domingo, 14 de junio de 2026

COLOMBIA NECESITA RESPIRAR

 



Estamos a escasos siete días de la segunda vuelta presidencial en Colombia. Probablemente, la más compleja, accidentada y polarizada que haya vivido el país desde que la Constitución Política de 1991 instauró este mecanismo electoral.

El artículo 190 de la Carta Magna estableció que para ser elegido presidente en primera vuelta un candidato debe obtener más del 50 % de los votos válidos. De no alcanzarse ese umbral, los dos aspirantes más votados deben enfrentarse en una segunda elección tres semanas después, donde basta la mayoría simple para alcanzar la Presidencia de la República.

Han transcurrido casi esas tres semanas que contempla la norma y, durante ese breve lapso, ha ocurrido de todo. Lo que debía ser un tiempo para contrastar propuestas, confrontar visiones de país y permitir que los ciudadanos tomaran una decisión mejor informada, terminó profundizando una fractura nacional que ya venía incubándose desde hace varios años.

Hoy Colombia parece más dividida que cuando terminó la primera vuelta. Las diferencias políticas, que son normales y necesarias en toda democracia, han dado paso a una confrontación emocional que convierte al contradictor en enemigo y al desacuerdo en motivo de descalificación. El debate de las ideas ha sido desplazado por la batalla de las narrativas, por la viralidad de las redes sociales y por la necesidad permanente de alimentar la indignación colectiva.

Precisamente por ello, el próximo presidente de la República enfrentará una tarea mucho más difícil que ganar las elecciones. Gobernar será apenas el comienzo. Su verdadero desafío consistirá en intentar reunir las piezas dispersas de una nación que parece haber perdido la capacidad de escucharse a sí misma.

La economía enfrenta incertidumbres, la seguridad continúa siendo una preocupación creciente en amplias regiones del país, las instituciones sufren un evidente desgaste de confianza y millones de colombianos observan el futuro con una mezcla de esperanza y preocupación. Hablar de un horizonte gris podría parecer pesimista; sin embargo, para muchos ciudadanos esa descripción resulta incluso moderada frente a las dificultades que perciben en su vida cotidiana.

Al final no hubo debates. Hubo sillas vacías. Hubo denuncias penales, acusaciones cruzadas, estrategias de comunicación diseñadas para movilizar emociones y plazas llenas de seguidores convencidos de que el adversario representa una amenaza existencial para el país. También hubo encuestas cuestionadas, algunas desacreditadas desde la primera vuelta, y una opinión pública cada vez más desconfiada de casi todas las fuentes de información.

Pero quizá lo más preocupante no sea lo que ocurrió durante la campaña, sino aquello que la campaña dejó al descubierto. La profunda dificultad que tenemos como sociedad para aceptar que una democracia no se construye sobre unanimidades, sino sobre la capacidad de convivir con las diferencias.

Las elecciones terminan el próximo domingo. Colombia, en cambio, continuará existiendo el lunes. Seguirán compartiendo los mismos barrios quienes hoy votan por candidatos distintos. Seguirán trabajando en las mismas empresas quienes defienden proyectos políticos opuestos. Seguirán siendo familia quienes durante meses han discutido apasionadamente alrededor de una mesa o a través de un grupo de WhatsApp.

Por eso, más allá del resultado, el país necesita comenzar a sanar. Necesita recuperar el valor de la conversación serena, del desacuerdo respetuoso y de la crítica argumentada. Necesita comprender que ningún gobernante, por poderoso que parezca, podrá sacar adelante una nación fracturada si los ciudadanos renuncian a reconocerse mutuamente como parte de una misma comunidad política.

Quizá por eso los aires frescos siempre le hacen bien al enfermo. Tal vez Colombia necesite abrir las ventanas después de una campaña larga y extenuante. Escuchar nuevamente el suave trinar de los pájaros en los árboles y no el ruido incesante de las redes sociales. Recuperar la capacidad de reflexionar antes de reaccionar y de escuchar antes de condenar.

Sería un cambio pequeño, pero profundamente transformador. Un cambio capaz de marcar un antes y un después para un país que durante demasiado tiempo ha permitido que el estruendo de la confrontación ahogue la voz de la razón.

Porque, al final, la verdadera victoria no será la de un candidato sobre otro. La verdadera victoria será que Colombia pueda volver a encontrarse consigo misma.

Y tal vez ese aire fresco del que tanto hablamos no sea solamente una metáfora. Quizás represente la oportunidad de abrir puertas y ventanas para que circulen nuevas ideas, nuevas formas de gobernar y nuevas maneras de entender los desafíos del país. Las democracias se fortalecen cuando son capaces de renovarse, de cuestionarse y de corregir sus propios errores. Después de todo, ningún futuro prometedor puede construirse en habitaciones cerradas. Colombia necesita respirar, recuperar la confianza y mirar hacia adelante con la convicción de que los cambios, cuando nacen de la voluntad popular y del respeto por las instituciones, pueden convertirse en el primer paso hacia tiempos mejores. ¿O ME EQUIVOCO?

 


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