viernes, 22 de agosto de 2025

Colombia Bajo Asedio: el Estado acorralado por el terrorismo

 


En apenas dos días, Colombia ha sido estremecida por dos atentados terroristas que dejaron al descubierto la fragilidad de sus instituciones y la incapacidad del gobierno para anticipar y contener la violencia que se expande como una sombra en todo el territorio nacional. Primero fue en Amalfi, Antioquia, donde un helicóptero UH-60 Black Hawk de la Policía Nacional, en misión de erradicación de cultivos ilícitos, fue derribado por un dron cargado con explosivos, en un ataque atribuido a disidencias de las FARC. El saldo es doloroso: doce uniformados muertos y varios más heridos. El hecho no solo evidencia el poder de fuego de los grupos armados, sino también la sofisticación tecnológica que hoy utilizan para humillar al Estado. Al mismo tiempo, en Cali, un camión cargado de explosivos detonó frente a la Escuela Militar de Aviación Marco Fidel Suárez, dejando seis muertos y decenas de heridos —algunas fuentes hablan de más de sesenta lesionados—. Dos golpes coordinados en cuestión de horas que dejaron al país sumido en la indignación, la rabia y el miedo.

La pregunta inevitable es cómo es posible que grupos armados operen con drones letales y camiones bomba sin que la inteligencia estatal lo detecte a tiempo. ¿Dónde están las supuestas capacidades tecnológicas y de anticipación que el gobierno asegura tener? ¿Cómo puede un Estado que destina miles de millones a defensa reaccionar siempre tarde, persiguiendo esquirlas cuando ya ha estallado la tragedia? Las respuestas oficiales, como suele ocurrir, se limitaron a la condena y al señalamiento. El presidente Gustavo Petro atribuyó los ataques a las disidencias de las FARC, mientras voces de oposición, como la del expresidente Álvaro Uribe, clamaron por ayuda internacional y advirtieron que el narcoterrorismo, si no se enfrenta con decisión, terminará por devorar a Colombia.

En Cali, se decretó toque de queda para vehículos de carga pesada, mientras el gobierno estudia declarar la conmoción interior en el suroccidente del país, una medida desesperada que, más que mostrar autoridad, desnuda la incapacidad de prevenir la violencia. Se convocó un Consejo de Seguridad Nacional, pero la sensación generalizada es que las decisiones llegan siempre después de la sangre derramada. La ciudadanía, entre tanto, mira con creciente desconfianza cómo la palabra “seguridad” se convierte en un eslogan vacío, incapaz de proteger la vida de los colombianos.

Estos atentados no son hechos aislados. Son la demostración de que los grupos armados ilegales ya no actúan como bandas dispersas, sino como ejércitos clandestinos capaces de combinar tecnología, logística y precisión en ataques simultáneos contra el corazón mismo de la Fuerza Pública. El mensaje es contundente: tienen la capacidad de desafiar al Estado en cualquier punto del territorio, mientras la respuesta oficial parece cada vez más débil y reactiva.

Colombia se encuentra en un punto de quiebre. O el gobierno despierta de su letargo y asume con decisión la defensa de sus ciudadanos, o el país quedará a merced de quienes siembran la muerte. El terrorismo no está a las puertas: ya está adentro, golpeando las entrañas de la nación. Y si el Estado no se decide a actuar con firmeza, será recordado no por lo que hizo para salvar a su pueblo, sino por lo que permitió con su inacción. Hoy, más que nunca, Colombia necesita liderazgo, carácter y resultados. Lo demás —discursos, comunicados y promesas— ya no sirve de nada. ¿ o me equivoco ?

 

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