domingo, 2 de noviembre de 2025

CÚCUTA MERECE VIVIR SIN MIEDO...

 

Durante los últimos ocho días, Cúcuta ha vuelto a contar sus días con el pulso acelerado del miedo. Al menos siete homicidios, la mayoría con sello de sicariato, se registraron en distintos barrios de la ciudad entre el 25 de octubre y el 1 de noviembre. Las cifras —provenientes de reportes de prensa local como La Opinión— son más que simples números: son rostros, calles manchadas, familias que esta semana no volvieron a ver a los suyos.

No se trata de casos aislados ni de un brote circunstancial. La violencia por encargo se ha convertido en una presencia constante, un ruido que recorre las comunas como una sombra conocida. En El Malecón, un empresario fue asesinado a tiros; en Camilo Daza, otro cuerpo apareció en circunstancias oscuras; en Torres Los Estoraques, el hallazgo de un hombre sin vida cerró una jornada que ya había empezado mal. Detrás de cada disparo, hay un mensaje que todos entienden y nadie se atreve a repetir.

Lo preocupante es que esta violencia resulta casi imposible de contener con las herramientas tradicionales. La vigilancia policial, limitada por recursos, jurisdicciones y un territorio complejo, apenas alcanza para reaccionar cuando todo ya ha ocurrido. Los sicarios actúan con precisión quirúrgica, se desplazan en segundos y se confunden entre la multitud. No hay patrulla que alcance el ritmo del miedo.

Cúcuta vive hoy una situación que desborda lo municipal. No se trata solo de reforzar cuadrantes o instalar cámaras: se necesita una estrategia integral, con respaldo del Gobierno Nacional, que involucre inteligencia, justicia, cooperación binacional y presencia institucional sostenida. El alcalde no puede —ni debe— cargar solo con una tarea que excede la capacidad operativa de la ciudad. Esta guerra silenciosa exige coordinación y recursos de alto nivel, antes de que la violencia se normalice definitivamente.

Porque cuando una ciudad empieza a acostumbrarse al sonido de los disparos, pierde algo más que su seguridad: pierde su alma. Cúcuta necesita volver a creer que es posible caminar sin miedo, abrir un negocio sin extorsión, criar a los hijos sin pensar en la próxima bala perdida. Y eso solo se logrará si el Estado, en todas sus escalas, decide mirar de frente esta tragedia que ya no cabe en los noticieros.

Hoy más que nunca, Cúcuta necesita recuperar su tranquilidad. No solo por sus habitantes, sino por su porvenir. Ninguna ciudad puede soñar con atraer inversión, turismo o progreso mientras el miedo siga gobernando las esquinas. Nadie quiere venir donde cada semana caen siete u ocho personas bajo el fuego anónimo de la violencia. La capital de frontera merece algo más que sobrevivir: merece renacer, mostrar al mundo su capacidad de paz, su espíritu trabajador, su hospitalidad y su historia.
Y eso comienza con un compromiso real —del Estado, de sus líderes y de todos nosotros— para devolverle a Cúcuta el derecho más sagrado de cualquier pueblo: vivir sin miedo. ¿O ME EQUIVOCO?

 

 

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