Que no nos sigan diciendo que lo de las inundaciones en
Cúcuta es “un fenómeno climático”. No lo es. Es el resultado de tres
décadas de gobiernos locales y nacionales que decidieron no planificar la
ciudad. Y eso tiene responsables por periodos, no por casualidad.
Desde los años noventa, cuando Cúcuta empezó a expandirse
sin control, ninguna administración municipal asumió en serio la
construcción de un sistema integral de alcantarillado pluvial. Se permitió
el crecimiento urbano sin infraestructura, se aprobaron urbanizaciones sin
drenajes adecuados y se dejó que los caños naturales fueran tapados, desviados
o convertidos en basureros.
En los años 2000, mientras otras ciudades intermedias
avanzaban en planes maestros de drenaje, Cúcuta se quedó en diagnósticos.
Estudios iban y venían, consultorías se pagaban, pero las obras estructurales
nunca arrancaron. La prioridad fue el cemento visible, no lo que va debajo de
la tierra.
Y en los últimos años, con una ciudad más grande, más pobre
y más vulnerable, la ausencia de alcantarillado pluvial ya no es solo un
problema urbano: es una amenaza social y sanitaria. Las inundaciones
afectan siempre a los mismos barrios, destruyen el comercio popular, enferman a
los niños y profundizan la desigualdad.
Cada gobierno nacional conoce la situación y la deja en manos del siguiente.
Y mientras tanto, la ciudad se ahoga.
La respuesta es simple y dolorosa:
una ciudad mal planificada produce sociedades fracturadas.
Cúcuta es hoy una ciudad sin drenaje físico y sin drenaje
institucional. El agua no tiene por dónde salir, y los problemas tampoco. Se
acumulan hasta que desbordan calles, hogares y paciencia ciudadana.
Y algún día, esa cuenta la va a cobrar la realidad. ¿ O ME EQUIVOCO?
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