domingo, 31 de agosto de 2025

Colinas del Tunal: el espejo incómodo de la informalidad y la violencia en Cúcuta

 

Colinas del Tunal no es simplemente un asentamiento humano en Cúcuta; es un símbolo doloroso de lo que significa vivir en la periferia del Estado, donde la vida transcurre entre el abandono institucional y el control criminal. Si no fuera porque en las últimas semanas salieron a la luz varios cadáveres arrojados en plena vía pública —esa vía que más que una calle es una metáfora social de la crudeza en que sobreviven sus habitantes—, probablemente para muchos cucuteños este lugar seguiría siendo invisible, como si no existiera.

Es probable que en las últimas elecciones, candidatos de todos los colores hayan pasado por allí con sonrisas y discursos prefabricados. Es posible que, como siempre, hayan prometido formalizar el asentamiento y transformarlo en un barrio reconocido, digno y con derechos. Pero la historia es la misma: palabras huecas, promesas recicladas y una comunidad que continúa atrapada en la incertidumbre.

La pregunta obligada es: ¿cuántas veces ha ido realmente un alcalde de Cúcuta a Colinas del Tunal? Distinto, claro, de la reciente visita mediática de esta semana, cuando con gran despliegue de comitiva y fuerza pública se tomó el sector para anunciar que no permitiría territorios vedados a la ley. ¿Cuántas horas duró esa presencia? ¿Cuántos de los bandidos que supuestamente controlan el asentamiento han sido capturados? ¿Sigue la fuerza pública en el lugar o fue solo un acto de espectáculo político para las cámaras?

La verdad verdadera es incómoda: en Cúcuta no existe hoy una estrategia de seguridad efectiva. Y lo más preocupante es que Colinas del Tunal no es un caso aislado; hay otros asentamientos que viven bajo las mismas condiciones de informalidad, abandono y violencia. La ciudad está llena de territorios grises, sin orden ni planificación, que se convierten en escenarios fértiles para el crimen y la desesperanza.

La informalidad nos está devorando. La falta de planeación urbana, la ausencia de políticas sostenidas y la improvisación permanente han hecho de Cúcuta una de esas ciudades donde el desorden urbano refleja el desorden nacional. Los responsables son múltiples: un presidente que no ha sabido gobernar y un alcalde que llegó al poder con ansias, pero sin ejecución ni visión, estrellándose contra una realidad que ya conocía desde la campaña: la violencia como mal estructural de la ciudad.


¿Cuántas administraciones han visto crecer estos asentamientos de manera caótica sin hacer nada por detenerlos o planificarlos? Colinas del Tunal ya existía mucho antes de la última campaña electoral en la que se habló de grandes planes de desarrollo. Hoy sigue siendo lo mismo: un asentamiento marginado, invisible salvo cuando hay muertos en la calle o cámaras de televisión rondando. Y todo apunta a que seguirá así: llegarán nuevas elecciones, nuevos discursos, nuevas promesas… pero Colinas del Tunal continuará sumido en la misma informalidad, convertido en un recordatorio vivo de que en Cúcuta se gobierna a medias y siempre para la foto. ¿ O ME EQUIVOCO ?

BOINNUS TRACK : El 23 de octubre de 2024 hizo presencia la secretaria de seguridad de Cúcuta en Colinas del Tunal y el secretario dijo : “Con estos recorridos les brindamos seguridad a los cucuteños. La estrategia #CúcutaTerritorioSeguro está dando buenos resultados en toda la ciudad y acá las bandas criminales no tendrán espacio, por eso estas acciones se están dando en cada una de las comunas”, señaló el secretario de Seguridad Ciudadana, Diego Villamizar. Pero eso fue en el pasado.

 


domingo, 24 de agosto de 2025

SE NOS DESBARATA EL PAÍS Y...ARRASTRA CON EL A LA CIUDAD DE CÚCUTA.

