Me gusta escribir sobre ciudad. Y más cuando se trata de la mía.
Pero esta madrugada, con el café
en la mano y la intención clara de escribir sobre la polémica decisión de
prorrogar por 20 años el contrato del relleno sanitario Guayabal, me asaltó una
duda incómoda:
¿Vale la pena hablar de eso… o de nosotros?
¿Del ciudadano que se pasa el semáforo en rojo como si la
vida ajena no importara?
¿Del que lanza basura a la calle con absoluta indiferencia?
¿Del que se estaciona dónde quiere, porque la norma siempre es para otros?
¿De la ciudad a oscuras en muchos de sus sectores?
¿De los números que no dejan de crecer en sicariato?
¿O del aumento silencioso, pero evidente, de habitantes de calle?
Hay tanto de qué hablar… que por momentos parece más útil
hacer un estudio sobre la genética ciudadana de Cúcuta.
Porque aquí hay una verdad que incomoda: no todo es culpa
del Estado. También es nuestra.
Somos una ciudadanía que, en
buena medida, se acostumbró a ser parte del problema.
Nos volvimos indolentes, conformistas. poco exigentes, poco solidarios y, peor
aún, profundamente consistentes en perseverar siendo lo mismo.
No es pesimismo…es realidad.
Cúcuta es hoy una ciudad que no
solo carga problemas estructurales, sino que arrastra una cultura que se
resiste a cambiar. Y eso se nota en todo: en la informalidad económica —donde
estamos entre las más altas del país—, pero también en algo más grave y menos
visible: la informalidad mental; y por estas épocas en que la salud mental está
en deterioro nacional, esto se torna muy preocupante.
Aquí la norma estorba, la ley incomoda y lo público… se
siente lejano.
Y entonces volvemos al punto inicial.
¿Para qué hablar de un contrato de concesión, de un otrosí
que amplía por 20 años el manejo del relleno sanitario, de cifras millonarias,
de posibles irregularidades… si como ciudadanos ni siquiera hemos sido capaces
de respetar un semáforo?
Pero cuidado con esa trampa. Porque pensar así es
exactamente lo que permite que todo siga igual.
Que mientras discutimos el comportamiento del ciudadano —que
sí, es un problema real—, las grandes decisiones se tomen sin suficiente ruido,
sin suficiente control y sin suficiente participación.
Y ahí está el verdadero peligro.
Porque una ciudadanía débil, desordenada y resignada es el
escenario perfecto para que lo importante pase sin resistencia, para que
contratos enormes se firmen sin debate, para que decisiones de décadas se tomen
en silencio, para que lo público deje de ser de todos… y pase a ser de unos
pocos.
El problema de Cúcuta no es solo institucional.
Es cultural.
Pero precisamente por eso, la salida no es dejar de hablar
de lo que está mal, es hablar más, exigir más, molestar más.
Porque una ciudad que se acostumbra a todo…termina
permitiéndolo todo.
Y ese sí es el verdadero riesgo. No el contrato. No el
relleno sanitario.
Sino nosotros mismos.
Y lo más grave no es solo cuánto cuesta enterrarla.
Es que, según estimaciones
nacionales, cerca del 80% de los residuos sólidos podrían ser aprovechables
o reciclables si existiera una verdadera cultura ciudadana, infraestructura
adecuada y decisiones públicas orientadas a la sostenibilidad.
Pero aquí no.
Aquí seguimos enterrando valor, enterrando oportunidades, enterrando
ciudad.
Porque mientras otros territorios
avanzan hacia economías circulares, reciclaje organizado y aprovechamiento real
de residuos, Cúcuta sigue atrapada en su lógica más cómoda: la informalidad.
La misma informalidad de la que hablamos al inicio, la que
se ve en la calle… y la que también se esconde en las decisiones grandes.
Una ciudad que no separa la basura…difícilmente separa lo
público de lo privado.
Y así, entre lo que botamos y lo que dejamos pasar, seguimos
construyendo una ciudad que no solo se acostumbra a todo…sino que termina
viviendo de ello. ¿ O ME EQUIVOCO ?

Pero nadie hace o dice nada, porque nadie sabe
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