No hace mucho, por allá en el siglo XX, en los años 70, en el colegio había un profesor profundamente preocupado por la informalidad de la ciudad. Imagínense: ya por aquella época era un tema. Ese profesor decía que los cucuteños solo se preocupaban por dos cosas: saber a cómo amanecía el precio del bolívar y cómo había quedado el Cúcuta Deportivo. Era, en su momento, una crítica a la superficialidad de nuestras prioridades.
Hoy el precio del bolívar ya no
marca la conversación diaria como antes, y el Cúcuta Deportivo se ha convertido
en una sombra que va y viene entre la primera y la segunda división, jugando en
un estadio que todavía arrastra problemas tan básicos como sus luminarias. Pero
el cambio más preocupante no está ahí. Hoy la conversación cambió… y empeoró.
Hoy los cucuteños nos estamos
acostumbrando a algo mucho más grave: a contar los muertos de la noche
anterior.
Y no, no es amarillismo.
Es realismo.
Porque mientras algunos intentan
suavizar el lenguaje, la ciudad vive una realidad que no se puede maquillar. En
lo corrido de 2026, aunque las cifras oficiales hablen de una reducción cercana
al 28% en homicidios frente al año anterior, los hechos recientes cuentan otra
historia: jornadas con varios asesinatos en menos de 24 horas, una masacre
iniciando el año, episodios de sicariato que se repiten con una frecuencia que
ya no sorprende, sino que preocupa, por lo contrario: porque empieza a dejar de
sorprender.
Porque cuando la violencia se vuelve paisaje, la ciudad
empieza a perder algo más importante que la seguridad: pierde la capacidad de
indignarse.
Se ha dicho que la administración
municipal no ha sido capaz de afrontar el problema con estrategias eficientes.
Tal vez. También es cierto que criticar es fácil y resolver es mucho más
complejo, sobre todo cuando el fenómeno supera lo local y escala a nivel
nacional. Basta mirar el contexto: el Catatumbo, el Cauca, Nariño, el Huila…
territorios distintos, pero atravesados por una misma constante: la disputa
armada, la fragilidad institucional y la expansión de economías ilegales.
Pero reconocer la complejidad no puede convertirse en excusa
para la inacción.
Porque si bien el problema es nacional, la seguridad se
siente —o se sufre— en lo local.
Y ahí es donde empiezan a aparecer las preguntas incómodas.
¿Es suficiente la reacción institucional en Cúcuta?
¿Alcanzan los consejos de seguridad, las recompensas y los operativos?
¿O estamos atrapados en un modelo que llega siempre después del crimen?
También se ha dicho que la reacción del alcalde parece tibia
frente a lo que ocurre en otras ciudades como Cali o el Valle del Cauca. Puede
ser una cuestión de estilos, sí. Pero en seguridad, más que el estilo, importan
los resultados. Y hoy el resultado es claro: la percepción de inseguridad sigue
intacta.
Porque no se trata solo de lo que se hace, sino de lo que se
logra.
Y hoy, pese a las cifras, pese a los operativos, pese a los
discursos, la sensación en la calle sigue siendo la misma: la seguridad no está
garantizada.
La brújula de la seguridad en Cúcuta parece atrapada en una
zona magnéticamente violenta que la hace girar sin rumbo claro. A veces apunta
al sur, a veces al norte. Da igual. El resultado es el mismo: desorientación.
Incertidumbre. Miedo.
Y mientras tanto, el futuro de la ciudad no brilla como el
sol canicular que la caracteriza. Se ve opaco, intermitente, condicionado por
una realidad que no termina de cambiar.
Aquí no hay respuestas fáciles. Pero sí hay una certeza incómoda: Cúcuta no puede seguir acostumbrándose a esto.
Porque una cosa es entender la violencia.
Y otra muy distinta… es aprender a convivir con ella.
Y ese, quizás, es el mayor fracaso de todos. ¿O ME EQUIVOCO?
Bonus track: Mientras el
Cauca arde con ataques, hostigamientos y una violencia que ya no se puede
disimular, el país escucha más explicaciones que resultados. El gobierno de
Gustavo Petro insiste en una narrativa de paz que no logra traducirse en
control real del territorio, y ahí es donde la crítica deja de ser ideológica
para volverse inevitable: cuando la violencia escala y la respuesta no se
siente, no es solo un problema de estrategia, es un problema de liderazgo.
Porque una cosa es apostar por la paz, y otra muy distinta es que, en medio de
esa apuesta, el país empiece a preguntarse quién tiene realmente el control.
