“Hoy, la deuda pública de Cúcuta equivale aproximadamente a $509.000 por cada habitante de cualquier estrato. Con el nuevo crédito de $30.000 millones, esa cifra subiría a cerca de $547.000 por cucuteño.”
Una
ciudad con calles deterioradas necesita inversión y, cuando los recursos
propios no alcanzan, el crédito puede convertirse en una herramienta legítima
para financiar infraestructura.
Pero
una política pública seria no puede reducir el desarrollo urbano a pavimentar
calles.
Hay
necesidades que pueden tener incluso mayor impacto sobre la competitividad y la
calidad de vida de los ciudadanos que el pavimento. Cúcuta sigue teniendo
sectores vulnerables a inundaciones y problemas de escorrentía. Necesita
resolver definitivamente su movilidad y avanzar hacia un sistema de transporte
moderno e integrado. Necesita mejorar sus ambientes escolares, ampliar la
conectividad y fortalecer la formación para el empleo. Tiene una red
hospitalaria que requiere fortalecimiento y necesita mayores inversiones en
prevención, salud mental, salud ambiental y atención primaria. Necesita
parques, zonas verdes, escenarios deportivos y recuperación urbana.
Cúcuta
necesita recuperar el río Pamplonita, fortalecer la arborización, mejorar la
calidad del aire, proteger sus fuentes hídricas y prepararse para los efectos
del cambio climático. Necesita, además, infraestructura que permita atraer
empresas, fortalecer los emprendimientos y aprovechar realmente su condición de
ciudad fronteriza.
¿Por
qué, cuando Cúcuta tiene tantas necesidades estructurales, buena parte de la
discusión sobre nuevos créditos termina concentrándose nuevamente en
pavimentación?
Cúcuta
vuelve a entrar en el peligroso terreno del endeudamiento público. La
Administración Municipal fué autorizada por el concejo a hacer un nuevo crédito
por $30.000 millones, destinado fundamentalmente a continuar con la
recuperación de la malla vial.
A
primera vista, parece una decisión razonable. Pero el problema no es pedir
prestado.
El
problema es pedir prestado sin que los ciudadanos tengan absolutamente claro
cuánto se debe, cuánto terminarán pagando, qué obras se han ejecutado con los
créditos anteriores y cuál será el verdadero costo financiero de seguir
comprometiendo los ingresos futuros de Cúcuta.
La
Administración y algunos concejales defensores del proyecto argumentan que
Cúcuta todavía tiene capacidad legal de endeudamiento. De acuerdo con las
cifras presentadas en el Concejo, el indicador de solvencia se encuentra en 5
%, frente a un límite de alerta del 60 %, mientras el de sostenibilidad está en
51 %, frente a un límite del 100 %. Con el nuevo empréstito, estos indicadores
subirían al 8 % y al 66 %, respectivamente. Perfecto.
¿Pero
qué significan realmente esos porcentajes?
Para
muchos ciudadanos, hablar de una solvencia del 5 %, una sostenibilidad del 51 %
y que con un nuevo crédito pasarían al 8 % y al 66 % puede sonar
tranquilizador. Pero traduzcamos esas cifras al lenguaje de la calle.
El
indicador de solvencia busca establecer, en términos sencillos, qué tan pesada
resulta para el municipio la obligación de pagar los intereses de su deuda
frente a sus ingresos. Por eso, cuando la Administración dice que Cúcuta está
en el 5 % y que, con el nuevo crédito, subiría al 8 %, está diciendo que
todavía se encuentra muy por debajo del límite legal utilizado para este
indicador.
La
sostenibilidad mira otra cosa: si el municipio tiene capacidad para soportar el
conjunto de sus obligaciones de deuda frente a los ingresos que respaldan ese
cálculo. Hoy estaría en el 51 % y, con los $30.000 millones adicionales,
subiría al 66 %, todavía por debajo del límite legal del 100 %.
Hasta
ahí, todo parece tranquilizador.
Pero
hay que tener cuidado.
Que la
ley permita endeudarse hasta determinado nivel no significa que sea conveniente
llegar hasta allí.