 

Mientras escribo estas líneas, recibo la noticia de un nuevo atentado contra la Fuerza Pública con un dron, esta vez dirigido contra la Armada Nacional. Otro golpe, otro campanazo de alerta, otro recordatorio de que Colombia atraviesa uno de los peores momentos en materia de seguridad en la última década. Y sin embargo, pareciera que a nadie en las altas esferas del poder le quita el sueño la degradación de la violencia que golpea sin tregua.

Lo que más me inquieta, más allá de los drones o de los ataques cada vez más sofisticados, es la realidad desnuda y brutal que se vivió en el barrio Colinas del Tunal, en Cúcuta. Un sector que se ha convertido en un verdadero agujero negro de la seguridad urbana: allí no entra la Policía, ni de rutina ni de manera preventiva; allí cada reporte es evaluado con lupa para evitar que no sea una trampa mortal contra los uniformados. Dicho de otro modo: en pleno siglo XXI, en una capital de frontera, hay un territorio dentro de la ciudad que está vedado para las autoridades.

Lo ocurrido el pasado 22 de agosto no admite eufemismos: fueron los propios habitantes quienes alertaron sobre la presencia de cadáveres en las calles, cuerpos abandonados, ya en descomposición, convertidos en alimento de animales carroñeros que rondaban el cielo del barrio como si anunciaran la tragedia. Nadie sabía con certeza cuántos cuerpos eran: unos hablaban de uno, otros de dos, algunos de tres o más. No había fotos ni evidencia clara, solo rumores cargados de miedo.

La confirmación no vino por una patrulla policial, ni por un cuadrante, ni por un operativo relámpago: fue gracias al uso de un dron que sobrevoló el barrio y ratificó que sí, había cadáveres tendidos en plena vía pública. Apenas al día siguiente se organizó un operativo para recoger los cuerpos y trasladarlos a Medicina Legal.

Que en una ciudad como Cúcuta —capital de Norte de Santander, frontera neurálgica con Venezuela y punto caliente del conflicto armado— las autoridades tengan que acudir a la tecnología para confirmar que hay muertos tirados en una calle, y que solo después puedan ingresar con apoyo de funerarias, es una muestra dolorosa de lo que estamos viviendo. La institucionalidad quedó reducida a observadora a distancia de la barbarie.

La ausencia que mata

La Alcaldía de Cúcuta no puede mirar hacia otro lado. El barrio Colinas del Tunal hace parte de su territorio, sus habitantes son cucuteños que pagan impuestos, que votan, que merecen protección. No puede existir en Colombia un solo metro cuadrado de terreno urbano o rural donde el Estado renuncie a ejercer soberanía. Y sin embargo, lo hay: barrios completos, veredas enteras, carreteras dominadas por la delincuencia y la ilegalidad.

El Ejército y la Policía tampoco pueden escudarse en la excusa del riesgo. Claro que entrar a Colinas del Tunal implica un peligro. Claro que la zona tiene injerencia del ELN, claro que ya se han registrado secuestros como el de los dos soldados en abril, retenidos por más de cuatro meses. Pero justamente por eso deben actuar con contundencia, con estrategia, con inteligencia. ¿O acaso vamos a aceptar como país que haya lugares prohibidos para las Fuerzas Armadas?

El mensaje que se transmite al permitir que barrios como este queden bajo control de grupos ilegales es devastador: se confirma la idea de que el Estado es débil, que la autoridad es incapaz y que la comunidad debe acostumbrarse a convivir con la violencia como si fuera un destino inevitable.

El espejo que no queremos mirar

Colinas del Tunal no es un caso aislado, es apenas un síntoma de una enfermedad nacional. Lo que hoy ocurre allí es reflejo de la degradación de la seguridad en múltiples regiones: Cauca, Arauca, Catatumbo, Putumayo, Chocó. Es la misma historia con diferentes nombres: comunidades atrapadas, policías y soldados limitados, alcaldías paralizadas, gobernaciones sin brújula, y un gobierno central que parece más ocupado en discursos que en realidades.

