sábado, 23 de mayo de 2026

La generación que perdió el arte de esperar

 

Era, podría decirse de una manera romántica, el tiempo de enviar y recibir cartas. Noticias, saludos y cadenas de mensajes que, dependiendo del momento en la línea del tiempo, podían tardar días, semanas e incluso meses en llegar. Había algo especial en la espera, en la emoción de abrir un sobre y descubrir palabras escritas con paciencia.

Pero todo eso desapareció. Hoy el correo va y viene con un clic. La información viaja a una velocidad impensable y el mundo dejó de ser aquel sueño pausado de otros tiempos; para muchos, probablemente, terminó convirtiéndose en una pesadilla acelerada.

Las nuevas generaciones parecen sufrir el síndrome del inmediatismo, y quizás sus propios padres tengamos parte de responsabilidad en ese fenómeno. Y cuando digo “parte de responsabilidad”, es porque durante años fuimos construyendo una sociedad donde esperar comenzó a verse como un fracaso y no como una virtud.

Vivimos en la era de la inmediatez. Todo ocurre en segundos: los mensajes llegan al instante, las compras aparecen en la puerta de la casa en cuestión de horas, las redes sociales premian la reacción rápida y el entretenimiento nunca se detiene. En medio de esa velocidad vertiginosa, pareciera que una parte importante de nuestra juventud está creciendo sin aprender el valor de la espera.

Esperar hoy se ha convertido casi en una ofensa. Un video que tarda en cargar produce ansiedad. Una respuesta que no llega en minutos genera frustración. Un proceso largo parece inútil. Muchos jóvenes han sido educados por un mundo digital que les promete gratificación inmediata y resultados rápidos, pero la vida real rara vez funciona así.

Cuando era niño, escuchaba a mis abuelos y a mis padres planear sus vidas (e incluso las nuestras) entendiendo que los sueños y las metas tenían su propio tiempo. En aquella época, terminar el bachillerato ya era un logro enorme, casi una conquista de vida. Como lo fue para Rafael Escalona, al coronel nunca le escribieron, pero aun así tuvo paciencia. Tal vez porque las generaciones de entonces comprendían algo que hoy parece olvidarse: las cosas importantes rara vez llegan de inmediato.

Las grandes cosas de la existencia necesitan tiempo. Un profesional no se forma en un semestre. Una empresa no se construye de la noche a la mañana. Un amor verdadero no madura en una conversación de chat. Incluso la estabilidad emocional requiere años de aprendizaje, golpes, silencios y paciencia. Sin embargo, la cultura moderna parece decirles todos los días que el éxito debe ser rápido, visible y viral. Como si Roma se hubiese hecho en un día. Vamos tan rápido que algunos ni recuerdan a Roma.

Quizás por eso vemos cada vez más frustración temprana. Jóvenes agotados antes de los treinta años. Muchachos que abandonan proyectos al primer obstáculo. Estudiantes que sienten que fracasan si no alcanzan resultados inmediatos. Influencers mostrando vidas perfectas y éxitos instantáneos que terminan convirtiéndose en una trampa emocional para quienes todavía están comenzando su camino.

Pero sería injusto culpar únicamente a la juventud. Los adultos también hemos construido esta sociedad acelerada. Fuimos nosotros quienes reemplazamos muchas conversaciones familiares por pantallas. Fuimos nosotros quienes comenzamos a medir el valor personal en “likes”, productividad y exposición permanente. Y también somos nosotros quienes muchas veces les exigimos resultados inmediatos mientras les enseñamos, contradictoriamente, que todo debe llegar rápido.

Siempre me gustó aquella frase que dice: “La paciencia es un árbol de raíces amargas y frutos dulces”. Con los años, pareciera que dejó de repetirse, como si después de mis cuarenta hubiera entrado en desuso o simplemente hubiera sido arrinconada por la cultura de la inmediatez. Para los más optimistas (o quizás para los más jóvenes), esa frase casi parece no haber existido jamás.

La paciencia siempre fue una virtud silenciosa. No hace ruido, no se vuelve tendencia y no genera aplausos inmediatos. Pero sigue siendo indispensable para construir carácter. Esperar enseña disciplina. Enseña tolerancia a la frustración. Enseña madurez. Las generaciones anteriores entendían, quizá con más dureza, que había procesos inevitables: ahorrar durante años, estudiar lentamente, trabajar desde abajo, aceptar que el tiempo también forma a las personas.

Hoy muchos jóvenes viven atrapados entre la presión de triunfar rápido y el miedo permanente de quedarse atrás. Las redes sociales les muestran, segundo a segundo, a otros supuestamente “más exitosos”, “más felices” o “más avanzados”. Y en esa comparación constante, esperar comienza a sentirse como perder.

Tal vez necesitamos volver a enseñar algo sencillo, pero profundamente humano: no todo lo importante ocurre rápido. Hay sueños que toman años. Hay heridas que requieren tiempo. Hay caminos que solo maduran con paciencia. Incluso el café más intenso necesita algunos minutos para alcanzar su mejor aroma.

Además, no deberíamos olvidar que el poder más grande del mundo (el amor) también necesita tiempo. Ningún sentimiento verdadero florece de inmediato. El amor madura en la paciencia, en las esperas, en las dificultades compartidas y en la capacidad de permanecer, incluso cuando todo alrededor empuja a la prisa y a lo desechable.

Quizás la verdadera rebeldía de esta época no sea correr más rápido, sino aprender nuevamente a esperar.

Tal vez deberíamos detener el mundo y obligarlo a girar un poco más lento. Haría falta un “kamikaze divino” que desapareciera, aunque fuera por un instante, toda esta obsesión por lo inmediato. Que la vida vuelva a sentirse como vida y no como una carrera interminable contra el reloj. Que los sueños recuperen el valor de construirse con los años, con esfuerzo, con tropiezos y paciencia. Porque quizás el verdadero problema de esta época no es que todo vaya demasiado rápido, sino que estamos olvidando cómo vivir mientras esperamos. ¿O ME EQUIVOCO?

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario

DEJE SU COMENTARIO SOBRE LA COLUMNA ACA.

Entre la tragedia nacional y un debate inútil

  Durante los últimos días, después de la primera vuelta de las elecciones presidenciales, Colombia ha sido testigo de una discusión que, fr...