Durante los últimos ocho días,
Cúcuta ha vuelto a contar sus días con el pulso acelerado del miedo. Al menos siete
homicidios, la mayoría con sello de sicariato, se registraron en distintos
barrios de la ciudad entre el 25 de octubre y el 1 de noviembre. Las cifras
—provenientes de reportes de prensa local como La Opinión— son más que
simples números: son rostros, calles manchadas, familias que esta semana no
volvieron a ver a los suyos.
No se trata de casos aislados ni
de un brote circunstancial. La violencia por encargo se ha convertido en una
presencia constante, un ruido que recorre las comunas como una sombra conocida.
En El Malecón, un empresario fue asesinado a tiros; en Camilo Daza, otro cuerpo
apareció en circunstancias oscuras; en Torres Los Estoraques, el hallazgo de un
hombre sin vida cerró una jornada que ya había empezado mal. Detrás de cada
disparo, hay un mensaje que todos entienden y nadie se atreve a repetir.
Cúcuta vive hoy una situación que
desborda lo municipal. No se trata solo de reforzar cuadrantes o instalar
cámaras: se necesita una estrategia integral, con respaldo del Gobierno
Nacional, que involucre inteligencia, justicia, cooperación binacional y
presencia institucional sostenida. El alcalde no puede —ni debe— cargar solo
con una tarea que excede la capacidad operativa de la ciudad. Esta guerra
silenciosa exige coordinación y recursos de alto nivel, antes de que la
violencia se normalice definitivamente.
Hoy más que nunca, Cúcuta
necesita recuperar su tranquilidad. No solo por sus habitantes, sino por su
porvenir. Ninguna ciudad puede soñar con atraer inversión, turismo o progreso
mientras el miedo siga gobernando las esquinas. Nadie quiere venir donde cada
semana caen siete u ocho personas bajo el fuego anónimo de la violencia. La
capital de frontera merece algo más que sobrevivir: merece renacer,
mostrar al mundo su capacidad de paz, su espíritu trabajador, su hospitalidad y
su historia.
Y eso comienza con un compromiso real —del Estado, de sus líderes y de todos
nosotros— para devolverle a Cúcuta el derecho más sagrado de cualquier
pueblo: vivir sin miedo.

La colaboración de la comunidad es de vital importancia
ResponderEliminar