domingo, 1 de marzo de 2026

LA CIUDAD QUE SE PAVIMENTA MIENTRAS CRECE LA CALLE

 

Una de las banderas más visibles durante la campaña del hoy alcalde de Cúcuta, JORGE ACEVEDO, fue enfrentar de manera decidida el crecimiento de los habitantes de calle y los impactos sociales y de seguridad que este fenómeno genera en la ciudad. El discurso fue reiterado en plazas públicas, entrevistas y redes sociales: orden, intervención social, recuperación del espacio público y dignificación humana. El mensaje combinaba autoridad con política social y prometía una intervención integral que atendería tanto la problemática humanitaria como sus efectos en la convivencia ciudadana.

Sin embargo, a casi dos años de gobierno, la realidad en las calles parece contar otra historia. La percepción ciudadana no surge del capricho ni de la oposición política; nace de lo que se observa a diario en el centro, en los alrededores de centros comerciales, en avenidas principales y en barrios residenciales donde la presencia de personas en condición de calle es cada vez más notoria. Cuando una percepción se vuelve repetitiva y transversal en distintos sectores sociales, deja de ser opinión aislada y se convierte en síntoma de una política que no está funcionando.

De acuerdo con registros oficiales y reportes de años anteriores, Cúcuta tenía alrededor de 1.200 personas en situación de calle censadas hacia 2022. Organizaciones sociales y veedurías ciudadanas advierten que para 2024 la cifra podría superar las 1.800. Incluso si se aceptara un margen de variación en los datos según la fuente, el incremento es significativo y refleja una tendencia preocupante. Si el gobierno municipal cuenta con cifras distintas, debería hacerlas públicas, comparables y auditables, porque la transparencia es el primer paso para recuperar la confianza.

No se trata únicamente de un problema estético o de imagen urbana, como algunos intentan simplificarlo. Estamos hablando de salud pública, consumo problemático de sustancias, microtráfico, instrumentalización de personas vulnerables y riesgos de seguridad en determinados sectores de la ciudad. Ignorar la dimensión estructural del fenómeno es reducirlo a operativos temporales que solo desplazan el problema de una esquina a otra sin resolverlo de fondo.

Mientras tanto, la narrativa oficial ha girado con fuerza hacia la pavimentación de calles y la ejecución de obras visibles que son difundidas estratégicamente en redes sociales. Nadie discute que la infraestructura sea necesaria; las vías en buen estado mejoran movilidad y calidad de vida. Lo cuestionable es la desproporción comunicacional y política entre lo que se muestra y lo que se omite. Se conocen con precisión los metros de asfalto colocados, pero no se conocen con la misma claridad cuántas personas han sido rehabilitadas, cuántas han accedido a tratamiento, cuántas han sido reintegradas a entornos familiares o laborales, ni cuántos casos exitosos puede presentar la administración con seguimiento verificable.

La política social no puede medirse en transmisiones en vivo ni en publicaciones nocturnas de maquinaria trabajando. Se mide en resultados sostenibles, en reducción real de cifras, en presupuestos ejecutados con impacto y en programas estructurados que sobrevivan al titular del día. Si en 2022 había cerca de 1.200 personas en situación de calle y hoy la cifra supera las 1.800, la pregunta es inevitable: ¿qué pasó con la promesa de contención y reducción del fenómeno? ¿Cuántos ingresos nuevos mensuales se están registrando? ¿Qué porcentaje corresponde a población migrante, qué porcentaje a consumo problemático, qué porcentaje a ruptura familiar? Sin diagnóstico serio no hay política pública eficaz.

Además, el fenómeno no puede desligarse del contexto de seguridad que atraviesa la ciudad. Cúcuta ha enfrentado dinámicas de violencia complejas en los últimos años y cualquier aumento en la vulnerabilidad social termina siendo terreno fértil para redes ilegales que instrumentalizan la pobreza. Cuando el abandono crece, también crecen los riesgos. Y cuando la administración prioriza la imagen sobre la estructura, la ciudad termina pagando el costo.

Es posible que el alcalde haya subestimado la complejidad del problema o que haya calculado que el desgaste político de enfrentar una crisis social profunda no compensa en términos de popularidad. Es posible que haya concluido que es más rentable políticamente mostrar concreto y asfalto que explicar procesos largos de rehabilitación cuyos resultados no se ven en semanas sino en años. Pero gobernar no es administrar la percepción; es asumir los problemas más difíciles aunque no sean los más fotogénicos.

La ciudadanía no necesita más videos de pavimentación casi en tiempo real. Necesita cifras claras, metas públicas medibles, presupuestos definidos, cronogramas de intervención y rendición de cuentas sobre el impacto real en la población en condición de calle. Necesita saber si la cifra bajará o seguirá aumentando mientras se normaliza el fenómeno como parte del paisaje urbano.

Si la administración sostiene que el problema está siendo atendido, que publique los resultados comparativos año a año. Si sostiene que la cifra no ha aumentado, que presente el censo actualizado. Si asegura que existen programas exitosos, que los documente con números y seguimiento. La política pública se defiende con datos, no con narrativa.

Porque cada persona que duerme en una acera es el reflejo de una falla institucional. Y si en dos años la cifra pasó de alrededor de 1.200 a más de 1.800, el balance no es neutral: es negativo. No se puede pavimentar el abandono social. No se puede cubrir con asfalto lo que no se ha resuelto con política pública. Y si la promesa fue acabar con el crecimiento del fenómeno, hoy la realidad demuestra que la promesa no solo no se cumplió, sino que la situación empeoró.

El asfalto se endurece en cuestión de horas. La crisis social, cuando no se enfrenta con decisión, se endurece durante décadas. Y la historia política es implacable: a los gobiernos no se les recuerda por los videos que publicaron, sino por los problemas que resolvieron… o por los que dejaron crecer frente a los ojos de todos. Es una promesa que se quedó en campaña. ¿ O ME EQUIVOCO?

 


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