En Colombia la gente está cansada. No es uncansancio simple ni pasajero; es un desgaste emocional que se siente en la voz de quienes madrugan, en la frustración acumulada de quienes trabajan duro, en los comerciantes que sobreviven a punta de ingenio, en los jóvenes que no encuentran oportunidades y en la sensación general de que las discusiones políticas avanzan, pero las soluciones no.
Es un cansancio que nace del ruido constante, de la polarización que no deja
pensar, de las peleas eternas que ocupan titulares pero no resuelven la vida de
nadie. Un cansancio que se refleja en frases como “ya no más”, “esto no cambia”
o “vivimos en lo mismo”, repetidas en buses, oficinas, mercados y reuniones
familiares.
Pero ese cansancio, lejos de ser un signo de derrota, es en realidad una señal de cambio. Una sociedad que se agota de escuchar la misma retórica empieza a exigir hechos, coherencia y responsabilidad. Empieza a rechazar las simples promesas y a mirar con lupa lo que se hace y lo que no se hace. Las personas están dejando de tolerar la ineficiencia, el abandono y la improvisación.
Es una especie de despertar colectivo: el país está cansado, sí, pero también está más consciente que nunca.Ese despertar se siente en muchas regiones, pero adquiere una fuerza particular en Cúcuta. Porque en Cúcuta el cansancio no viene solo de la política, sino de años de postergación. Años en los que la ciudad ha tenido que cargar, casi sola, con los efectos de la migración masiva, la informalidad, la inseguridad y la fragilidad económica. Años en los que se ha hablado de proyectos estratégicos que nunca llegan, de obras que no se ejecutan, de oportunidades que se aplazan.
Y allí, en esa frontera viva y exigente, el cansancio ciudadano se ha
convertido en claridad: Cúcuta no puede seguir esperando.
La ciudad necesita evolucionar, y uno de los puntos donde ese reclamo es más evidente es en la infraestructura vial y un sistema de transporte masivo moderno, digno y funcional. Cúcuta sigue moviéndose con una estructura vial pensada para una ciudad del pasado, no para la metrópolis fronteriza que hoy es. Sus vías principales están saturadas, los corredores claves carecen de soluciones integrales, la movilidad es frágil, y la ausencia de un transporte masivo eficiente afecta la productividad, la seguridad y la calidad de vida.
La ciudadanía lo sabe, lo siente, lo padece: Cúcuta no puede seguir
avanzando con parches; necesita visión, inversión y planificación real.
En muchas conversaciones
cotidianas se repiten ideas sencillas pero poderosas: que la ciudad merece un
transporte ordenado, que no es normal tardar una hora en un trayecto corto, que
el caos vehicular no puede ser costumbre, que las obras grandes no pueden
depender del azar político. Ese cansancio expresado desde el ciudadano común es
una forma de decirle a las autoridades: “Basta de diagnósticos; ya es tiempo de
soluciones”.
A nivel nacional, la ciudadanía
también está haciendo ese mismo reclamo: hechos, no discursos. La gente quiere
convivencia, quiere seguridad, quiere empleo y oportunidades reales. Quiere
gobiernos que gestionen de verdad y que devuelvan la política a la vida
concreta de la gente.
Lo que está pidiendo el país es algo esencial: menos pelea y más resultados.
Por eso este cansancio no es un
signo de pesimismo, sino de madurez. Una madurez que obliga a mirar las
prioridades con seriedad: infraestructura, movilidad, orden urbano, seguridad
integral, educación, oportunidades. No más aplazamientos, no más excusas, no
más improvisaciones.
Y quizá este es el mensaje más
importante de todos: si estamos cansados de ver a nuestras ciudades quedarse
atrás —de ver a Cúcuta atrapada en los mismos problemas de siempre y a Colombia
avanzar a medias— entonces también debemos asumir lo que nos corresponde como
ciudadanos.
Las próximas elecciones —en la ciudad y en el país— no pueden ser un concurso de simpatías, de frases bonitas o de discusiones vacías. Deben ser un momento de madurez colectiva. Un punto de quiebre.
Porque Cúcuta necesita gobernantes que piensen en infraestructura moderna, en transporte masivo digno, en movilidad inteligente, en planificación real. Y Colombia necesita líderes capaces de conectar el presente con el futuro, no con el pasado.Es hora de votar pensando en ciudad.
Pensando en evolución.
Pensando en que, por fin, entremos de lleno al siglo XXI con proyectos
serios, con visión, con rumbo.
El cansancio ya lo sentimos todos. Ahora toca transformarlo en decisiones que
cambien nuestro destino. Porque solo así, con un voto consciente y responsable,
podremos construir la ciudad y el país que merecemos. ¿ O ME EQUIVOCO ?

Para empezar vivimos gobernados por una mala administración, los fondos públicos han sido mal manejados o el peor de los casos desviados por nuestros amigos de la política, y como segundo somos una de las ciudades más peligrosas en el país contando que somos un país entre los primeros más peligrosos en el mundo y como último Cúcuta se ha estancado por la falta de organización y de unión, por que siempre el político de turno será rechazado por la oposición.
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