Estamos a escasos siete días de
la segunda vuelta presidencial en Colombia. Probablemente, la más compleja,
accidentada y polarizada que haya vivido el país desde que la Constitución
Política de 1991 instauró este mecanismo electoral.
El artículo 190 de la Carta Magna
estableció que para ser elegido presidente en primera vuelta un candidato debe
obtener más del 50 % de los votos válidos. De no alcanzarse ese umbral, los dos
aspirantes más votados deben enfrentarse en una segunda elección tres semanas
después, donde basta la mayoría simple para alcanzar la Presidencia de la
República.
Han transcurrido casi esas tres
semanas que contempla la norma y, durante ese breve lapso, ha ocurrido de todo.
Lo que debía ser un tiempo para contrastar propuestas, confrontar visiones de
país y permitir que los ciudadanos tomaran una decisión mejor informada,
terminó profundizando una fractura nacional que ya venía incubándose desde hace
varios años.
Hoy Colombia parece más dividida
que cuando terminó la primera vuelta. Las diferencias políticas, que son
normales y necesarias en toda democracia, han dado paso a una confrontación
emocional que convierte al contradictor en enemigo y al desacuerdo en motivo de
descalificación. El debate de las ideas ha sido desplazado por la batalla de
las narrativas, por la viralidad de las redes sociales y por la necesidad
permanente de alimentar la indignación colectiva.
Precisamente por ello, el próximo
presidente de la República enfrentará una tarea mucho más difícil que ganar las
elecciones. Gobernar será apenas el comienzo. Su verdadero desafío consistirá
en intentar reunir las piezas dispersas de una nación que parece haber perdido
la capacidad de escucharse a sí misma.
La economía enfrenta
incertidumbres, la seguridad continúa siendo una preocupación creciente en
amplias regiones del país, las instituciones sufren un evidente desgaste de
confianza y millones de colombianos observan el futuro con una mezcla de
esperanza y preocupación. Hablar de un horizonte gris podría parecer pesimista;
sin embargo, para muchos ciudadanos esa descripción resulta incluso moderada
frente a las dificultades que perciben en su vida cotidiana.
Al final no hubo debates. Hubo
sillas vacías. Hubo denuncias penales, acusaciones cruzadas, estrategias de
comunicación diseñadas para movilizar emociones y plazas llenas de seguidores
convencidos de que el adversario representa una amenaza existencial para el
país. También hubo encuestas cuestionadas, algunas desacreditadas desde la
primera vuelta, y una opinión pública cada vez más desconfiada de casi todas
las fuentes de información.
Pero quizá lo más preocupante no
sea lo que ocurrió durante la campaña, sino aquello que la campaña dejó al
descubierto. La profunda dificultad que tenemos como sociedad para aceptar que
una democracia no se construye sobre unanimidades, sino sobre la capacidad de
convivir con las diferencias.
Las elecciones terminan el
próximo domingo. Colombia, en cambio, continuará existiendo el lunes. Seguirán
compartiendo los mismos barrios quienes hoy votan por candidatos distintos.
Seguirán trabajando en las mismas empresas quienes defienden proyectos políticos
opuestos. Seguirán siendo familia quienes durante meses han discutido
apasionadamente alrededor de una mesa o a través de un grupo de WhatsApp.
Por eso, más allá del resultado,
el país necesita comenzar a sanar. Necesita recuperar el valor de la
conversación serena, del desacuerdo respetuoso y de la crítica argumentada.
Necesita comprender que ningún gobernante, por poderoso que parezca, podrá sacar
adelante una nación fracturada si los ciudadanos renuncian a reconocerse
mutuamente como parte de una misma comunidad política.
Quizá por eso los aires frescos
siempre le hacen bien al enfermo. Tal vez Colombia necesite abrir las ventanas
después de una campaña larga y extenuante. Escuchar nuevamente el suave trinar
de los pájaros en los árboles y no el ruido incesante de las redes sociales.
Recuperar la capacidad de reflexionar antes de reaccionar y de escuchar antes
de condenar.
Sería un cambio pequeño, pero
profundamente transformador. Un cambio capaz de marcar un antes y un después
para un país que durante demasiado tiempo ha permitido que el estruendo de la
confrontación ahogue la voz de la razón.
Porque, al final, la verdadera
victoria no será la de un candidato sobre otro. La verdadera victoria será que
Colombia pueda volver a encontrarse consigo misma.
Y tal vez ese aire fresco del que
tanto hablamos no sea solamente una metáfora. Quizás represente la oportunidad
de abrir puertas y ventanas para que circulen nuevas ideas, nuevas formas de
gobernar y nuevas maneras de entender los desafíos del país. Las democracias se
fortalecen cuando son capaces de renovarse, de cuestionarse y de corregir sus
propios errores. Después de todo, ningún futuro prometedor puede construirse en
habitaciones cerradas. Colombia necesita respirar, recuperar la confianza y
mirar hacia adelante con la convicción de que los cambios, cuando nacen de la
voluntad popular y del respeto por las instituciones, pueden convertirse en el
primer paso hacia tiempos mejores. ¿O ME EQUIVOCO?

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