales, IDEAM, confirmó oficialmente el fenómeno de El Niño en Colombia el pasado 8 de octubre. Su proyección señala una probabilidad del 83 % de que alcance o mantenga una intensidad fuerte a muy fuerte hasta el primer trimestre de 2027. No estamos, por tanto, ante una advertencia lejana ni frente a una posibilidad que pueda despacharse con declaraciones tranquilizadoras. Estamos ante un riesgo que exige decisiones oportunas, coordinación institucional y resultados verificables.

Y Cúcuta tiene razones adicionales para prestar atención. La capital nortesantandereana estaba entre las cinco ciudades capitales con mayor nivel de alerta frente a El Niño, mientras Corponor mantenía la alerta naranja sobre los ríos Zulia y Pamplonita. Son dos fuentes hídricas esenciales para la región y una señal que debería obligar a todas las autoridades competentes a actuar con especial responsabilidad.

La Alcaldía de Cúcuta no puede decir que nadie le avisó. Tampoco sería justo desconocer que la Empresa Industrial y Comercial de Servicios Públicos, EIS, informó sobre su participación en una sesión extraordinaria de gestión del riesgo en la que se socializó el Plan de Contingencia para la Temporada de Menos Lluvias y Sequía de 2026. Esa actuación institucional existe y debe reconocerse. Pero precisamente allí comienza la pregunta incómoda: ¿qué ha pasado después de la reunión?

Socializar un plan no es lo mismo que ejecutarlo. Convocar una mesa de trabajo no equivale a garantizar agua. Anunciar prevención no significa que los equipos de respuesta estén disponibles, que las fuentes alternas de abastecimiento hayan sido evaluadas o que los barrios más vulnerables sepan qué hacer ante una eventual interrupción del servicio. Entre el documento y la realidad existe una distancia que solo se acorta con presupuesto, responsables, cronogramas y resultados públicos.

Hasta ahora, con la información pública que he podido verificar, no es posible establecer de manera integral qué porcentaje del plan municipal está ejecutado, cuánto dinero se ha destinado específicamente a esta contingencia, cuáles son las metas medibles ni qué capacidad adicional tiene la ciudad para responder si disminuyen de manera significativa los caudales de sus fuentes de abastecimiento. Esta falta de información consolidada no demuestra que no se esté haciendo nada, pero sí plantea una obligación elemental de transparencia: explicarles a los cucuteños qué se ha hecho, qué está en marcha y qué falta por hacer.

La prevención, además, no puede reducirse a pedirle al ciudadano que cierre la llave mientras las instituciones se limitan a emitir recomendaciones. Ahorrar agua es necesario, por supuesto, pero la responsabilidad pública va mucho más allá. Hay que conocer la disponibilidad real del recurso, verificar la capacidad de captación y tratamiento, revisar los protocolos de distribución, identificar los sectores con mayor vulnerabilidad y establecer cómo se garantizará el suministro a hospitales, centros educativos, hogares infantiles y comunidades que enfrentan dificultades para acceder al servicio.

La Alcaldía, EIS, Corponor y la Gobernación deben trabajar sobre una misma hoja de ruta. No basta con que cada entidad publique su propio comunicado. La ciudadanía necesita conocer un plan articulado, con responsables identificados, fechas de cumplimiento y mecanismos para informar oportunamente sobre cualquier riesgo de desabastecimiento.

También está el peligro de los incendios de cobertura vegetal. Las altas temperaturas y la vegetación seca pueden convertir una imprudencia en una emergencia que amenace viviendas, ecosistemas y vidas humanas. ¿Cuenta Cúcuta con una capacidad de respuesta suficiente para atender varios incendios simultáneos? ¿Están identificadas las zonas de mayor riesgo? ¿Se han revisado los equipos, los recursos y la coordinación con los municipios vecinos? ¿Existe una estrategia de comunicación para que la comunidad reporte oportunamente las emergencias? Estas no son preguntas alarmistas: son preguntas básicas de gestión del riesgo.

Hay otra dimensión que no podemos ignorar: la salud. El calor extremo no afecta a todos por igual. Los adultos mayores, los niños, las personas con enfermedades crónicas y quienes trabajan en la calle tienen una exposición especial. La prevención debe contemplar campañas de hidratación, orientación a los servicios de salud, medidas de protección para trabajadores expuestos al sol y atención prioritaria a las comunidades con menos recursos para enfrentar las altas temperaturas.

