Colombia amanece temprano. Antes
de que el sol pinte las montañas y los gallos marquen el pulso del día, ya hay
millones de personas moviéndose entre el cansancio y la esperanza. En cada
esquina, un termo de café sirve de excusa para empezar, para no rendirse. Pero
detrás de ese ritual que nos define, hay una pregunta que flota en el aire:
¿estamos realmente despertando o solo aprendimos a madrugar?
El país sigue en su rutina, casi
automática, mientras la inflación aprieta, la inseguridad multiplica los miedos
y la política divide más de lo que une. Nos levantamos con la misma disciplina
de siempre, pero con menos fe en el futuro. Hay algo en el ambiente —una mezcla
de resignación y rabia contenida— que nos recuerda que la esperanza, aunque
noble, también se cansa.
El Gobierno insiste en que
estamos en un proceso de cambio; la oposición, en que el país se nos cae a
pedazos. Entre uno y otro discurso, la gente solo quiere llegar a fin de mes.
Los sueños de transformación se han vuelto trámites lentos, discursos enredados
o simples hashtags de ocasión. Y mientras tanto, la vida cotidiana sigue su
curso, entre el rebusque, el trancón y el noticiero de las siete.
La polarización, ese deporte
nacional que todo lo contamina, nos mantiene atrapados en la trampa del “ellos”
y “nosotros”. Discutimos por ideologías, por redes, por colores, mientras el
mundo se mueve a otra velocidad. Mientras aquí seguimos enredados en peleas
políticas, otros países —y hasta otras regiones de Colombia— apuestan por la
ciencia, la tecnología, la educación y la innovación. El siglo XXI avanza, casi
en silencio, hacia su primera mitad… y nosotros seguimos debatiendo lo mismo de
siempre, como si el tiempo no nos pasara factura.
A veces parece que Colombia
necesita un sacudón moral más que un ajuste económico; un reencuentro con su
propia conciencia más que una reforma. Porque no hay café que despierte a un
país que se volvió experto en justificar lo injustificable, ni esperanza que
resista si seguimos normalizando lo que un día juramos no repetir.
Quizás sea hora de cambiar la
rutina. De tomar el primer café, sí, pero no para seguir el mismo camino, sino
para decidir, de una vez por todas, qué país queremos ser cuando amanezca.
Y aún hay razones para creer que
ese despertar es posible. Porque en medio del ruido y la desconfianza, sigue
habiendo colombianos que trabajan en silencio, que innovan, que educan, que
siembran, que crean comunidad. Gente que no necesita micrófono para construir
país, que entiende que el progreso no se grita: se cultiva.
Todos los despertadores que serán elegidos el año entrante sonarán solo para ellos y sus clanes.. O me equivoco?. A nuestro departamento y municipio sólo llegan cánceres que no nos matan pero nos hacen metástasis diariamente. El PAE es indigno las vías secundarias ni habla,; buen día mi buen amigo.
ResponderEliminar