El abandono estatal no solo se mide en la falta de seguridad: se mide en la ausencia de inversión, de empleo digno, de oportunidades. El vacío lo llena la violencia, y mientras los criminales avanzan, el Estado retrocede.

La pregunta incómoda y la respuesta necesaria

¿Hasta cuándo vamos a tolerar que haya zonas prohibidas para la Fuerza Pública? ¿Hasta cuándo la Alcaldía de Cúcuta y las autoridades nacionales van a permitir que la ciudad se fragmente en feudos del miedo? ¿Cuánto más tendrá que sufrir la población civil antes de que alguien asuma la responsabilidad política y moral de recuperar el control?

Lo sucedido en Colinas del Tunal no es solo una tragedia policial ni una anécdota macabra: es la demostración de que el país se nos descompone a plena luz del día, que los buitres ya no solo sobrevuelan la muerte, sino que acompañan la indolencia de quienes deberían proteger la vida.

Por eso, la respuesta no puede seguir siendo la inercia ni la retórica. Se requieren tres cosas inmediatas:

  1. Presencia real del Estado en Colinas del Tunal y en todos los barrios de riesgo. No más visitas esporádicas ni sobrevuelos a distancia: la comunidad necesita policía de proximidad, seguridad estable y autoridad permanente.
  2. Coordinación integral entre la Alcaldía, Ejército y Policía. No se trata de enviar patrullas aisladas, sino de un plan urbano que combine seguridad, inversión social, empleo juvenil y recuperación del espacio público.
  3. Mensaje claro a la ciudadanía. Que los habitantes sientan que el Estado los acompaña, que no están solos frente a los grupos ilegales. La legitimidad de la autoridad solo se construye con hechos, no con ruedas de prensa.

Si algo debe quedarnos claro de este episodio es que ningún barrio, ninguna vereda, ningún corregimiento puede estar vedado para las fuerzas militares y de policía. Si el Estado no puede entrar, entonces no hay Estado. Y eso, en cualquier nación, significa el principio del fin.

El reto está planteado: o la Alcaldía de Cúcuta y las Fuerzas Armadas recuperan el terreno perdido, o mañana serán muchos más los Colinas del Tunal en Colombia. ¿ O ME EQUIVOCO ?

 


viernes, 22 de agosto de 2025

Colombia Bajo Asedio: el Estado acorralado por el terrorismo

 


En apenas dos días, Colombia ha sido estremecida por dos atentados terroristas que dejaron al descubierto la fragilidad de sus instituciones y la incapacidad del gobierno para anticipar y contener la violencia que se expande como una sombra en todo el territorio nacional. Primero fue en Amalfi, Antioquia, donde un helicóptero UH-60 Black Hawk de la Policía Nacional, en misión de erradicación de cultivos ilícitos, fue derribado por un dron cargado con explosivos, en un ataque atribuido a disidencias de las FARC. El saldo es doloroso: doce uniformados muertos y varios más heridos. El hecho no solo evidencia el poder de fuego de los grupos armados, sino también la sofisticación tecnológica que hoy utilizan para humillar al Estado. Al mismo tiempo, en Cali, un camión cargado de explosivos detonó frente a la Escuela Militar de Aviación Marco Fidel Suárez, dejando seis muertos y decenas de heridos —algunas fuentes hablan de más de sesenta lesionados—. Dos golpes coordinados en cuestión de horas que dejaron al país sumido en la indignación, la rabia y el miedo.

La pregunta inevitable es cómo es posible que grupos armados operen con drones letales y camiones bomba sin que la inteligencia estatal lo detecte a tiempo. ¿Dónde están las supuestas capacidades tecnológicas y de anticipación que el gobierno asegura tener? ¿Cómo puede un Estado que destina miles de millones a defensa reaccionar siempre tarde, persiguiendo esquirlas cuando ya ha estallado la tragedia? Las respuestas oficiales, como suele ocurrir, se limitaron a la condena y al señalamiento. El presidente Gustavo Petro atribuyó los ataques a las disidencias de las FARC, mientras voces de oposición, como la del expresidente Álvaro Uribe, clamaron por ayuda internacional y advirtieron que el narcoterrorismo, si no se enfrenta con decisión, terminará por devorar a Colombia.

