Era, podría decirse de una manera romántica, el tiempo de enviar y recibir cartas. Noticias, saludos y cadenas de mensajes que, dependiendo del momento en la línea del tiempo, podían tardar días, semanas e incluso meses en llegar. Había algo especial en la espera, en la emoción de abrir un sobre y descubrir palabras escritas con paciencia.
Pero
todo eso desapareció. Hoy el correo va y viene con un clic. La información
viaja a una velocidad impensable y el mundo dejó de ser aquel sueño pausado de
otros tiempos; para muchos, probablemente, terminó convirtiéndose en una
pesadilla acelerada.
Las
nuevas generaciones parecen sufrir el síndrome del inmediatismo, y quizás sus
propios padres tengamos parte de responsabilidad en ese fenómeno. Y cuando digo
“parte de responsabilidad”, es porque durante años fuimos construyendo una
sociedad donde esperar comenzó a verse como un fracaso y no como una virtud.
Vivimos
en la era de la inmediatez. Todo ocurre en segundos: los mensajes llegan al
instante, las compras aparecen en la puerta de la casa en cuestión de horas,
las redes sociales premian la reacción rápida y el entretenimiento nunca se
detiene. En medio de esa velocidad vertiginosa, pareciera que una parte
importante de nuestra juventud está creciendo sin aprender el valor de la
espera.
Esperar
hoy se ha convertido casi en una ofensa. Un video que tarda en cargar produce
ansiedad. Una respuesta que no llega en minutos genera frustración. Un proceso
largo parece inútil. Muchos jóvenes han sido educados por un mundo digital que
les promete gratificación inmediata y resultados rápidos, pero la vida real
rara vez funciona así.
Cuando
era niño, escuchaba a mis abuelos y a mis padres planear sus vidas (e incluso
las nuestras) entendiendo que los sueños y las metas tenían su propio tiempo.
En aquella época, terminar el bachillerato ya era un logro enorme, casi una
conquista de vida. Como lo fue para Rafael Escalona, al coronel nunca le
escribieron, pero aun así tuvo paciencia. Tal vez porque las generaciones
de entonces comprendían algo que hoy parece olvidarse: las cosas importantes
rara vez llegan de inmediato.
Las grandes cosas de la existencia necesitan tiempo. Un profesional no se forma en un semestre. Una empresa no se construye de la noche a la mañana. Un amor verdadero no madura en una conversación de chat. Incluso la estabilidad emocional requiere años de aprendizaje, golpes, silencios y paciencia. Sin embargo, la cultura moderna parece decirles todos los días que el éxito debe ser rápido, visible y viral. Como si Roma se hubiese hecho en un día. Vamos tan rápido que algunos ni recuerdan a Roma.
Quizás
por eso vemos cada vez más frustración temprana. Jóvenes agotados antes de los
treinta años. Muchachos que abandonan proyectos al primer obstáculo.
Estudiantes que sienten que fracasan si no alcanzan resultados inmediatos.
Influencers mostrando vidas perfectas y éxitos instantáneos que terminan
convirtiéndose en una trampa emocional para quienes todavía están comenzando su
camino.
Pero
sería injusto culpar únicamente a la juventud. Los adultos también hemos
construido esta sociedad acelerada. Fuimos nosotros quienes reemplazamos muchas
conversaciones familiares por pantallas. Fuimos nosotros quienes comenzamos a
medir el valor personal en “likes”, productividad y exposición permanente. Y
también somos nosotros quienes muchas veces les exigimos resultados inmediatos
mientras les enseñamos, contradictoriamente, que todo debe llegar rápido.
Siempre
me gustó aquella frase que dice: “La paciencia es un árbol de raíces amargas y
frutos dulces”. Con los años, pareciera que dejó de repetirse, como si después
de mis cuarenta hubiera entrado en desuso o simplemente hubiera sido
arrinconada por la cultura de la inmediatez. Para los más optimistas (o quizás
para los más jóvenes), esa frase casi parece no haber existido jamás.
La
paciencia siempre fue una virtud silenciosa. No hace ruido, no se vuelve
tendencia y no genera aplausos inmediatos. Pero sigue siendo indispensable para
construir carácter. Esperar enseña disciplina. Enseña tolerancia a la
frustración. Enseña madurez. Las generaciones anteriores entendían, quizá con
más dureza, que había procesos inevitables: ahorrar durante años, estudiar
lentamente, trabajar desde abajo, aceptar que el tiempo también forma a las
personas.
Tal
vez necesitamos volver a enseñar algo sencillo, pero profundamente humano: no
todo lo importante ocurre rápido. Hay sueños que toman años. Hay heridas que
requieren tiempo. Hay caminos que solo maduran con paciencia. Incluso el café
más intenso necesita algunos minutos para alcanzar su mejor aroma.
Además,
no deberíamos olvidar que el poder más grande del mundo (el amor) también
necesita tiempo. Ningún sentimiento verdadero florece de inmediato. El amor
madura en la paciencia, en las esperas, en las dificultades compartidas y en la
capacidad de permanecer, incluso cuando todo alrededor empuja a la prisa y a lo
desechable.
Quizás
la verdadera rebeldía de esta época no sea correr más rápido, sino aprender
nuevamente a esperar.
Tal
vez deberíamos detener el mundo y obligarlo a girar un poco más lento. Haría
falta un “kamikaze divino” que desapareciera, aunque fuera por un instante,
toda esta obsesión por lo inmediato. Que la vida vuelva a sentirse como vida y
no como una carrera interminable contra el reloj. Que los sueños recuperen el
valor de construirse con los años, con esfuerzo, con tropiezos y paciencia.
Porque quizás el verdadero problema de esta época no es que todo vaya demasiado
rápido, sino que estamos olvidando cómo vivir mientras esperamos. ¿O ME EQUIVOCO?

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