Francia abrió un debate sobre la protección digital de la infancia. En Cúcuta quizá ha llegado el momento de preguntarnos quién está educando a nuestros hijos.
Hay noticias que ocurren lejos de nosotros, pero que terminan
haciéndonos preguntas muy cercanas.
Esta semana Francia aprobó una ley que prohíbe el acceso a
las redes sociales a los menores de 15 años. La medida busca proteger a niños y
adolescentes frente a plataformas diseñadas para captar su atención durante
horas y ha abierto un intenso debate entre quienes la consideran necesaria y
quienes sostienen que la responsabilidad principal sigue estando en la familia.
Más allá de si la decisión francesa resulta acertada o no, lo
verdaderamente importante es que una sociedad decidió detenerse a discutir cómo
está creciendo su niñez.
Y entonces surge una pregunta inevitable:
¿En Colombia estamos hablando de este problema o simplemente
nos acostumbramos a él?
No hace falta recorrer mucho Cúcuta para encontrar la
respuesta.
En restaurantes, parques, salas de espera y centros
comerciales es frecuente ver familias reunidas físicamente, pero separadas por
una pantalla. Padres atentos a sus teléfonos, adolescentes consumiendo videos
sin descanso y niños que, antes de aprender a leer con soltura, ya dominan el
lenguaje de las aplicaciones.
No se trata de condenar la tecnología.
Sería un error.
Nunca antes la humanidad había tenido tanto conocimiento al
alcance de la mano. La inteligencia artificial, internet y las redes sociales
representan oportunidades extraordinarias para aprender, crear y comunicarnos.
El problema aparece cuando esas herramientas comienzan a
ocupar el lugar que corresponde a la familia.
Hace apenas unas décadas los padres preguntaban con quién
jugaban sus hijos en la calle.
Hoy quizá deberíamos preguntarnos qué algoritmo está educando
su manera de pensar.
Y no es una preocupación exagerada.
El Instituto Colombiano de Bienestar Familiar recomienda que
el acceso de niños y adolescentes a las redes sociales sea gradual, acompañado
por los padres y con reglas claras de supervisión. La entidad insiste en que
ningún control tecnológico reemplaza el diálogo dentro del hogar.
Las cifras muestran por qué.
Una investigación de UNICEF, ECPAT e INTERPOL reveló que uno
de cada cinco niños y adolescentes colombianos sufrió durante un año alguna
forma de explotación o abuso sexual facilitado por medios digitales. Al mismo
tiempo, el Ministerio TIC ha advertido que el 65 % de los menores entre 10 y 13
años ha estado expuesto a contenidos violentos o inadecuados en internet.
Detrás de esos números hay una realidad que no podemos
ignorar.
¿Cuántos niños cucuteños dedican más tiempo a deslizar videos
que a leer un libro?
¿Cuántos adolescentes conocen mejor a los influenciadores de
moda que a nuestros escritores, científicos o emprendedores?
¿Cuántas conversaciones familiares han sido reemplazadas por
el silencio de cuatro personas compartiendo la misma mesa, pero viviendo cada
una dentro de una pantalla distinta?
No propongo prohibir la tecnología.
Propongo recuperar el equilibrio.
Los algoritmos fueron diseñados para captar nuestra atención.
Los padres fueron llamados a formar el carácter de sus hijos.
Son responsabilidades completamente distintas.
Cúcuta enfrenta enormes desafíos en seguridad, empleo e
infraestructura. Sin embargo, existe uno del que hablamos muy poco: la
formación de la generación que dentro de veinte años dirigirá nuestras
empresas, nuestras universidades y nuestras instituciones públicas.
Porque las ciudades no solo se construyen con puentes,
avenidas o edificios.
Se construyen con ciudadanos capaces de pensar, dialogar,
crear y asumir responsabilidades.
Tal vez Colombia no necesite copiar la ley francesa.
Pero sí necesita abrir una conversación nacional sobre el
papel de la tecnología en la infancia, la responsabilidad de las plataformas
digitales y, especialmente, el papel irrenunciable de la familia.
Porque el verdadero debate no consiste en decidir a qué edad
un niño puede abrir una cuenta en una red social.
El verdadero debate consiste en preguntarnos quién está
formando su manera de pensar, de sentir y de comprender el mundo.
Las futuras generaciones no recordarán cuántas horas pasaron
conectadas a internet ni cuántos videos alcanzaron a ver.
Recordarán quién estuvo presente cuando más necesitaban ser
escuchadas.
Porque ningún algoritmo, por inteligente que llegue a ser,
podrá reemplazar una conversación al final del día, el abrazo de una madre, el
consejo de un padre o el ejemplo silencioso de una familia que educa con amor.
El futuro de Cúcuta y de Colombia dependerá, más que de
cualquier avance tecnológico, de que nunca olvidemos una verdad elemental: la
inteligencia artificial puede responder preguntas, pero solo una familia
presente es capaz de formar seres humanos verdaderamente libres. ¿O ME
EQUIVOCO?
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