Y aquí aparece una contradicción que merece discusión. Cúcuta es una ciudad que experimenta de manera recurrente temperaturas elevadas, pero eso no significa que esté automáticamente preparada para un episodio prolongado de calor y disminución de lluvias. La adaptación climática requiere planificación urbana, protección de árboles y zonas verdes, cuidado de las cuencas, recuperación ambiental y decisiones que no se limiten al calendario de una emergencia. Una ciudad no se vuelve resiliente por acostumbrarse al calor; se vuelve resiliente cuando reduce su vulnerabilidad.

No se trata de atribuirle al alcalde la responsabilidad por un fenómeno climático global. Ningún mandatario municipal puede controlar El Niño ni ordenar que llueva. Lo que sí está dentro de sus competencias es preparar a la ciudad, coordinar a las entidades, priorizar recursos, vigilar la ejecución de los planes y rendir cuentas. El clima no depende de la Alcaldía; la calidad de la respuesta institucional, en cambio, sí tiene responsables.

Por eso, la administración municipal debe entender que la gestión del riesgo no puede convertirse en una actividad de escritorio ni en una sucesión de reuniones cuya eficacia solo se descubre cuando llega la emergencia. La ciudadanía no necesita únicamente mensajes sobre lo que podría suceder. Necesita pruebas de que las instituciones están preparadas para enfrentarlo.

El fenómeno de El Niño también debería servir para revisar una visión de ciudad que con frecuencia privilegia la respuesta inmediata sobre la planificación de largo plazo. La prevención no siempre produce fotografías espectaculares ni inaugura obras visibles, pero puede evitar pérdidas económicas, interrupciones de servicios y sufrimientos que después resultan mucho más costosos de atender.

La pregunta, entonces, no es si Cúcuta puede impedir que llegue El Niño. La pregunta es si sus autoridades están haciendo todo lo razonablemente posible para que sus consecuencias no encuentren a la ciudad improvisando.

Desde El Primer Café Colombia consideramos que llegó la hora de que la Alcaldía publique un balance detallado de su plan de contingencia: presupuesto asignado y ejecutado, acciones realizadas, estado de preparación de los organismos de respuesta, medidas para proteger el abastecimiento de agua, protocolos sanitarios y cronograma de las tareas pendientes. Que la ciudadanía pueda consultar esa información y hacer seguimiento a los compromisos.

Porque cuando el agua empieza a escasear, los incendios avanzan o el calor golpea con mayor fuerza, ya no alcanza con convocar una reunión y anunciar medidas. En ese momento, la ciudad necesita que la prevención haya comenzado mucho antes.

Cúcuta tiene derecho a saber si está preparada. Y la administración municipal tiene el deber de demostrarlo. ¿O ME EQUIVOCO?

 


domingo, 11 de octubre de 2026

La educación colombiana bajo examen: ¿quién responde por los malos resultados?

 


Hace unos días, mientras conversaba con mi padrino, una persona con amplios conocimientos en materia educativa, discutimos sobre si los docentes en Colombia están siendo evaluados adecuadamente y qué tanta responsabilidad tiene en la calidad de la educación actual. La conversación surgió a propósito de los resultados de las pruebas PISA. Al final, mi padrino cerró la charla diciéndome que, para hablar de educación, hay que conocer a fondo cómo funciona el sistema. Así que decidí dedicar tres semanas a investigar el tema. Este es el resultado de esa investigación.

La crisis de la educación exige evaluar a los maestros con rigor, revisar el papel de los sindicatos, comprometer a las familias y exigirle al Estado resultados concretos. Defender al docente no significa blindarlo de toda crítica; exigirle calidad tampoco significa convertirlo en el único culpable.

La educación colombiana necesita una discusión seria, sin discursos complacientes, sin defensas corporativas y sin la costumbre de buscar culpables mientras los problemas permanecen intactos. Porque detrás de cada cifra educativa hay un niño que necesita aprender, un joven que busca oportunidades y una familia que deposita en la escuela la esperanza de un futuro mejor.

