Las ciudades no se recuerdan
únicamente por las obras que construyen. Se recuerdan por las oportunidades que
supieron identificar y por las decisiones que tomaron cuando tenían la
posibilidad de transformar su futuro.
La historia demuestra que las
grandes ciudades son aquellas que descubren cuál es su mayor riqueza y tienen
la visión para convertirla en el motor de su desarrollo. Algunas lo hicieron a
través de sus ríos, otras mediante su patrimonio, su cultura o su ubicación
estratégica. Pero todas tuvieron algo en común: pensaron más allá del presente.
Cúcuta se encuentra hoy frente a
una de esas decisiones.
La administración municipal ha
venido anunciando importantes proyectos orientados al turismo y al desarrollo
económico. Se ha hablado de un gran parque temático en las afueras de la ciudad
y, recientemente, de una inversión cercana a los 60 mil millones de pesos para
el sector sur del Malecón.
Son iniciativas que merecen ser
analizadas, porque toda inversión que busque generar desarrollo es importante.
Pero precisamente por la magnitud de estos recursos surge una pregunta que
debería estar en el centro del debate ciudadano:
¿Estamos invirtiendo en
aquello que realmente puede transformar a Cúcuta durante los próximos cien
años?
Esta no es una discusión contra
un proyecto ni contra una administración. Es una reflexión sobre el modelo de
ciudad que queremos construir.
Porque las ciudades no cambian
solamente acumulando obras. Cambian cuando tienen la capacidad de reconocer sus
verdaderas oportunidades.
Y quizás la mayor oportunidad de
Cúcuta ha estado siempre frente a nosotros: el río Pamplonita.
Durante décadas hemos visto el
río como un problema. Lo recordamos cuando llegan las crecientes, cuando
amenaza una infraestructura o cuando aparecen las dificultades ambientales.
Pero pocas veces lo hemos mirado como lo que realmente puede ser: el gran eje
urbano, ambiental y turístico de la ciudad.
Mientras otras ciudades del mundo
recuperaron la relación con sus ríos, Cúcuta fue perdiendo poco a poco la
conexión con el suyo. El Pamplonita ha sufrido el deterioro de su caudal, la
pérdida de biodiversidad y problemas históricos relacionados con la calidad del
agua.
Por eso la pregunta es
inevitable:
¿No tendría mayor
trascendencia para la ciudad recuperar integralmente el río y convertirlo en el
gran proyecto de transformación urbana de Cúcuta?
La diferencia es enorme. Un
parque temático debe construirse desde cero. El Pamplonita ya existe. Tiene
historia, identidad y pertenece a la memoria de los cucuteños.
El desafío no es construir una
ciudad alrededor de un escenario artificial. El desafío es recuperar el
patrimonio natural que ya tenemos.
Pero para ello debemos entender
algo fundamental: ningún proyecto turístico puede tener éxito si antes no
resolvemos la condición ambiental del lugar donde se desarrolla. No tiene
sentido imaginar un gran malecón, espacios gastronómicos, zonas culturales o
escenarios recreativos si el río continúa transmitiendo deterioro y abandono.
Primero debemos devolverle la
vida al Pamplonita.
Después podremos convertirlo en
un verdadero símbolo de ciudad.
El mundo ya nos ha mostrado el
camino. Grandes ciudades entendieron que sus ríos podían ser motores de
desarrollo urbano, turístico y económico. Recuperaron sus cauces, protegieron
sus ecosistemas y los transformaron en espacios de encuentro ciudadano.
Cúcuta puede construir su propia
historia.
Un Pamplonita recuperado, con sus
zonas críticas protegidas, con soluciones modernas de ingeniería hidráulica,
con espacios verdes, senderos, ciclorrutas, miradores y escenarios culturales,
podría convertirse en una de las mayores oportunidades de transformación urbana
de nuestra región.
No solo mejoraría el paisaje.
Generaría turismo, empleo, inversión privada y, sobre todo, devolvería a los
cucuteños el orgullo por uno de sus mayores patrimonios naturales.
Pero una transformación de esta
magnitud requiere algo que hemos necesitado durante décadas: visión de largo
plazo.
Las grandes ciudades no se
construyen pensando únicamente en el próximo período de gobierno. Se construyen
con proyectos que pertenecen a varias generaciones.
Cúcuta necesita dejar de
preguntarse únicamente qué obra vamos a inaugurar y comenzar a preguntarse qué
ciudad queremos dejar.
Quizás el mayor proyecto
turístico de Cúcuta no está en las afueras.
Quizás ha estado siempre frente a
nosotros, esperando que tengamos la visión suficiente para comprender que el
Pamplonita no es un problema que debemos soportar.
Es la oportunidad que debemos
aprovechar.
Porque las ciudades que dejan
huella no son las que más obras acumulan.
Son las que descubren su mayor
riqueza y tienen el valor de convertirla en el corazón de su futuro. ¿ O ME
EQUIVOCO?
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