Durante los últimos días, después
de la primera vuelta de las elecciones presidenciales, Colombia ha sido testigo
de una discusión que, francamente, resulta difícil de comprender cuando se
observa la magnitud de los problemas que enfrenta la nación.
La controversia gira alrededor
del uso de la camiseta de la Selección Colombia por parte del candidato
presidencial Abelardo de la Espriella durante actividades de campaña. Lo que
para muchos podría haber sido una anécdota menor terminó convirtiéndose en un
debate nacional, ocupando espacios en medios de comunicación, redes sociales,
círculos políticos e incluso estrados judiciales.
Y es precisamente ahí donde surge
una pregunta inevitable: ¿de verdad esto es lo más importante que tiene
Colombia para discutir?
Mientras millones de colombianos
se levantan cada mañana preocupados por conseguir empleo, mientras cientos de
familias esperan una cita médica que nunca llega, mientras la inseguridad
continúa golpeando barrios, municipios y carreteras, mientras el narcotráfico
sigue alimentando la violencia y mientras regiones enteras viven bajo la
amenaza de grupos armados ilegales, una parte del país decidió concentrar su
atención en una camiseta.
Una camiseta.
No en la crisis de la salud. No
en la calidad de la educación. No en el desempleo. No en la inseguridad. No en
la corrupción. No en la pobreza. No en la infraestructura. No en la situación
de miles de víctimas que siguen esperando respuestas del Estado.
Una camiseta.
Más preocupante aún es que esta
controversia haya escalado hasta los despachos judiciales. Que una tutela haya
sido admitida para discutir un asunto de esta naturaleza deja una sensación
inquietante sobre las prioridades institucionales del país. Mientras miles de
procesos relacionados con derechos fundamentales, atención médica, seguridad
social y protección de ciudadanos esperan resolución, Colombia observa cómo
parte de su aparato judicial debe invertir tiempo y recursos en analizar una
controversia que difícilmente cambiará la vida de un solo colombiano.
La justicia existe para proteger
derechos fundamentales y garantizar el orden constitucional. Convertir
cualquier polémica política en un litigio judicial corre el riesgo de banalizar
herramientas que fueron creadas para resolver problemas verdaderamente
trascendentales.
Pero la responsabilidad no recae
únicamente en quienes promovieron la controversia. También es una
responsabilidad colectiva. Como sociedad hemos desarrollado una preocupante
capacidad para distraernos con debates superficiales mientras los problemas estructurales
siguen creciendo frente a nuestros ojos.
Nos indignamos durante días por
una fotografía, una frase, una camiseta o una publicación en redes sociales,
pero rara vez mantenemos el mismo nivel de atención cuando se habla de
hospitales colapsados, escuelas deterioradas, vías abandonadas, corrupción
administrativa o inseguridad ciudadana.
La verdadera pregunta no es si un
candidato debía o no usar la camiseta de la Selección Colombia.
La verdadera pregunta es por qué
una nación con tantos desafíos termina dedicando tanto tiempo a una discusión
tan poco relevante para el bienestar de sus ciudadanos.
Quizá el problema no sea la
camiseta.
Quizá el problema sea que hemos
perdido la capacidad de distinguir entre lo importante y lo accesorio.
Y mientras seguimos atrapados en
debates que no producen empleo, no mejoran la salud, no fortalecen la educación
y no aumentan la seguridad, los problemas reales continúan avanzando.
Silenciosamente.
Esperando que algún día Colombia
decida hablar de ellos con la misma pasión con la que discutió sobre una
camiseta. ¿O ME EQUIVOCO?