En Cali, se decretó toque de queda para vehículos de carga pesada, mientras el gobierno estudia declarar la conmoción interior en el suroccidente del país, una medida desesperada que, más que mostrar autoridad, desnuda la incapacidad de prevenir la violencia. Se convocó un Consejo de Seguridad Nacional, pero la sensación generalizada es que las decisiones llegan siempre después de la sangre derramada. La ciudadanía, entre tanto, mira con creciente desconfianza cómo la palabra “seguridad” se convierte en un eslogan vacío, incapaz de proteger la vida de los colombianos.

Estos atentados no son hechos aislados. Son la demostración de que los grupos armados ilegales ya no actúan como bandas dispersas, sino como ejércitos clandestinos capaces de combinar tecnología, logística y precisión en ataques simultáneos contra el corazón mismo de la Fuerza Pública. El mensaje es contundente: tienen la capacidad de desafiar al Estado en cualquier punto del territorio, mientras la respuesta oficial parece cada vez más débil y reactiva.

Colombia se encuentra en un punto de quiebre. O el gobierno despierta de su letargo y asume con decisión la defensa de sus ciudadanos, o el país quedará a merced de quienes siembran la muerte. El terrorismo no está a las puertas: ya está adentro, golpeando las entrañas de la nación. Y si el Estado no se decide a actuar con firmeza, será recordado no por lo que hizo para salvar a su pueblo, sino por lo que permitió con su inacción. Hoy, más que nunca, Colombia necesita liderazgo, carácter y resultados. Lo demás —discursos, comunicados y promesas— ya no sirve de nada. ¿ o me equivoco ?

 

domingo, 17 de agosto de 2025

AJUSTES VIALES : luces y sombras del plan piloto en la avenida Libertadores

 

 

El plan piloto implementado por la Secretaría de Movilidad de Cúcuta en la avenida Libertadores —que contempla el cierre de un carril a la altura de la calle 15 del Malecón— ha generado fuertes reparos por parte de veedores y conductores. Estos señalan que la medida, lejos de agilizar, estaría ocasionando mayores trancones y molestias.

Sin embargo, es justo reconocer que el actual secretario de Movilidad, aunque poco conocido, parece ser uno de los pocos funcionarios en más de una década que al menos se ha detenido a pensar en cómo mejorar la movilidad de la ciudad. Pensar que con pequeñas intervenciones, sin necesidad de grandes recursos, se pueden lograr cambios significativos, es un avance. Si a esto se suman las inversiones necesarias en infraestructura vial, la ciudad podría comenzar a ver resultados alentadores.

No obstante, a esta iniciativa conviene sumarle ajustes de fondo. El primero: eliminar los reductores de velocidad en una vía rápida como lo es la avenida Libertadores, pues constituyen un obstáculo que retrasa el flujo vehicular, especialmente en horas pico, en sentido Sur–Norte.


En sentido Norte–Sur, la situación también demanda correctivos. A la altura del puente Elías M. Soto se debería considerar el cierre permanente de la oreja que conecta con los Libertadores, así como la supresión del ingreso por la avenida 9E. Estas maniobras obligarían a los vehículos provenientes de San Mateo a utilizar las avenidas alternas de la diagonal Santander, descongestionando el punto crítico bajo el puente, donde se acumula tráfico a diario.

Claro está, ninguna de estas medidas funcionará si no van acompañadas de una adecuada inversión en señalización y del apoyo temporal de la Policía de Tránsito.

El balance es claro: el piloto de movilidad merece críticas, pero también aplausos. Por lo menos se trata de un intento serio, algo que en Cúcuta escasea desde hace más de 12 años. Ahora el reto es extender esa misma lógica al caos del centro de la ciudad. ¿O acaso me equivoco, señor secretario?