Para
entenderlo mejor, pensemos en una familia que gana $5 millones mensuales y
tiene una deuda importante. El banco puede decirle que, de acuerdo con sus
ingresos, todavía puede solicitar otro préstamo. ¿Eso significa que la familia
debería hacerlo? No necesariamente. Dependerá de para qué necesita el dinero,
cuánto pagará en intereses, cuánto tiempo estará pagando y qué sacrificios
tendrá que hacer en el futuro para cumplir con esa obligación. Con un municipio
ocurre exactamente lo mismo.
Tener
capacidad legal de endeudamiento no es lo mismo que tener una buena política de
endeudamiento. Y esa es precisamente la discusión que Cúcuta debería estar
teniendo. La pregunta no puede limitarse a si podemos pedir otros $30.000
millones. La pregunta verdaderamente importante es: ¿Nos conviene hacerlo, ¿qué
vamos a sacrificar para pagarlos y qué recibirá Cúcuta a cambio de esa deuda? Pero
cumplir la ley no significa necesariamente que una decisión sea financieramente
conveniente. Esta diferencia debería ser elemental.
Los
indicadores de la Ley 358 de 1997 sirven para determinar si una entidad
territorial tiene capacidad para asumir deuda dentro de determinados parámetros
fiscales. Pero esos indicadores no responden por sí solos las preguntas más
importantes para los ciudadanos:
¿Cuánto
terminarán pagando los cucuteños por esos $30.000 millones cuando se sumen
capital, intereses, comisiones y demás costos financieros?
Ese
es el dato que debería estar en primera página. Porque cuando un alcalde
solicita un crédito, el dinero entra rápidamente al presupuesto y las obras
pueden inaugurarse durante su administración. Pero la obligación permanece
mucho después de que el gobernante abandona el Palacio Municipal.
El
alcalde administra el crédito; las siguientes administraciones y los ciudadanos
pagan la deuda.
Por
eso resulta preocupante que la discusión pública se concentre en establecer si
jurídicamente se puede pedir el préstamo, en lugar de discutir si
económicamente conviene hacerlo. Cúcuta necesita una política seria de
endeudamiento y no una sucesión de créditos aprobados individualmente.
Y
aquí aparece otro asunto que merece una explicación pública mucho más profunda.
Según la
información publicada, sectores de la oposición cuestionan la suficiencia de
los informes sobre la ejecución del crédito anterior y han planteado
interrogantes sobre las inversiones realizadas con esos recursos.
Si
existen dudas sobre la ejecución del empréstito anterior, la prioridad debería
ser aclararlas antes de abrir nuevamente la puerta del endeudamiento.
¿Cuál es
el modelo de ciudad que estamos financiando?
Porque
si cada administración llega al poder, identificando un conjunto de
necesidades, contrata un crédito y deja la obligación para el siguiente
gobierno, Cúcuta puede terminar atrapada en un círculo perverso: deuda para
solucionar problemas, nuevos problemas porque los recursos futuros están
comprometidos y nuevos créditos para intentar resolverlos.
Eso
no es planificación financiera. Es administrar el futuro con recursos del
presente.
La
propia información financiera de la Alcaldía demuestra que el servicio de la
deuda ya constituye una obligación presupuestal que debe atenderse con recursos
públicos. En marzo de este año, por ejemplo, un decreto municipal registró
movimientos presupuestales por más de $25.929 millones asociados al servicio de
la deuda pública interna, incluyendo intereses y capital.
Ese
dato debería obligarnos a mirar la discusión con mucha más seriedad. Porque
cada peso que se destina al servicio de la deuda es un peso que no puede
utilizarse simultáneamente para otra necesidad pública.
Eso
tiene un nombre en economía pública: costo de oportunidad.
Por eso
no comparto la idea de que la discusión pueda cerrarse simplemente diciendo:
“Cúcuta todavía tiene capacidad de endeudamiento”.
No
necesitamos saber solamente cuánto nos puede prestar el banco. Necesitamos
saber cuánto puede soportar la ciudad sin hipotecar sus posibilidades de
desarrollo. Que Cúcuta tenga capacidad legal para seguir endeudándose no
significa que tenga capacidad económica ilimitada para hacerlo. ¿O ME EQUIVOCO?
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