Hay momentos en los que una ciudad puede medir la salud de su democracia observando cómo reaccionan sus instituciones frente a las decisiones de la justicia. En Cúcuta estamos viviendo uno de esos momentos.
El caso del concejal Oliverio
Castellanos se ha convertido en una prueba incómoda para el sistema político
local. No por el nombre del protagonista, ni siquiera por las disputas
jurídicas que rodearon su proceso, sino por algo mucho más delicado: el respeto
—o la falta de respeto— por las decisiones de los jueces.
No soy amigo del concejal
Oliverio Castellanos, y mucho menos pretendo convertirme en su escudero ni en
el defensor de su proceso. Ese no es el punto. Aquí lo verdaderamente
preocupante es otra cosa: que en Colombia empiece a normalizarse la peligrosa
cultura de no obedecer a la justicia cuando las decisiones no gustan o no
convienen políticamente. Porque un país donde las sentencias se discuten, se
dilatan o simplemente se ignoran, deja de ser un Estado de Derecho. Y cuando la
justicia deja de ser obligatoria para convertirse en algo opcional, lo que
queda no es democracia, sino un terreno donde cada quien decide qué ley
respetar y cuál no. Y en un país así, tarde o temprano, la institucionalidad
termina por derrumbarse.
Castellanos fue objeto de un
proceso que terminó con la pérdida de su investidura luego de que se
cuestionara una actuación administrativa ocurrida cuando presidía el Concejo
Municipal, relacionada con el pago de honorarios a un concejal sin que estuviera
acreditada su asistencia a una sesión. Ese episodio derivó en un proceso
judicial que terminó sacándolo de su curul.
Conviene subrayar un hecho que no es menor: la decisión que ordena el regreso del concejal Oliverio Castellanos a su curul no proviene de una instancia menor ni de una interpretación administrativa, sino de una determinación adoptada por el Consejo de Estado, el más alto tribunal de lo contencioso administrativo del país. En consecuencia, su cumplimiento no está sujeto a debates políticos ni a interpretaciones acomodadas. Las decisiones del Consejo de Estado son de obligatorio acatamiento para todas las autoridades públicas.
En teoría, en un Estado de
Derecho, una decisión judicial debería bastar. Pero en la práctica, lo que
estamos viendo en Cúcuta es un escenario preocupante: la orden de reintegro se
ha convertido en un pulso político y administrativo donde pasan los días, las
sesiones avanzan y la silla del concejal sigue en el limbo.
Conviene decirlo con total
claridad: en Colombia las órdenes judiciales no son optativas. Si existe un
fallo que ordena el reintegro de un concejal y este no se cumple, las
directivas del Concejo que estén obligadas a ejecutarlo podrían enfrentar
consecuencias personales muy serias. Un juez puede abrir un incidente de
desacato que conlleva multas e incluso arresto, y además podrían ser
objeto de investigaciones disciplinarias por parte de la Procuraduría General
de la Nación que podrían terminar en suspensiones, destituciones o
inhabilidades para ejercer cargos públicos. Pero el asunto no termina allí:
si se determina que hubo una negativa deliberada a cumplir una orden judicial,
el caso podría escalar a la esfera penal y terminar siendo investigado por la Fiscalía
General de la Nación por posibles delitos relacionados con el desacato o el
incumplimiento de decisiones judiciales. En otras palabras, ignorar un fallo no
solo debilita la institucionalidad: también puede terminar comprometiendo
seriamente la responsabilidad personal de quienes hoy creen que pueden aplazar
indefinidamente lo que la justicia ya ordenó.
Y aquí es donde la discusión deja
de ser sobre Oliverio Castellanos y pasa a ser sobre algo mucho más grande: la
autoridad de la justicia.
Eso erosiona la confianza
pública.
Porque si un concejal, con una
decisión judicial en la mano, no logra que se materialice un fallo que ordena
su reintegro, ¿qué puede esperar el ciudadano común cuando gana una tutela para
proteger sus derechos?
Las instituciones no pueden
escoger qué fallos obedecer y cuáles dilatar. Esa práctica, que parece pequeña
en el escenario local, es la misma grieta por donde comienza a deteriorarse el
Estado de Derecho.
El Concejo de Cúcuta tiene hoy
una oportunidad clara: demostrar que la institucionalidad está por encima de
las diferencias políticas. Cumplir una decisión judicial no es un favor, ni un
gesto de generosidad. Es una obligación constitucional.
De lo contrario, el mensaje que
quedará en la ciudad será simple y devastador: en Cúcuta la justicia puede
fallar… pero el poder decide si se cumple.
El problema ya no es Oliverio
Castellanos; el problema es si en Cúcuta las decisiones de los jueces se
cumplen… o se negocian. ¿ O ME EQUIVOCO ?
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