BONUS TRACK : En apenas cinco días, Cúcuta ha vuelto a ser escenario de una preocupante escalada de asesinatos. La violencia, ligada en gran medida a las disputas entre bandas del microtráfico y estructuras criminales, se ha convertido en un problema que golpea la seguridad ciudadana sin que se vean respuestas claras y contundentes por parte de las autoridades. La ciudad no puede normalizar esta racha sangrienta: la ciudadanía exige resultados y no simples declaraciones.


domingo, 10 de agosto de 2025

CONTROL O ESPEJISMO ? CUAL SERÁ EL FUTURO DE LA EIS CÚCUTA?

 




El anuncio del alcalde Jorge Acevedo de que Cúcuta será “dueña de la mitad más uno” del agua y del aseo ha despertado expectativas, pero también dudas. No es la primera vez que una ciudad colombiana intenta recuperar el control de sus servicios públicos, y la experiencia de Barranquilla con la Triple A ofrece lecciones que no pueden ser ignoradas.

En 2001, la empresa pública madrileña Canal de Isabel II, a través de su filial Inassa, compró la mayoría accionaria de la Triple A con el compromiso de modernizar el servicio. Sin embargo, con el tiempo, la promesa se desmoronó: la Operación Lezo destapó una trama de corrupción internacional, cobros ficticios, sobrecostos y pérdida de soberanía en la gestión. Colombia terminó expropiando las acciones y hoy enfrenta una demanda millonaria en el CIADI por parte del Canal de Isabel II.

Este antecedente demuestra que tener más acciones no siempre significa tener más control. Cuando la estructura institucional es débil y la supervisión ciudadana escasa, los socios —incluso si son empresas públicas extranjeras— pueden operar bajo lógicas de rentabilidad que dejan al interés público en segundo plano.

En el caso de Cúcuta, hay que reconocer que, desde que se firmó el contrato de concesión con Aguas Kpital, los servicios de acueducto y alcantarillado han mejorado en cobertura, continuidad y calidad frente a lo que se tenía antes. Esa realidad obliga a que cualquier cambio de modelo no sea un salto al vacío: no se trata de retroceder, sino de avanzar sobre lo que ya funciona bien, corrigiendo las debilidades y fortaleciendo la gestión pública.

Y aquí surge la gran pregunta: si ya existe la EIS (Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Cúcuta), que es pública y local, ¿por qué pensar en crear una nueva empresa para manejar el agua y el aseo? ¿No sería más sensato fortalecer la EIS, dotarla de recursos técnicos, financieros y humanos, y garantizar que tenga autonomía para operar con transparencia?

La creación de una nueva entidad podría abrir la puerta a escenarios confusos: estructuras paralelas, repartición de funciones sin claridad, acuerdos con privados que limiten la soberanía municipal o, peor aún, duplicación de costos operativos. Además, la historia demuestra que los cambios de figura jurídica no siempre significan mejoras para los usuarios; a veces, solo sirven para cambiar los nombres en el organigrama, mientras los problemas persisten.

Si el objetivo es recuperar el control y mejorar el servicio, la prioridad debería ser fortalecer lo que ya existe, no inventar nuevos experimentos institucionales que puedan replicar errores pasados. La EIS, como empresa pública local, podría ser el eje de una estrategia de gestión eficiente, con mecanismos de control ciudadano, transparencia en la contratación y un modelo de gobierno corporativo blindado contra la corrupción.

La lección de Barranquilla es clara: no basta con cambiar de dueño o crear una nueva empresa; lo esencial es construir un sistema donde el agua y el aseo estén al servicio de la gente, no de balances financieros ni intereses ajenos. En el caso de Cúcuta, el riesgo es que el “control” que promete la mitad más uno termine siendo solo un espejismo, y que la EIS, en lugar de fortalecerse, sea relegada o absorbida en un esquema que repita viejas historias de fracaso.

