Hay una pregunta que deberíamos hacernos ahora que termina
una nueva edición de la Fiesta del Libro de Cúcuta: ¿somos realmente una
ciudad de lectores o simplemente una ciudad que, durante seis días al año, se
acuerda de los libros? La pregunta puede resultar incómoda, pero creo que
es necesaria.
Durante esta semana hemos visto colegios, estudiantes,
escritores, editoriales, conferencistas, familias y miles de cucuteños
acercándose a la Fiesta del Libro. Las imágenes son alentadoras: salones
llenos, jóvenes escuchando a autores, niños descubriendo historias y libros
exhibidos por todas partes.
Y eso hay que celebrarlo.
Pero una feria del libro no debería medirse únicamente por
el número de personas que atraviesan sus puertas. La verdadera pregunta es
otra: ¿cuántas personas salen de allí con un libro bajo el brazo y, sobre
todo, cuántas vuelven a una librería cuando la feria termina?
Los datos disponibles nos dejan una reflexión interesante.
La Encuesta Nacional de Lectura y Escritura del DANE de 2017
registró que Cúcuta tenía un promedio de 5,4 libros leídos entre las
personas que leían libros, mientras Medellín llegaba a 6,6 y Bogotá a 6,5.
Es decir, no estábamos en los primeros lugares del país.
Pero había otro dato que llamaba poderosamente la atención: el
92,5 % de quienes leían en Cúcuta lo hacían en soporte impreso, uno de los
porcentajes más altos entre las ciudades colombianas.
Eso decía algo importante de nuestra relación con el libro:
al cucuteño que leía, al menos en aquel momento, le gustaba tener el libro en
sus manos.
Siete años después, el panorama nacional muestra una
evolución. El estudio Hábitos de lectura, asistencia a bibliotecas y compra
de libros 2023, realizado por la Cámara Colombiana del Libro, encontró que
los lectores habituales en Colombia llegaron a un promedio de 6,91 libros al
año.
¿Qué está pasando hoy con los lectores cucuteños?
No basta con saber cuántas personas asisten a la Fiesta del
Libro. Necesitamos saber cuántos libros se venden, cuáles son los más
comprados, quiénes los compran y con qué frecuencia.
Porque una cosa es caminar entre estanterías y otra muy
diferente es comprar un libro. Una cosa es asistir a una conferencia sobre
literatura y otra es llegar a casa, abrir un libro y dedicarle media hora de
nuestra noche. Una cosa es tomarse una fotografía frente al escenario de la
Feria y publicarla en Instagram; otra muy distinta es apagar el teléfono y
ponerse a leer.
Y aquí aparece un reto enorme para Cúcuta.
Porque si queremos construir una ciudad más educada, más
crítica y más preparada para enfrentar sus problemas, necesitamos ciudadanos
que lean.
Y aquí aparece una pregunta que no podemos seguir
esquivando: ¿qué tanto estamos leyendo realmente en Cúcuta y qué tan bien
estamos comprendiendo lo que leemos?
La Fiesta del Libro demuestra que
existe interés por la cultura y que miles de ciudadanos se acercan a los
libros, pero esa fotografía positiva debe contrastarse con los resultados
educativos. Las pruebas Saber 11, particularmente en Lectura Crítica, no
miden directamente cuántos libros lee un estudiante, pero sí permiten observar
su capacidad para comprender, interpretar, analizar y argumentar a partir de un
texto.
Por eso, más que celebrar únicamente la asistencia masiva a
una feria, Cúcuta debería preguntarse si estamos convirtiendo ese entusiasmo de
seis días en un verdadero hábito de lectura durante los 365 días del año.
Porque una ciudad verdaderamente lectora no es la que llena
una feria del libro, sino la que logra que sus niños, jóvenes y adultos hagan
de los libros una parte cotidiana de su vida.
Una ciudad que lee es una ciudad que piensa. Y una
ciudad que piensa cuestiona, compara, analiza y no se deja engañar fácilmente.
Por eso, promover la lectura no debería ser únicamente una
tarea de los colegios. También debería ser una prioridad de las universidades,
de las familias, de las bibliotecas, de las instituciones culturales y, por
supuesto, de los gobiernos locales.
Necesitamos más bibliotecas
abiertas, más actividades permanentes de lectura, más clubes de lectores, más
librerías, más libros al alcance de los jóvenes y, especialmente, una política
pública que consiga que la lectura no sea una actividad excepcional de una
semana de agosto o septiembre.
Porque existe el riesgo de que terminemos cometiendo una
paradoja: que Cúcuta tenga una gran Fiesta del Libro, pero no necesariamente
una gran cultura de lectura.
Y no estoy diciendo que la Feria no sea importante. Todo lo
contrario.
La Fiesta del Libro de Cúcuta es una de esas iniciativas que
debemos defender y fortalecer. Pero también debemos exigir que sus resultados
trasciendan los días del evento.
Que los niños que fueron a la
Feria vuelvan a pedir libros en diciembre. Que los jóvenes que escucharon a un
escritor busquen después sus obras. Que los padres compren un libro para sus
hijos, pero también uno para ellos. Que las empresas entiendan que patrocinar
la lectura también es invertir en ciudad.
Y que los gobernantes comprendan que un libro puede
transformar mucho más que una biblioteca: puede transformar una vida.
Quizás por eso, cuando se cierre la última actividad de esta
edición de la Fiesta del Libro, no deberíamos preguntarnos solamente cuántas
personas asistieron.
Deberíamos preguntarnos: ¿cuántos nuevos lectores
dejamos?
Esa sería la verdadera medida del éxito.
Porque una feria puede durar seis días. Pero el hábito de
leer debería acompañarnos toda la vida.
Y si queremos que Cúcuta deje de ser una ciudad que
simplemente sobrevive a sus problemas y se convierta en una ciudad que piensa,
propone y construye su futuro, tal vez tengamos que empezar por algo tan
sencillo como abrir un libro.
¿O me equivoco?