Los resultados más recientes de las pruebas PISA, correspondientes al ciclo de 2025 y publicados por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) el 8 de septiembre de 2026, deben ocupar un lugar central en el debate sobre la calidad de la educación colombiana. En matemáticas, apenas el 29 % de los estudiantes alcanzó el nivel básico de competencia, frente al 65 % del promedio de la OCDE. En lectura, solo el 46 % llegó a ese nivel, comparado con el 69 % de los países de la organización; mientras que en ciencias lo consiguió el 50 %, frente al 74 % del promedio de la OCDE. Aunque el desempeño colombiano se mantuvo aproximadamente en los niveles de 2022, los resultados en matemáticas y lectura siguen por debajo de los registrados en 2018. Estas cifras no autorizan a señalar a los docentes como únicos responsables, pero tampoco permiten normalizar las dificultades. La pregunta es inevitable: ¿qué estamos haciendo como país para que nuestros estudiantes desarrollen las competencias necesarias para comprender, razonar y enfrentar los desafíos del siglo XXI? PISA no evalúa individualmente a cada maestro ni explica por sí sola todas las causas del problema, pero sí ofrece una señal que el Gobierno, las secretarías de Educación, los directivos escolares, los sindicatos y las familias deben atender con seriedad. Seguir buscando excusas, sin revisar las prácticas pedagógicas, la formación docente, las condiciones de las instituciones y el acompañamiento familiar, sería prolongar una discusión que nuestros niños y jóvenes no pueden darse el lujo de esperar.

La próxima evaluación de pisa según el calendario será para el 2029 eso incluirá todo el periodo desde 2025…

Estas cifras plantean una pregunta inevitable: ¿estamos formando a los estudiantes para comprender, razonar, resolver problemas y enfrentar los desafíos del siglo XXI, o seguimos atrapados en un modelo que privilegia la memorización, el cumplimiento de contenidos y la aprobación de asignaturas?

PISA no evalúa individualmente a cada maestro ni puede explicar por sí sola todas las causas de las dificultades educativas. Sin embargo, sí ofrece señales que ningún gobierno, sindicato, directivo escolar o comunidad educativa debería ignorar. Cuando los resultados permanecen estancados, la respuesta no puede limitarse a presentar excusas ni a responsabilizar exclusivamente a las condiciones sociales. Es necesario revisar qué está fallando y qué debe cambiar.

En Colombia existe una discusión que suele generar resistencia: ¿cómo evaluar a quienes tienen la responsabilidad de educar a las nuevas generaciones?

La evaluación docente no debería entenderse como una amenaza contra el magisterio, sino como una herramienta para garantizar que los estudiantes reciban una educación de calidad. Así como un médico debe actualizar sus conocimientos y un profesional responde por el ejercicio de sus funciones, el docente también necesita demostrar que cuenta con las competencias pedagógicas, disciplinares y humanas necesarias para cumplir su misión.

Pero hay que hablar con precisión. En Colombia no todos los maestros están sometidos exactamente al mismo régimen. El Decreto Ley 1278 de 2002 estableció un sistema de carrera docente para quienes ingresaron bajo ese estatuto, mientras que otros educadores se rigen por disposiciones anteriores, como el Decreto 2277 de 1979. Por eso, cualquier propuesta de evaluación debe considerar esas diferencias legales.

La pregunta no es si debemos evaluar a los docentes. La pregunta es si estamos evaluando bien, con criterios transparentes, evidencia verificable, acompañamiento profesional y consecuencias claras.

Colombia necesita fortalecer la evaluación docente mediante un sistema técnico, transparente y suficientemente independiente, que complemente los mecanismos existentes y permita identificar fortalezas, dificultades y necesidades de formación.

No se trata de someter a los maestros a un examen aislado ni de convertirlos en los únicos responsables de los problemas educativos. Se trata de observar sus prácticas pedagógicas, la planeación de las clases, la capacidad para explicar conceptos, la atención a las dificultades de aprendizaje, el ambiente del aula y el progreso de los estudiantes, teniendo en cuenta sus condiciones de partida.

Cuando un educador demuestra buenos resultados, su trabajo debe reconocerse. Cuando presenta dificultades, debe recibir formación, acompañamiento y oportunidades reales de mejoramiento. Y cuando existen deficiencias persistentes y debidamente comprobadas, después de garantizar el apoyo correspondiente y el debido proceso, deben aplicarse las consecuencias previstas en la ley.

