domingo, 23 de agosto de 2026

UNA ECONOMÍA INFORMAL, UNA SEGURIDAD VULNERABLE

 





Que Cúcuta hoy da la sensación de ser una ciudad insegura… sí. Que en Cúcuta se presentan asesinatos, muchos de ellos relacionados con el sicariato… también.

Pero la solución del problema, o por lo menos un porcentaje significativo de ella, no está únicamente en la inteligencia militar, las cámaras, los drones ni en la tecnología aplicada a la seguridad.

No.

Hay una cifra que debería preocuparnos mucho más de lo que nos preocupa: en Cúcuta y su área metropolitana, cerca de seis de cada diez trabajadores están en la informalidad. En el trimestre marzo-mayo de 2026, la tasa llegó al 61,7 %, mientras el desempleo alcanzó el 11,1 % y el desempleo juvenil se aproximó al 20 %.

Y es que los cucuteños, pero sobre todo su dirigencia, parecen haberse acostumbrado a la informalidad. Llevamos décadas conviviendo con ella y hemos terminado convirtiendo nuestra privilegiada condición fronteriza, que debería ser una enorme ventaja competitiva, en una debilidad económica y social.

Puedo dar constancia de que llevamos por lo menos cinco décadas perdiendo oportunidades. Y lo más preocupante es que la situación parece empeorar porque buena parte de nuestra dirigencia ha perdido la ambición de construir una verdadera economía productiva. Nos hemos acostumbrado a administrar presupuestos, a ejecutar recursos, a solicitar créditos y a proyectar ingresos futuros, pero pocas veces nos preguntamos qué estamos haciendo para que la ciudad produzca más y genere mayores ingresos propios a partir de una economía sólida y formal.

Y aquí está, posiblemente, una de las variables más importantes de nuestra inseguridad, aunque muchos no quieran reconocerlo.

Cúcuta no puede seguir tratando la economía informal como un fenómeno aislado de la crisis de seguridad.

Cuando una ciudad mantiene durante años a una parte considerable de su población en actividades económicas precarias, sin estabilidad, sin protección social y con escasas posibilidades de progreso, termina creando un escenario de vulnerabilidad que puede ser aprovechado por las estructuras criminales.

La informalidad no convierte a un trabajador en delincuente. Sería injusto y equivocado afirmarlo. El vendedor ambulante, el pequeño comerciante, el trabajador independiente o quien diariamente sale a rebuscarse el sustento de su familia está trabajando y merece respeto.

El problema es otro: una economía que no ofrece suficientes oportunidades formales termina dejando a miles de ciudadanos, especialmente jóvenes, expuestos a otras alternativas de ingreso.

Y allí puede aparecer el crimen organizado ofreciendo lo que la economía legal no está ofreciendo: dinero rápido, préstamos ilegales, distribución de drogas, cobros, vigilancia territorial o participación en redes delictivas.

El problema, entonces, no es el trabajador informal.

El problema es una ciudad que ha permitido que la supervivencia económica se convierta en el único horizonte para miles de ciudadanos.

Por eso, la lucha contra la inseguridad no puede reducirse a más policías, más patrullajes, más cámaras o más capturas. Todo eso es necesario, pero resulta insuficiente si no atacamos algunas de las condiciones que permiten que las economías ilegales encuentren terreno fértil.

La seguridad también se construye con empresas, inversión, educación pertinente, empleo formal y oportunidades para los jóvenes.

Si Cúcuta no logra transformar progresivamente su economía informal en una economía productiva, el crimen seguirá encontrando espacios para reclutar, financiarse y expandirse.

La informalidad no es delincuencia.

Pero una ciudad sin oportunidades puede terminar convirtiéndose en el mejor trampolín para ella.

Y aquí aparece otra pregunta incómoda: ¿qué estamos haciendo con los recursos públicos para cambiar esta realidad?

Porque con el mismo dinero que hoy destinamos a proyectos que quizá no son las prioridades de una ciudad llena de necesidades, y con la suficiente voluntad política, podríamos comenzar a construir las bases de una política pública de productividad para Cúcuta.

Una política que no se limite a capacitar emprendedores, sino que identifique qué puede producir la ciudad, cuáles son nuestros sectores estratégicos, dónde están nuestras ventajas competitivas y qué necesitamos para convertirlas en empresas, empleo formal, exportaciones y mayores ingresos.

Tenemos una posición fronteriza privilegiada. Tenemos una población joven. Tenemos vocación comercial. Tenemos producción agrícola.

Tenemos posibilidades en agroindustria, logística, tecnología, energía, manufactura y servicios especializados.

Tenemos, además, un mercado venezolano que puede convertirse nuevamente en una enorme oportunidad.

Lo que no tenemos es el derecho a seguir desperdiciando esas ventajas.

No podemos seguir midiendo nuestro desarrollo por la cantidad de personas que salen diariamente a trabajar, sino por la capacidad de nuestra economía para generar valor, productividad e ingresos.

Una ciudad con una población de nuestra magnitud, una ubicación fronteriza estratégica y una fuerza laboral dispuesta a trabajar no puede conformarse con una economía de baja productividad y alta informalidad.

El desafío no es simplemente conseguir que la gente tenga trabajo.

El desafío es conseguir que Cúcuta produzca mucho más por cada trabajador.

Porque mientras nuestra economía genere poco valor, seguiremos teniendo bajos ingresos, alta informalidad y mayor vulnerabilidad frente a las economías ilegales.

Y aquí está el verdadero reto de Cúcuta:

No necesitamos solamente una ciudad que trabaje. Necesitamos una ciudad que produzca.

Porque una ciudad productiva genera empresas.

Las empresas generan empleo.

El empleo formal genera oportunidades.

Y las oportunidades les quitan espacio a quienes pretenden convertir la necesidad en una puerta de entrada al delito.

Cúcuta no podrá construir una seguridad sostenible si no construye primero una economía capaz de ofrecerle a su gente algo más que el rebusque.

La seguridad de nuestra ciudad también se juega en una empresa que nace, en un joven que consigue su primer empleo formal, en una fábrica que decide quedarse, en un productor que logra exportar y en cada oportunidad económica que conseguimos arrebatarle a la informalidad.

Cúcuta no necesita resignarse a sobrevivir.
Cúcuta necesita producir.

Y esa debería ser, quizá, una de las grandes prioridades de nuestra dirigencia durante las próximas décadas. ¿ O ME EQUIVOCO ?

 


2 comentarios:

  1. Excelente columna, los cucuteños merecemos más seguridad, más empleos, más empresas, más apoyo de los gobernantes para transformar a cucuta en una ciudad próspera y de oportunidades

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  2. Los gobernantes si apoyan... a los delincuentes que aportan a sus campañas. Les dicen doctores pero son el ejemplo malo del pueblo.

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