Cúcuta sueña con tener el canopy
más grande del mundo. Una megaobra turística, una postal para redes sociales,
una promesa de progreso envuelta en cables, altura y vértigo. Suena moderno,
suena audaz, suena a ciudad que quiere figurar. Pero mientras soñamos con volar
entre árboles, olvidamos algo más básico y urgente: en Cúcuta casi no
tenemos árboles donde caminar.
La pregunta es incómoda, pero necesaria:
¿por qué una ciudad que no tiene un gran parque verde metropolitano dentro de
su casco urbano piensa primero en parques temáticos antes que en parques para
su gente?
En este contexto, hablar de
parques no es un capricho estético: es una política pública de supervivencia
urbana.
A esto se suma otro dato
incómodo. La Organización Mundial de la Salud recomienda entre 9 y 15 metros
cuadrados de áreas verdes por habitante como estándar mínimo para ciudades
saludables. En muchas ciudades colombianas el indicador no supera los 2 o 3
m² por habitante, reflejando un déficit estructural de espacio público
verde. Cúcuta, sin un gran parque metropolitano urbano, claramente está lejos
de ese estándar.
Paradójicamente, los únicos espacios verdaderamente verdes que conserva la ciudad son los cementerios. Allí sí hay árboles, silencio, sombra y orden. Allí sí se respira paz. Tal vez porque en Cúcuta planificamos mejor para los muertos que para los vivos.
Este no es un debate contra el turismo ni contra la innovación. Un canopy puede ser atractivo y generar ingresos. El problema es el modelo de planeación urbana que prioriza obras de vitrina sobre infraestructura social. En Cúcuta seguimos confundiendo desarrollo con inauguraciones, cemento con progreso y render con ciudad.Las ciudades modernas planifican
con un principio básico: el espacio público verde es política de salud,
seguridad y cohesión social. Un parque metropolitano reduce temperaturas,
mejora la salud mental, baja la violencia, fomenta el deporte y crea comunidad.
Es urbanismo con enfoque humano. No es un lujo, es una obligación del Estado
local.
En cambio, aquí se planea con la
lógica del aplauso inmediato, del proyecto llamativo, del titular de prensa. Se
construyen obras que se ven bien en fotografías, pero se descuida lo que no
genera likes: el bienestar cotidiano del ciudadano común, del que camina, del
que no tiene carro, del que vive en barrios sin árboles ni sombra.
Soñar con el canopy más grande
del mundo está bien. Pero soñar con una ciudad habitable debería ser
obligatorio.
Porque una ciudad sin parques no es una ciudad moderna, es una ciudad que
renunció a sus ciudadanos.
Y una ciudad que planifica
mejor sus cementerios que sus parques no está mirando al futuro: simplemente
está administrando el presente sin imaginar la vida que podría tener. ¿O ME
EQUIVOCO?
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