domingo, 22 de febrero de 2026

Demolimos el Triángulo… pero el sector sigue triangular

 


¿Recuerdan el sector del “Triángulo” en la ciudad de Cúcuta? Hace apenas unos días estuve por allí con la intención de ver y sentir un entorno mejor, tanto en seguridad como en urbanismo. Lo que encontré fue, en esencia, el mismo Parque Lineal deteriorado. Y digo deteriorado porque, personalmente, nunca me ha gustado: me parece un esperpento urbanístico y un desaprovechamiento de un área estratégica que pudo convertirse en un verdadero pulmón verde y en un eje de renovación urbana para la ciudad.

Pero más allá de la estética, lo que motivó esta columna fue la realidad social y de seguridad que encontré. En el lugar había un CAI móvil instalado sobre un terreno de tierra, como si estuviera aislado en medio del desierto urbano. Justo frente a él, numerosos habitantes de calle consumían sustancias psicoactivas a plena luz del día, ante la mirada de transeúntes, hombres, mujeres y niños. No sé qué tanto haya mejorado la seguridad en este sector después de la demolición del Triángulo, pero lo cierto es que transitar por allí, a pie o incluso en vehículo, no genera ninguna sensación de tranquilidad. Personas cocinando en ollas improvisadas sobre el espacio público, ocupación informal de la vía y un CAI que, aunque presente, no parecía acompañado de una estrategia integral de control. Hago la salvedad: puedo estar equivocado, pero lo que no vi fue una presencia policial efectiva y permanente.

La demolición del Triángulo fue una intervención necesaria. Durante años fue un enclave de informalidad, receptación de autopartes robadas y dinámicas criminales que degradaron el entorno urbano. Sin embargo, derribar estructuras no equivale a transformar la ciudad. La experiencia en múltiples ciudades latinoamericanas demuestra que cuando se interviene un foco del delito sin una política social, económica y urbana integral, el problema simplemente se desplaza; no desaparece.

Cúcuta sigue enfrentando una informalidad laboral superior al sesenta por ciento, una de las más altas del país, y tasas de desempleo históricamente superiores al promedio nacional. A ello se suma la presión migratoria, la economía ilegal propia de la frontera y la debilidad institucional. En ese contexto, espacios como el Triángulo no son accidentes urbanos, sino síntomas de una ciudad que aún no logra consolidar un proyecto productivo y social de largo plazo.

Se desperdicia un tiempo valioso sin un plan integral de renovación urbana para este espacio estratégico. La avenida sexta, amplia en diseño y potencial, se queda corta en la práctica por el caos de la informalidad, la falta de control del espacio público y la ausencia de una visión urbanística coherente. Recuperar espacio público no es tumbar casetas; es llenar el vacío con ciudad: parques vivos, comercio formal, cultura, iluminación, vigilancia, oportunidades económicas y presencia institucional permanente.

Ojalá el alcalde haya previsto recursos dentro del presupuesto con el que hoy se intervienen varios sectores con asfalto y obras viales, para impactar también el Triángulo y su área de influencia, incluido el Parque Lineal. Porque, paradójicamente, hoy el sector es más triangular que nunca: un espacio atrapado entre el abandono, la informalidad y la improvisación.

Demolimos el Triángulo físico, pero no demolimos las causas que lo crearon. Mientras sigamos gobernando con retroexcavadoras y no con ideas, Cúcuta seguirá siendo una ciudad triangular: atrapada entre el caos, la informalidad y la falta de visión. ¿O ME EQUIVOCO?


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