La evaluación sin acompañamiento se convierte en castigo; el acompañamiento sin exigencia puede terminar en complacencia. Un sistema educativo serio necesita ambas cosas: apoyo para mejorar y responsabilidad frente a los resultados.

También debe revisarse la calidad de los programas de formación inicial y continua de los maestros. No basta con acumular certificados, asistir a cursos o cumplir requisitos formales. La capacitación debe responder a las necesidades reales de las aulas, fortalecer la enseñanza de matemáticas, lectura y ciencias, incorporar herramientas digitales con sentido pedagógico y ofrecer estrategias para atender a estudiantes con diferentes ritmos y condiciones de aprendizaje.

La responsabilidad tampoco termina en la puerta del colegio. La familia es parte fundamental de la formación de niños y jóvenes, y su participación puede marcar diferencias importantes en los hábitos de lectura, la disciplina, la asistencia, la motivación y el desarrollo emocional.

Por eso, las instituciones educativas deben construir mecanismos de comunicación accesibles y útiles, no limitarse a convocar reuniones a las que muchos acudientes no pueden asistir. Orientación familiar, seguimiento oportuno, escuelas de padres y acuerdos claros sobre hábitos de estudio pueden contribuir a recuperar esa alianza indispensable entre el hogar y el colegio.

Colombia necesita un acuerdo educativo que trascienda los gobiernos y las disputas sindicales. Un acuerdo que fortalezca la evaluación docente con criterios técnicos y transparentes; garantice formación permanente vinculada a las necesidades del aula; reduzca las desigualdades entre instituciones; promueva la participación familiar y publique periódicamente indicadores que permitan conocer los avances y las dificultades. El propósito no es producir más documentos ni crear otra estructura burocrática. Es conseguir que cada peso invertido y cada decisión pedagógica contribuyan a que los estudiantes aprendan más y mejor.

Porque al final, el centro de esta discusión no es el Gobierno, el sindicato ni siquiera el maestro considerado de manera aislada. Son los millones de niños y jóvenes que llegan cada mañana a las aulas con la esperanza de encontrar allí las herramientas para construir un futuro diferente. ¿ O ME EQUIVOCO?

Fuentes de referencia

 

 

 

 

 

 

 

 

 




domingo, 4 de octubre de 2026

Cúcuta: ¿cuánto cuesta seguir siendo una ciudad informal?

 




Ser una ciudad netamente informal nos tiene jodidos. Y nos tiene jodidos porque así no podemos avanzar: ni en seguridad, ni en desarrollo social, ni mucho menos en desarrollo urbano. Mejor dicho, no avanzamos en casi nada. Solo nos hemos convertido en una ciudad que gasta plata y, muchas veces, la ejecuta mal, mientras buena parte de los indicadores sociales y económicos siguen insatisfechos. Y, para completar el cuadro, cada día estamos más endeudados.

La cosa está tan complicada que por ahí veo a un exalcalde pidiéndole urgentemente al “Tigre” que decrete un mes completo de días sin IVA para la ciudad, porque los venezolanos se han alejado y el comercio está cerrando sus puertas o le va a tocar cerrar. Se le abona al ciudadano la preocupación, pero tampoco podemos dejar de mirar la otra cara de la moneda: al venezolano muchas veces se le reciben sus dólares a una tasa que no necesariamente le favorece, mientras los productos se venden caros y los precios gastronómicos también se han disparado en buena parte de los restaurantes de la ciudad. Bueno, no en todos, pero sí en los de mayor demanda.

Y parece increíble que en los mejores restaurantes de Cartagena, en pleno Centro Histórico, dentro de la ciudad amurallada, como quien dice, de la Torre del Reloj para adentro, los precios de la gastronomía puedan costar entre un 40 % y hasta un 60 % menos de lo que cuesta comer en un buen porcentaje de la oferta gastronómica cucuteña.

Y mire usted esta perla: un ingeniero que vino a turistear a Cúcuta, no hace mucho, compró unos zapatos deportivos de una reconocida marca internacional en un reconocido almacén deportivo de un reconocido centro comercial. Y vea usted… los zapatos no eran originales y se los cobraron a precio de origen.

Eso también espanta al turista.

