Ser veedor ciudadano en Colombia es un ejercicio de valentía cívica y, a la vez, una travesía por un terreno minado. En teoría, la figura del veedor encarna el ideal de participación democrática: un ciudadano que vigila, denuncia y propone, comprometido con la transparencia y el control social del Estado. En la práctica, sin embargo, ser veedor puede significar exponerse a la indiferencia institucional, al aislamiento político e incluso a la amenaza.
En ciudades como Cúcuta, donde
los intereses políticos, económicos y contractuales suelen entrelazarse, la
tarea del veedor se vuelve más compleja. El acceso a la información pública
continúa siendo limitado, los procesos de rendición de cuentas se diluyen en
tecnicismos, y la protección a quienes denuncian irregularidades es débil o
inexistente. La veeduría, que debería ser un puente entre ciudadanía y
administración, termina muchas veces convertida en un campo de disputa y
sospecha.
Y entonces surge la pregunta
inevitable: ¿por qué, si ser veedor es tan peligroso, todavía hay ciudadanos
que se exponen? Tal vez porque aún creen que la verdad no se negocia, que el
deber de cuidar lo público no se delega y que la dignidad también se defiende
mirando de frente. Es esa convicción la que mantiene viva una esperanza cívica
en medio del cansancio colectivo.
El problema radica en que el
sistema no protege a quien se atreve a mirar. Las denuncias suelen quedar
atrapadas en la burocracia, y la respuesta institucional es más lenta que el
desgaste personal de quien decide alzar la voz. Ser veedor no debería ser un
acto heroico, pero en Colombia lo es.
Ser veedor es mirar donde otros
prefieren no mirar. Es incomodar al poder, pero también recordarle que la
soberanía reside en la ciudadanía. En tiempos donde la transparencia es más un
discurso que una práctica, ejercer la veeduría no solo es un derecho: es un
deber que nos interpela a todos. ¿ O me equivoco?
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