Diciembre siempre se nos vende
como el mes de la esperanza: luces encendidas, mesas compartidas, familia
reunida. Sin embargo, en Colombia —y tristemente también en Cúcuta— diciembre
sigue siendo sinónimo de una práctica que cada año deja más víctimas que
alegrías: el uso indiscriminado de la pólvora.
Este 2025 no ha sido la
excepción. Mientras el país intenta cerrar el año con mensajes de unión y
buenos deseos, las salas de urgencias vuelven a llenarse de niños, jóvenes y
adultos con quemaduras, amputaciones y lesiones oculares provocadas por artefactos
pirotécnicos. Según cifras oficiales, cerca de 800 personas han resultado
lesionadas por pólvora en el país durante esta temporada, y lo más doloroso
es que más de un 30 % de los afectados son menores de edad. Niños que no
deberían estar aprendiendo a vivir con cicatrices, sino jugando, creciendo y
soñando.
Lo más grave es que seguimos
llamando “tradición” a lo que en realidad es irresponsabilidad normalizada.
Cada estallido en la noche es celebrado como fiesta, sin pensar que detrás de
ese ruido puede haber una vida marcada para siempre. La pólvora no distingue
edades, no perdona errores y no entiende de celebraciones. Basta un segundo de
descuido, una chispa mal dirigida o una mezcla peligrosa de alcohol y
explosivos para convertir una noche de alegría en una tragedia familiar.
A esto se suma un daño silencioso
que muchos prefieren ignorar: el sufrimiento de los animales, el miedo extremo,
la desorientación y, en algunos casos, la muerte. También ellos pagan el precio
de una celebración mal entendida.
Las campañas existen, las advertencias sobran y los médicos lo repiten año tras año: la pólvora no es un juego. Aun así, las cifras se mantienen, se repiten y, en algunos casos, aumentan. Pero hay una responsabilidad que no puede seguir esquivándose: la absoluta falta de control en el expendio de pólvora durante las fiestas de diciembre. Cada año las autoridades anuncian operativos, restricciones y decomisos, pero en la práctica la pólvora sigue vendiéndose en esquinas, garajes, puestos improvisados y hasta en redes sociales, como si se tratara de dulces y no de explosivos. La permisividad institucional, la débil vigilancia y las sanciones casi simbólicas han convertido esta ilegalidad en un negocio rentable y recurrente. Mientras el control brilla por su ausencia, los hospitales hacen su parte atendiendo a los heridos y las familias cargan con las consecuencias. No es solo un problema cultural: es un fracaso del Estado en su deber mínimo de proteger la vida, especialmente la de los niños.Esta semana se cierra el 2025, y cuando se mira el comportamiento histórico de estas fechas, la conclusión es clara y dolorosa: las fiestas de fin de año concentran el mayor número de afectados por pólvora en Colombia. No es casualidad, es un patrón que se repite cada diciembre, como si el calendario trajera consigo la misma cadena de excesos y descuidos. Ojalá este año sea la excepción. Ojalá el cierre de 2025 no sume más nombres a la lista de lesionados y marque, por fin, un punto de quiebre. Que la conciencia le gane a la costumbre y que entendamos, de una vez por todas, que no hay mejor forma de celebrar que llegar completos, vivos y sin heridas al año que comienza. ¿O ME EQUIVOCO?