 En el papel, “la mitad más uno” suena a control; en la realidad, puede ser apenas un cambio de etiqueta si no se define con precisión qué pasará con la EIS. Cúcuta ya tiene una empresa pública local que puede ser la columna vertebral de un modelo eficiente y transparente. Crear una nueva entidad sin una razón técnica sólida sería repetir el viejo vicio de desarmar lo que funciona para montar estructuras que luego nadie controla. El agua y el aseo no admiten improvisaciones: o se gobiernan con visión y honestidad, o se convierten en el próximo capítulo de una historia que ya vimos… y que costó muy caro.

¿O ME EQUICOCO?

viernes, 8 de agosto de 2025

CUCUTA, CIUDAD BAJO LA SOMBRA DEL NARCOTRAFICO.

 

Si los últimos crímenes en Cúcuta están ligados al microtráfico, entonces Cúcuta está tomada por el narcotráfico. La ciudad fronteriza vive una espiral de violencia que parece responder a la consolidación y reacomodo de estructuras criminales que disputan el control de las rutas y plazas de venta de droga.

Hasta junio de 2025, la capital de Norte de Santander registró más de 125 homicidios, lo que llevó a las autoridades a declarar alerta máxima por el creciente deterioro de la seguridad urbana. El alcalde Jorge Acevedo ha señalado que este repunte está directamente relacionado con la reconfiguración de bandas criminales que compiten por plazas de microtráfico y otras rentas ilegales. Dentro de la estrategia “Unidos Avanzamos por Cúcuta, un Territorio Seguro”, la Policía Metropolitana ha realizado varios operativos en barrios como La Ínsula, Pisarreal y Kilómetro 8, con capturas y decomiso de decenas de dosis de bazuco y marihuana listas para su distribución.

En enero de este año, una pareja vinculada al grupo “La Familia P”, conocidos como alias “Maribel” y “Chacarita”, fue detenida mientras distribuía heroína y base de cocaína cerca de instituciones educativas, un hecho que evidenció el impacto del microtráfico en entornos escolares. Un mes después, las autoridades desarticularon una red que procesaba cocaína en laboratorios ubicados en Tibú, El Tarra y Sardinata, coordinando el transporte hacia Cúcuta y la Costa Atlántica. Incluso dentro de la Cárcel Modelo de la ciudad se descubrió en mayo una estructura de microtráfico que operaba con abastecimiento de estupefacientes y extorsiones.

El vínculo entre microtráfico y homicidios en Cúcuta no deja lugar a dudas. La ubicación estratégica de la ciudad, a pocos kilómetros de la frontera con Venezuela, la convierte en un punto neurálgico para el comercio y distribución de drogas, alimentando la violencia y fortaleciendo estructuras criminales que trascienden el menudeo. Esta realidad plantea un interrogante inquietante: ¿está Cúcuta realmente tomada por el narcotráfico? Las capturas y golpes operativos, aunque importantes, no han logrado desarticular por completo estas redes, y la población sigue sintiendo el peso de la inseguridad en su vida cotidiana.

La lucha contra este fenómeno no puede limitarse a la represión policial. Requiere una estrategia integral que incluya inversión social, recuperación de espacios públicos, oportunidades laborales y presencia constante del Estado en los barrios más afectados. Solo así la ciudad podrá aspirar a recuperar sus calles y revertir la sensación de que el narcotráfico dicta las reglas del juego.

¿O ME EQUIVOCO ?


jueves, 7 de agosto de 2025

LOS TRES AÑOS DE PETRO

 


A tres años del inicio del gobierno de Gustavo Petro, Colombia se encuentra ante una administración que ha intentado emprender profundas transformaciones sociales, económicas y políticas, pero cuyos resultados concretos siguen siendo limitados, fragmentarios y, en muchos casos, contraproducentes. El presidente, primer mandatario de izquierda en la historia reciente del país, llegó con una agenda de cambio ambiciosa, centrada en la justicia social, la redistribución de la riqueza y una transición hacia un nuevo modelo económico y energético. Sin embargo, sus propuestas se han enfrentado a resistencias institucionales, bloqueos legislativos, falta de gobernabilidad y una ejecución débil en términos técnicos y administrativos.

