Cúcuta y el desafío de salir de la economía informal
Cúcuta madruga, se rebusca y no se rinde. Esa es la imagen
que proyecta la ciudad cada mañana, pero detrás de ese espíritu luchador se
esconde una realidad que no se puede maquillar: más del 65% de los cucuteños
vive en la informalidad. La mayoría trabaja sin contrato, sin seguridad social
y sin ninguna garantía de estabilidad. La capital de Norte de Santander se
convirtió en la capital del rebusque, y lo que debería ser la excepción se
volvió la regla.
La frontera con Venezuela moldeó la economía local durante
décadas. El contrabando, el comercio ilegal y la migración desbordada
instalaron en la ciudad un modelo económico precario, donde formalizar un
negocio resulta más costoso que rentable. ¿Quién arriesga su capital en un
mercado dominado por la competencia desleal y por productos que entran de
contrabando a precios irrisorios? Muy pocos. Por eso la mayoría prefiere
mantenerse en la calle, sobreviviendo día a día en un sistema que castiga al
que intenta hacer las cosas bien.

Hablar de inversión extranjera en estas condiciones parece
un espejismo. La inseguridad, el control de grupos ilegales sobre sectores de
la ciudad, la infraestructura deficiente y los trámites interminables se
convierten en un muro que ahuyenta cualquier intento serio de desarrollo. A
ello se suman la corrupción y la debilidad institucional, que desangran la
confianza en cada gobierno local. Cúcuta no ofrece garantías a largo plazo, y
mientras esa sea la percepción, los inversionistas mirarán hacia otros destinos.
El transporte es otra gran deuda. Sin un sistema multimodal
que articule modernas vías terrestres, una red férrea eficiente y un aeropuerto
competitivo, la ciudad seguirá aislada y rezagada. La falta de infraestructura
encarece la logística, frena la llegada de industrias y condena a los
comerciantes a la informalidad. Cuando moverse es costoso y lento, lo más fácil
es vender en la calle o trabajar sin reglas. Un transporte moderno y eficiente
no es un lujo: es la columna vertebral de cualquier economía formal y
productiva.
A todo esto se suma una falencia que pocas veces se
menciona: la ausencia de una verdadera estrategia para vender a Cúcuta en el
exterior. Ningún inversionista llegará por arte de magia; las ciudades compiten
entre sí para atraer capital, y mientras otras regiones colombianas viajan,
presentan sus ventajas y construyen confianza en ferias y escenarios
internacionales, Cúcuta se ha conformado con esperar a que alguien repare en
ella. Sin gestión diplomática, sin promoción sostenida y sin una narrativa que
muestre sus fortalezas, la ciudad seguirá siendo invisible para el capital
extranjero.
El discurso de apoyo al emprendimiento tampoco puede seguir
siendo un saludo a la bandera. Cúcuta necesita un verdadero acompañamiento a
los pequeños negocios, con crédito accesible, asesoría técnica y acceso real a
mercados. De lo contrario, los emprendedores seguirán atrapados en el mismo
círculo de sobrevivencia y precariedad.
Cúcuta no puede resignarse a vivir del rebusque. La ciudad
tiene ubicación estratégica, talento humano y una energía que desborda sus
calles, pero nada de eso servirá si las autoridades no enfrentan con seriedad
la inseguridad, la corrupción, la falta de infraestructura, la competencia
desleal del contrabando y la ausencia de gestión internacional. El tiempo de
los diagnósticos ya pasó. O se toman decisiones firmes para sacar a Cúcuta de
la trampa de la informalidad, o la ciudad seguirá condenada a la improvisación
y a la pobreza disfrazada de trabajo.

En
últimas, las cifras son claras y deberían generar preocupación: en Cúcuta, al
igual que en gran parte del país, de cada diez empresas que nacen apenas tres
logran superar la barrera de los cinco años. Esta realidad no solo refleja las
dificultades para emprender y sostener un negocio en la ciudad, sino que
también evidencia un círculo vicioso donde la falta de apoyo, la informalidad y
la ausencia de políticas de atracción de inversión condenan a la mayoría de los
proyectos a desaparecer antes de consolidarse. Romper ese patrón es el gran
reto de Cúcuta si quiere dejar atrás la economía del rebusque y abrirle paso a
un desarrollo formal y sostenible. ¿ O ME EQUIVOCO ?