Cúcuta ha sido presentada en los últimos años como una ciudad con vocación turística, un relato que las autoridades locales repiten con insistencia en escenarios nacionales e internacionales. La narrativa se apoya en la ubicación estratégica en la frontera con Venezuela, en la importancia histórica de Villa del Rosario como cuna de la Gran Colombia y en el potencial cultural y gastronómico que ofrece la región. Sin embargo, más allá del discurso, la pregunta que se abre es si la capital nortesantandereana tiene realmente las condiciones para convertirse en un destino turístico de peso o si se trata, más bien, de una ilusión construida desde la política.
La realidad muestra que, aunque
existen oportunidades en segmentos como el turismo médico, el de compras y el
cultural, Cúcuta todavía arrastra dificultades que frenan su proyección. La
inseguridad urbana y la violencia asociada al contrabando y a economías
ilegales siguen marcando la percepción de riesgo para cualquier visitante. A
esto se suman las deficiencias en infraestructura hotelera de gran escala, la
limitada conectividad aérea —que obliga a muchos viajeros a pasar primero por
Bogotá—, y la falta de una estrategia integral de promoción turística. Todo
ello hace que el discurso oficial luzca frágil frente a la experiencia concreta
de quien pisa la ciudad.
Algunas acciones podrían marcar
la diferencia. Por ejemplo, articular un circuito turístico alrededor de la
gesta independentista en Villa del Rosario, con museos modernos y experiencias
inmersivas que conecten con visitantes nacionales y extranjeros. Impulsar un
plan de turismo médico binacional, aprovechando la demanda venezolana y la
competitividad en precios de salud y estética. Modernizar la infraestructura
hotelera y urbana con alianzas público-privadas que permitan crear corredores
turísticos seguros y ordenados. Y, sobre todo, fortalecer la conectividad aérea
con vuelos directos a destinos internacionales y al menos a las principales
ciudades de Colombia.
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