domingo, 1 de febrero de 2026

Cúcuta, capital del abandono planificado.

 

Que no nos sigan diciendo que lo de las inundaciones en Cúcuta es “un fenómeno climático”. No lo es. Es el resultado de tres décadas de gobiernos locales y nacionales que decidieron no planificar la ciudad. Y eso tiene responsables por periodos, no por casualidad.

Desde los años noventa, cuando Cúcuta empezó a expandirse sin control, ninguna administración municipal asumió en serio la construcción de un sistema integral de alcantarillado pluvial. Se permitió el crecimiento urbano sin infraestructura, se aprobaron urbanizaciones sin drenajes adecuados y se dejó que los caños naturales fueran tapados, desviados o convertidos en basureros.

En los años 2000, mientras otras ciudades intermedias avanzaban en planes maestros de drenaje, Cúcuta se quedó en diagnósticos. Estudios iban y venían, consultorías se pagaban, pero las obras estructurales nunca arrancaron. La prioridad fue el cemento visible, no lo que va debajo de la tierra.

Durante la década siguiente, con mayores recursos y más transferencias, se optó por soluciones parciales: canalizar aquí, destapar allá, hacer mantenimientos cosméticos para la foto. Nada estructural. Nada que resolviera el problema de fondo. Cada invierno volvía a demostrarlo.

Y en los últimos años, con una ciudad más grande, más pobre y más vulnerable, la ausencia de alcantarillado pluvial ya no es solo un problema urbano: es una amenaza social y sanitaria. Las inundaciones afectan siempre a los mismos barrios, destruyen el comercio popular, enferman a los niños y profundizan la desigualdad.

Lo más grave es el silencio cómodo.
Cada administración hereda el problema y decide no enfrentarlo.
Cada gobierno nacional conoce la situación y la deja en manos del siguiente.
Y mientras tanto, la ciudad se ahoga.

La respuesta es simple y dolorosa:
una ciudad mal planificada produce sociedades fracturadas.

Cúcuta es hoy una ciudad sin drenaje físico y sin drenaje institucional. El agua no tiene por dónde salir, y los problemas tampoco. Se acumulan hasta que desbordan calles, hogares y paciencia ciudadana.

Ya no se puede seguir hablando de mala suerte ni de invierno fuerte.

Aquí hubo negligencia sostenida, falta de visión y miedo a tomar decisiones costosas pero necesarias.

Cúcuta no necesita otro estudio.
Necesita que alguien asuma la deuda histórica.
Porque una ciudad que lleva treinta años sin drenaje pluvial no está atrasada:
está deliberadamente abandonada.

Y algún día, esa cuenta la va a cobrar la realidad. ¿ O ME EQUIVOCO?

 

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