Uno de los pilares de su gestión ha sido el intento de reformas estructurales. La más polémica ha sido la reforma a la salud, que buscaba desmontar el modelo de aseguramiento a través de las EPS para dar paso a un sistema estatal centralizado. Esta propuesta fue rechazada en el Congreso, y el gobierno ha intentado imponer algunos cambios vía decretos, generando inseguridad jurídica en el sector, desfinanciamiento y una creciente preocupación por el deterioro en la atención médica. La reforma laboral, con la que se pretendía dignificar el trabajo y formalizar a los empleados, tampoco ha avanzado, y los índices de informalidad siguen en aumento. En materia pensional, el proyecto que propone un sistema de pilares ha tenido un trámite lento, y aún no se evidencia un impacto real en la cobertura ni en la sostenibilidad financiera del sistema.

La política económica ha sido otro foco de tensión. Aunque el gobierno aprobó una reforma tributaria en 2022 que aumentó la carga fiscal sobre sectores estratégicos como el petrolero, esto no se ha traducido en dinamismo económico. La inversión privada ha caído, el crecimiento del PIB ha sido inferior al promedio regional, y persiste una sensación de incertidumbre jurídica y regulatoria. La llamada “transición energética justa” ha sido más un discurso que una política concreta. La suspensión de nuevos contratos de exploración petrolera y de gas ha generado temores fiscales, mientras que las energías renovables aún no tienen la infraestructura ni el respaldo suficiente para reemplazar los ingresos del sector extractivo. La inflación, aunque contenida en parte por el contexto internacional, ha golpeado con fuerza a los hogares más pobres.

En el frente de seguridad y orden público, el programa “Paz Total” ha sido quizás uno de los puntos más controvertidos. A pesar de las negociaciones y ceses al fuego parciales con el ELN, las disidencias de las FARC y otros grupos armados, no se ha logrado una reducción estructural de la violencia. Por el contrario, en muchas regiones se ha evidenciado un fortalecimiento de actores ilegales, un retroceso del Estado y un deterioro en la seguridad ciudadana, tanto en zonas rurales como urbanas. La política de sometimiento colectivo ha sido poco clara, y las comunidades denuncian extorsiones, confinamientos y desplazamientos. Si bien algunos indicadores de homicidio han mostrado caídas puntuales, no existe una tendencia sostenida que indique una mejora estructural.

La gobernabilidad ha sido otro de los grandes talones de Aquiles del gobierno Petro. Tras un arranque con respaldo de partidos tradicionales, las alianzas se fracturaron rápidamente por el estilo confrontacional del presidente y la falta de diálogo político. La relación con el Congreso ha sido tensa, al igual que con la justicia, los entes de control y los medios de comunicación. Petro ha insistido en que la “institucionalidad tradicional” se opone al cambio, pero su reacción ha sido intentar gobernar por decreto, lo que ha encendido alarmas sobre la concentración del poder. La altísima rotación en el gabinete —más de 40 cambios ministeriales en tres años— refleja la inestabilidad interna y la falta de cohesión dentro del Ejecutivo.

En el plano internacional, el gobierno ha privilegiado una diplomacia ideológica, con mayor cercanía a gobiernos de izquierda como Venezuela, Brasil, México y Cuba, lo cual ha deteriorado en parte la relación con socios estratégicos como Estados Unidos y la Unión Europea. Aunque Petro ha defendido el multilateralismo y ha liderado debates sobre cambio climático y transición energética en foros globales, su papel como referente regional es más discursivo que efectivo. En la frontera con Venezuela, la reapertura ha sido caótica y sin un plan migratorio serio, mientras que la crisis humanitaria de migrantes continúa sin una respuesta estructural.

