domingo, 31 de mayo de 2026

UNA BATALLA DE EMOCIONES MÁS QUE DE PROPUESTAS

 

Hoy Colombia llega a las urnas en medio de una de las campañas presidenciales más tensas, polarizadas y emocionales de las últimas décadas. No se trata únicamente de elegir al sucesor de Gustavo Petro; se trata de decidir qué camino quiere tomar un país que parece debatirse entre la frustración, el cansancio y la esperanza.

La campaña presidencial de 2026 pasará a la historia no por la profundidad de sus debates ni por la calidad de las soluciones presentadas a los colombianos. Será recordada como una contienda donde el miedo, la rabia, la esperanza y el rechazo pesaron más que los programas de gobierno. Nunca como ahora había sido tan evidente que millones de ciudadanos llegaron a las urnas motivados más por las emociones que por las propuestas.

Durante meses, los candidatos se esforzaron por despertar sentimientos. Unos apelaron al temor de que el país continuara por el camino equivocado; otros advirtieron sobre el regreso de modelos políticos que consideran responsables de los problemas actuales. Entre discursos de salvación, advertencias apocalípticas y promesas de cambio, los colombianos terminaron atrapados en una batalla emocional que relegó a un segundo plano las discusiones sobre empleo, salud, educación, seguridad y desarrollo económico.

Las encuestas muestran una disputa concentrada principalmente entre Iván Cepeda, Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia, tres candidatos que representan visiones radicalmente distintas de Colombia.

Iván Cepeda llega como el heredero político más visible del proyecto del Pacto Histórico. Su discurso gira alrededor de la justicia social, la profundización de las reformas y la defensa de los sectores históricamente excluidos. Sin embargo, muchos colombianos se preguntan si realmente representa un cambio o una continuidad de un gobierno que deja avances en algunos indicadores sociales, pero también fuertes cuestionamientos por la crisis del sistema de salud, los problemas de seguridad, el déficit fiscal y diversos escándalos políticos que golpearon la imagen del Ejecutivo.

Por otro lado aparece Abelardo de la Espriella, quien ha construido su crecimiento electoral a través de un discurso de mano dura, confrontación directa y rechazo a la clase política tradicional. Su ascenso refleja el inconformismo de millones de ciudadanos frente a la inseguridad y el deterioro institucional. Sin embargo, detrás de esa narrativa de autoridad también surge una inquietud legítima: ¿puede un país tan complejo como Colombia gobernarse únicamente desde la confrontación y el discurso antisistema? Su rápido crecimiento en las encuestas demuestra que una parte importante del electorado busca respuestas contundentes, aunque todavía existen dudas sobre la viabilidad real de muchas de sus propuestas.

Mientras tanto, Paloma Valencia intenta representar el regreso de la derecha tradicional y del uribismo a la Casa de Nariño. Su campaña se ha enfocado en la seguridad, la autoridad del Estado y la defensa de la economía de mercado. Sin embargo, enfrenta un desafío complejo: convencer a los votantes de que representa una renovación y no simplemente el retorno de una clase política que también carga con responsabilidades en muchos de los problemas que hoy afectan al país.

Lo preocupante es que la campaña presidencial terminó convirtiéndose, en muchos momentos, en una batalla de emociones más que de propuestas. Los ataques personales, las redes sociales, las noticias falsas y los discursos cargados de miedo ocuparon más espacio que los debates serios sobre empleo, educación, salud, infraestructura, productividad o desarrollo regional.

Quizás el mayor fracaso de esta elección sea precisamente ese: los colombianos conocen mejor los defectos de los candidatos que las soluciones concretas que ofrecen para gobernar.

La polarización se convirtió en el eje central de la campaña. Un sector vota para impedir que gane la izquierda. Otro vota para impedir el regreso de la derecha. Y en medio de ambos extremos millones de ciudadanos siguen buscando respuestas que pocas veces encontraron durante los meses de proselitismo político.

Hoy Colombia decide en las urnas. Pero independientemente de quién gane, el próximo presidente heredará un país cansado de las promesas, desconfiado de la política y cada vez más exigente frente a sus gobernantes.

Las elecciones terminan esta noche.

Los problemas de Colombia, en cambio, seguirán esperando soluciones desde mañana. ¿ O ME EQUIVOCO?

 


1 comentario:

  1. De acuerdo, este artículo explica de manera precisa el momento que vive Colombiá

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