Somos una ciudad tan informal que no hemos podido, por lo menos en los últimos 50 años, poner —o mejor, echar a andar— los taxímetros. Y esto se convirtió en una especie de “descultura”. No sé si la palabra existe; creo que no, pero me gusta cómo suena para explicar lo que nos pasa.

Porque la cultura cucuteña de no usar taxímetro tiene varios responsables: primero, los taxistas; segundo, los usuarios —y probablemente aquí esté un porcentaje importante de la responsabilidad— y, sobre todo, la incapacidad de contar con un ente municipal serio y formal que haga cumplir las normas que el mismo municipio expide.

Esa informalidad en casi todo nos tiene jodidos. Y también espanta al turista.

Entonces, en una ciudad tan informal, el alcalde de turno prefirió perfilar buena parte de su actividad mediática alrededor de mostrarlo pavimentando calles, ya fuera de día o de noche. Mientras tanto, la seguridad, la educación, la salud, el desarrollo social, el desarrollo económico y tantos otros asuntos del diario vivir siguen esperando respuestas de fondo.

Como dirían los jóvenes de hoy: están “pal perro”.

Y en una ciudad donde un secretario de Seguridad termina necesitando seguridad después de protagonizar un episodio relacionado con el atropellamiento de unos ciclistas… también tenemos un problema de institucionalidad. Porque la seguridad no puede ser solamente un discurso: tiene que comenzar por el respeto a las normas y por la responsabilidad de quienes están llamados a hacerlas cumplir.

¿Qué más informalidad que seguir pensando en los venezolanos únicamente como compradores de tiendas?

Llevamos más de 50 años mirando hacia el mismo lado. Hemos pasado por las altas y las bajas de una moneda que hoy prácticamente ya no tiene el mismo papel comercial de otros tiempos, y seguimos dependiendo de la idea de que el venezolano venga, compre y se vaya.

No hemos aprendido.

Cúcuta necesita mucho más que compradores ocasionales. Necesita producir, generar empleo formal, atraer inversión, desarrollar servicios, fortalecer el turismo y aprovechar su condición fronteriza para convertirse en una ciudad competitiva.

Porque una ciudad no puede vivir eternamente de venderle al vecino.

Y yo me pregunto: ¿qué podría hacer un buen gerente con un promedio de 2,3 billones de pesos al año, que es aproximadamente el tamaño del presupuesto que Cúcuta ha venido manejando, si además de administrar recursos tuviera como prioridad transformar estructuralmente la ciudad?

Porque aquí está la pregunta de fondo: ¿cuánto de ese dinero realmente se está convirtiendo en desarrollo y cuánto simplemente se está gastando?

Ah, y olvidaba otra cosa: en una ciudad informal, el transporte público, diferente al servicio de taxis, sigue siendo deficiente y todavía estamos definiendo —si no estoy equivocado— un sistema multimodal de transporte que realmente pueda prestar un buen servicio a los ciudadanos y, sobre todo, al turista.

Eso también hace que el turista piense dos veces antes de venir.

Pero hay algo todavía más preocupante.

El Gobierno de Estados Unidos emitió una advertencia de viaje relacionada con Norte de Santander por razones de seguridad. El mensaje señala:

“Existe un riesgo elevado de ataques por parte de grupos armados ilegales, incluido el ELN, en el departamento de Norte de Santander, incluidos ataques con drones y fusiles contra instalaciones policiales y militares.”

Además, Estados Unidos recomendó a sus ciudadanos no viajar a Norte de Santander ni acercarse a menos de 10 kilómetros de la frontera entre Colombia y Venezuela.

Eso, señoras y señores, espanta más que cualquier informalidad de la ciudad.

Porque una cosa es que el turista encuentre un taxímetro que no funciona, un restaurante costoso, un transporte público deficiente o un comercio que no genere confianza.

Pero otra, muy diferente, es que desde el exterior se le esté diciendo:

No viaje.

Y entonces la pregunta queda servida sobre la mesa, acompañada, por supuesto, de un buen café:

¿Estamos construyendo la Cúcuta que queremos para los próximos 50 años o simplemente seguimos administrando la informalidad de los últimos 50?

¿O me equivoco?

 


¡BRILLAR PUEDE COSTAR LA VIDA!

  Ser una persona brillante, inteligente, ambiciosa y tener metas claras desde muy joven debería ser una ventaja, una condición para abrirse...