Hablar hoy de la crisis del sistema de salud en Colombia ya no es un ejercicio técnico ni un debate ideológico: es una realidad que se siente en las salas de urgencias, en las farmacias vacías y en la angustia diaria de millones de pacientes. Bajo el gobierno del presidente Gustavo Petro, el deterioro del sistema se ha acelerado peligrosamente, no tanto por la necesidad de una reforma —que muchos reconocen— sino por la improvisación, la confrontación permanente y la ausencia de respuestas claras mientras el sistema colapsa.
La desfinanciación es evidente.
Las EPS, intervenidas o no, operan con déficits crecientes; la red hospitalaria
acumula deudas impagables y la entrega de medicamentos se ha convertido en una
ruleta rusa para los pacientes crónicos. Mientras el Gobierno insiste en que
“no salvará a las EPS sino a la salud”, en la práctica quienes pagan el costo
son los usuarios, atrapados entre un modelo que no se corrige y otro que no
termina de nacer.
Cúcuta atiende no solo a sus
ciudadanos, sino a población migrante y retornada, muchas veces sin afiliación
efectiva ni continuidad en los tratamientos. La atención primaria prometida por
el Gobierno no se traduce en capacidad real, y la falta de medicamentos se
siente con especial dureza en pacientes de alto costo. La frontera no espera
decretos ni discursos: necesita soluciones inmediatas, flujo de recursos y
decisiones técnicas, no ideológicas.
El problema de fondo es que el
Gobierno ha optado por administrar la crisis mientras discute la reforma,
en lugar de estabilizar primero el sistema. La confrontación con gremios,
clínicas y EPS puede ser políticamente rentable, pero es socialmente
irresponsable cuando no se garantiza la atención. La salud, convertida en campo
de batalla política, pierde su esencia de derecho fundamental.
La salud no puede seguir siendo
un experimento político ni una bandera ideológica. En una ciudad que ha
aprendido a sobrevivir al abandono, lo mínimo que se espera del Estado es que
no abandone también el derecho más básico: el de vivir con dignidad.
Cuando la salud se derrumba en
la frontera, el abandono del Estado deja de ser discurso y se convierte en
dolor. ¿O ME EQUIVOCO?
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