En síntesis, la gestión del presidente Petro se caracteriza por una ambiciosa narrativa transformadora que no ha logrado traducirse en resultados concretos. El proyecto de cambio estructural se ha visto obstaculizado tanto por factores externos como por errores de diseño, ejecución y manejo político. La polarización ha aumentado, la confianza en el gobierno ha disminuido, y los principales indicadores sociales y económicos no muestran mejoras sostenidas. A un año del fin de su mandato, el legado de Petro está en entredicho: si no logra corregir el rumbo, su gobierno podría terminar recordado más por su retórica de cambio que por su capacidad de gobernar con resultados.

OH ME EQUIVOCO ?

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domingo, 3 de agosto de 2025

QUIEN SERÁ EL SOCIO?...





Durante su reciente intervención, el alcalde de Cúcuta, Jorge Acevedo, lanzó una promesa que no pasó desapercibida: que en 2026 la ciudad será dueña de “la mitad más uno” del agua y del aseo. El anuncio, en apariencia técnico, tiene una enorme carga simbólica y política. Implica que la ciudad, a través de su administración, pasaría a tener el control accionario sobre dos de los servicios públicos más esenciales. Pero más allá del titular, hay preguntas urgentes que el alcalde todavía no responde.

La primera es evidente: ¿y ahora qué, alcalde Porque tener el 51 % de las acciones no es lo mismo que tener el 100 % de la capacidad para mejorar el servicio, bajar tarifas o evitar que los intereses privados sigan dictando las reglas del juego. Ser mayoría solo importa si esa mayoría se pone al servicio de los ciudadanos y no de otros fines.

Pero hay otra pregunta aún más inquietante, que hasta ahora nadie en la administración ha querido contestar:

¿y entonces quién será el dueño de la mitad menos uno del agua y de la mitad menos uno del aseo en Cúcuta?

Esa fracción que queda por fuera del control público sigue siendo significativa. ¿Estará en manos de los mismos operadores de siempre? ¿De fondos de inversión? ¿De grupos empresariales con intereses cruzados? ¿Tendrán voz y voto en las decisiones clave? Porque no se trata solo de “recuperar el poder”, sino de explicar con claridad cómo se redistribuye ese poder y qué implicaciones tendrá para la ciudad.

A lo largo de los años, muchas ciudades han intentado reestructurar sus servicios públicos prometiendo mayor autonomía y eficiencia. En algunos casos han sido logros reales; en otros, solo cambios de nombre y de cargos, sin impacto positivo en los usuarios. Cúcuta no puede repetir ese guion.

Por eso, la ciudadanía necesita más que un anuncio con tono de victoria. Necesita información transparente, cifras claras y planes concretos. No basta decir que “seremos dueños”; hay que explicar qué vamos a hacer con esa propiedad, quién la va a gestionar, cómo se evitará la politiquería, y cuál será el efecto real en la prestación del servicio.

Alcalde, si esta apuesta es seria, entonces es hora de detallar:

  • ¿Cómo se comprará ese 51 %? ¿Con qué recursos?
  • ¿Habrá cambios en las tarifas?
  • ¿Qué pasará con los actuales operadores?
  • ¿Cómo se garantizará participación y control ciudadano?
  • ¿Quién pondrá la cara si el servicio sigue igual… o empeora?
Recuperar lo público no puede ser un eslogan vacío ni un simple movimiento estratégico. Tiene que ser una decisión estructural, basada en el bienestar común y no en la captura del aparato público.

Porque sí, todos queremos que el agua y el aseo estén al servicio de la ciudad. Pero también queremos que esa “mitad más uno” no se quede en manos de unos pocos, sino que realmente signifique mayor control social, mejor calidad, más cobertura y, sobre todo, dignidad para quienes hoy siguen esperando que los servicios básicos funcionen como deben.

Está bien tener ambición. Pero ahora es momento de demostrar que no estamos frente a una jugada de poder, sino ante un verdadero cambio de modelo. O ME EQUIVOCO?

 

Entre la tragedia nacional y un debate inútil

  Durante los últimos días, después de la primera vuelta de las elecciones presidenciales, Colombia ha sido testigo de una discusión que, fr...