El economista y catedrático Mario Zambrano, reconocido en Norte de Santander por su permanente lectura social del territorio, compartió recientemente un informe que obliga a detenernos y reflexionar con seriedad sobre una de las problemáticas más dolorosas y menos comprendidas del país: la explotación sexual comercial de niñas, niños y adolescentes en Colombia.
Hay mapas que muestran
carreteras. Otros revelan pobreza, violencia o abandono estatal. Y hay algunos (los
más incómodos) que terminan exhibiendo aquello que como sociedad preferimos no
mirar de frente.
El reciente informe sobre
explotación sexual comercial de niñas, niños y adolescentes (ESCNNA) en
Colombia entre 2015 y 2025, elaborado con base en registros del DANE y la fiscalía
general de la Nación, no debería leerse únicamente como una estadística
criminal. Es, sobre todo, una radiografía territorial de las fracturas sociales
del país.
El documento deja varias
conclusiones inquietantes. La primera: la explotación sexual infantil
registrada en Colombia tiene un comportamiento predominantemente metropolitano.
No ocurre en el vacío ni únicamente en rincones apartados; se concentra allí donde
convergen migración, economías informales, corredores comerciales, turismo
descontrolado, crimen organizado y profundas desigualdades urbanas.
La segunda conclusión golpea
directamente a Norte de Santander. El departamento aparece como un territorio
atípico dentro de la frontera colombo-venezolana. Y no es una casualidad.
Durante la última década, la
región ha soportado una combinación explosiva: crisis migratoria, economías
ilegales, debilitamiento institucional, pobreza creciente y presencia de redes
criminales transnacionales. En medio de ese escenario, la niñez vulnerable
termina convirtiéndose en el eslabón más frágil.
Pero quizá el hallazgo más
delicado del informe es otro: la sobrerrepresentación de la trata de personas
en la frontera colombo-venezolana. Allí confluyen movilidad humana desesperada,
informalidad y estructuras criminales capaces de aprovecharse de menores de
edad bajo distintas modalidades de explotación.
Y aun así, el informe insiste en
algo fundamental: esto no debe utilizarse para promover alarmismo.
Sería un error convertir las
cifras en combustible para el morbo político o mediático. Porque detrás de cada
número existe una historia rota, una familia vulnerada y un Estado que muchas
veces llega tarde.
También sería un error
interpretar los territorios con bajas cifras como lugares libres del problema.
El estudio habla de “territorios silenciosos”, zonas donde la ausencia de
registros podría reflejar subregistro estructural, miedo a denunciar o incapacidad
institucional para detectar los casos.
Durante años el país ha
reaccionado a fenómenos como este desde la indignación momentánea, pero no
desde la construcción de políticas públicas sostenidas. La explotación sexual
comercial de menores no se combate únicamente con operativos policiales o capturas.
Requiere prevención, protección social, educación, fortalecimiento familiar,
salud mental, vigilancia digital y capacidad real de respuesta institucional.
La publicación tiene otro mérito
importante: territorializa el problema. Nos recuerda que Colombia no vive una
sola realidad, sino múltiples realidades superpuestas. No es lo mismo enfrentar
este fenómeno en Bogotá, Medellín o Cartagena que hacerlo en una frontera
dinámica y compleja como la de Cúcuta.
Las cifras, por sí solas, ya
estremecen. Pero adquieren una dimensión aún más dolorosa cuando se entienden
en contexto. El informe advierte que entre 2015 y 2025 miles de niñas, niños y
adolescentes han sido registrados como víctimas de explotación sexual comercial
en Colombia, un fenómeno que golpea especialmente a las grandes áreas urbanas y
a los territorios de frontera. En Norte de Santander, la situación adquiere una
gravedad particular: no solo por la alta concentración de casos en Cúcuta, sino
porque la dinámica migratoria y la presencia de redes criminales convierten a
muchos menores en presa fácil de la trata de personas y de distintas formas de
explotación. Y quizás lo más inquietante es que los investigadores advierten
sobre la existencia de “territorios silenciosos”, lugares donde las bajas
cifras no necesariamente significan ausencia del problema, sino incapacidad
institucional, miedo o subregistro. En un país donde tantas violencias terminan
normalizándose, esta realidad representa una de las heridas más profundas y
menos visibles de nuestra sociedad.
Porque cuando un país empieza a
normalizar ciertas violencias contra su infancia, el problema deja de ser
únicamente judicial y se convierte en una profunda derrota moral colectiva.
El informe completo puede consultarse en Zambrano SAS
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