Uno de los factores más
preocupantes es la evidente desproporción entre el valor del empréstito y la
verdadera capacidad fiscal del municipio. Aunque el presupuesto general
aprobado para el año 2025 asciende a 2,3 billones de pesos, solamente 289 mil
millones corresponden a ingresos de libre destinación. Es decir, el empréstito
contratado equivale prácticamente al 99 % de los recursos que Cúcuta puede
utilizar de forma autónoma. Esto implica que, durante varios años, una parte
significativa —si no la totalidad— de estos ingresos deberá ser destinada al
pago del capital e intereses de la deuda, comprometiendo de manera severa la
capacidad operativa e inversora de la administración municipal.
Las consecuencias de incumplir
estas normas son graves. El Ministerio de Hacienda podría reclasificar a Cúcuta
como entidad territorial con capacidad de pago limitada, lo que le impediría
acceder a nuevos créditos sin autorización expresa. Asimismo, el municipio
podría verse obligado a firmar un Plan de Desempeño Fiscal, que restringiría
severamente su autonomía presupuestal y lo obligaría a implementar medidas de
ajuste como recortes de gasto, aumento de tarifas o congelación de la inversión
pública. En los casos más críticos, el Gobierno Nacional puede ordenar la
retención de recursos provenientes del Sistema General de Participaciones o de
regalías, con el fin de garantizar el pago de la deuda. Esto afectaría
directamente la prestación de servicios esenciales como salud, educación,
saneamiento básico y programas sociales.
A estos riesgos se suma la falta
de información clara sobre los proyectos que serán financiados con el
empréstito. No se han presentado estudios técnicos detallados, análisis de
costo-beneficio ni criterios de priorización de obras. Esta ausencia de planificación
rigurosa aumenta el riesgo de que los recursos se destinen a proyectos de bajo
impacto, sobredimensionados o incluso innecesarios. En un entorno institucional
donde la corrupción y los sobrecostos son amenazas latentes, la opacidad en el
uso de una deuda de esta magnitud resulta aún más preocupante.
El hecho de que esta decisión se
haya tomado sin una participación ciudadana efectiva, sin consulta pública ni
rendición de cuentas previa, agrava la situación. La ciudadanía ha sido
excluida del debate sobre una medida que compromete el futuro fiscal del
municipio por años. Esto debilita la legitimidad democrática de la decisión y
genera una creciente desconfianza institucional.
En conclusión, el empréstito por
287 mil millones de pesos compromete seriamente la sostenibilidad fiscal del
municipio de Cúcuta, limita su autonomía financiera, genera riesgos legales y
administrativos, y socava la confianza ciudadana. Lejos de representar una
oportunidad de desarrollo, esta operación podría convertirse en una carga
estructural que afecte a las próximas generaciones si no se corrige a tiempo.
La prudencia fiscal, la planificación responsable y la transparencia deben ser
los pilares de cualquier decisión de endeudamiento en el ámbito público.
Hay algo que olvidó el concejal
Leonardo Jácome en su video: de la “bolsita” que contiene los recursos propios,
el municipio también debe apropiar, sí o sí, partidas para cofinanciar tanto
los programas de salud del régimen subsidiado como los programas de educación.
Esa carga es ineludible.
Y pensar que en el año 2033
Cúcuta estará cumpliendo 300 años de su fundación. Para ese entonces no solo no
estaremos preparados, sino que probablemente no tendremos recursos, pues aún
estaremos pagando esta deuda. ¿O me equivoco?