domingo, 25 de octubre de 2026

CÚCUTA: ¿UNA CIUDAD QUE SE ESTÁ ACOSTUMBRANDO A VIVIR EN LA CALLE?

 




Prometer la rehabilitación de 1.000 personas en situación de calle era un compromiso social ambicioso. Hoy, la ciudadanía merece conocer los resultados.

La informalidad que se ha tomado a Cúcuta, otrora la Perla del Norte, parece haber llegado también a sus calles, pero no me refiero solamente a la informalidad económica. Hablo de una ciudad que, cada vez con mayor frecuencia, nos enfrenta a una realidad incómoda: seres humanos que han hecho del espacio público su lugar de habitación, subsistencia o refugio. Por eso, cuando digo que Cúcuta parece una ciudad que vive en la calle, algunos se preguntarán: ¿qué está diciendo?

Observen lo que ocurre a nuestro alrededor. En distintos puntos de la ciudad encontramos personas de diferentes edades y condiciones que permanecen en las calles, unas de manera habitual y otras transitoria. Algunas sobreviven pidiendo ayuda, otras recurren a actividades informales y también están quienes enfrentan problemas de consumo de sustancias psicoactivas. No todas viven la misma realidad ni tienen las mismas necesidades, pero todas forman parte de una problemática social que exige atención institucional, soluciones sostenibles y, sobre todo, voluntad de actuar.

Hagamos dos observaciones puntuales.

Punto de observación número uno. 7:45 p. m., esquina de la calle 18 con avenida Primera. Durante apenas 15 minutos, en inmediaciones de una prestigiosa clínica de la ciudad, observé a cinco personas en situación de calle deambulando por el sector. Dos de ellas mostraban una actitud agresiva al acercarse a los vehículos para pedir ayuda.

Punto de observación número dos. Esquina de la calle 16 con avenida Cero. Allí, otras cuatro personas en situación de calle abordaban a quienes ingresaban a un reconocido restaurante de comidas rápidas para pedir dinero o alimentos. ¿Plata o comida? ¿Comida o plata? El orden no importa; lo preocupante es la realidad que se repite ante nuestros ojos.

Son apenas dos esquinas y 15 minutos de observación en uno de los puntos. No pretendo convertir este ejercicio en una estadística de ciudad, porque no lo es. Sin embargo, sí deja una pregunta que merece atención: ¿qué está pasando en Cúcuta y qué tan extendida está esta problemática en otros sectores? Ojalá la dimensión real sea menor de lo que muchos ciudadanos perciben, pero para saberlo necesitamos cifras actualizadas y una caracterización seria de esta población.

La situación de calle es una tarea pendiente de Cúcuta. Las distintas administraciones no han conseguido resolverla de manera estructural, y la actual tiene una responsabilidad particular: durante la campaña electoral de 2023, el hoy alcalde Jorge Acevedo convirtió la rehabilitación de esta población en uno de sus compromisos sociales.

Es posible pavimentar una calle, reparar un tramo deteriorado o recuperar una vía con obras que pueden verificarse a simple vista. Pero recuperar vidas exige mucho más: atención psicosocial, tratamiento cuando sea necesario, acompañamiento familiar, oportunidades laborales, seguimiento y recursos bien administrados. Tal vez allí radique una de las mayores dificultades de esta problemática: los resultados no se miden únicamente en metros de pavimento ni en personas que ingresan a un programa, sino en seres humanos que consiguen reconstruir sus proyectos de vida.

Durante la campaña de 2023, Acevedo prometió rehabilitar a 1.000 personas en situación de calle en Cúcuta. Posteriormente, como alcalde electo, anunció la meta de sacar a 500 personas de las calles durante el primer semestre de 2024.

Estamos en octubre de 2026. Han transcurrido más de dos años desde aquel primer plazo y la ciudadanía tiene derecho a preguntar por los resultados. Espero que la Administración haya avanzado significativamente en el cumplimiento de sus compromisos, pero las escenas que muchos cucuteños dicen observar a diario obligan a examinar con rigor el alcance real de la estrategia. La percepción ciudadana merece ser escuchada, aunque no sustituye una evaluación técnica ni demuestra, por sí sola, que un programa haya fracasado.

El 9 de octubre de 2026, Caracol Radio publicó un reportaje titulado «Inseguridad, desorden y habitantes de calle, paisaje en el centro de Cúcuta», en el que recogió preocupaciones de comerciantes y residentes por la presencia de personas en situación de calle, el consumo de drogas en espacios públicos, los problemas de aseo y la percepción de inseguridad. El reportaje volvió a poner sobre la mesa los interrogantes acerca de la respuesta institucional.

Y aquí es donde la discusión debe dejar de ser una confrontación de percepciones para convertirse en un ejercicio de rendición de cuentas. No basta con anunciar programas, presentar cifras de personas atendidas o informar sobre recursos contratados. Es necesario establecer cuántas personas ingresaron efectivamente a los procesos, cuántas culminaron su rehabilitación, cuántas lograron reintegrarse a sus familias y a la sociedad, cuántas accedieron a oportunidades laborales y qué seguimiento recibieron para evitar que sus avances se perdieran.

También es necesario conocer cuánto dinero se ha destinado a esta estrategia, cómo se han ejecutado los recursos y qué resultados concretos se han obtenido. Son preguntas legítimas sobre una política pública que involucra recursos de todos los cucuteños y, ante todo, la dignidad de personas que necesitan algo más que una intervención ocasional.

Porque hay una diferencia enorme entre retirar temporalmente a una persona de un lugar y ofrecerle una alternativa real para reconstruir su vida. Si no existe continuidad en la atención, acompañamiento posterior y oportunidades de reintegración, el problema puede reaparecer en el mismo sector o trasladarse a otro.

Desde El Primer Café Colombia preguntamos: si rehabilitar a 1.000 personas fue una de las grandes promesas sociales de la campaña, ¿cuántas han logrado realmente reconstruir sus vidas, cuánto ha invertido la Alcaldía y qué resultados verificables puede presentar hoy ante los cucuteños?

La ciudad no necesita solamente anuncios ni explicaciones. Necesita conocer los resultados, identificar lo que no ha funcionado y corregirlo. Las personas en situación de calle no pueden convertirse en parte del paisaje urbano, ni su presencia puede reducirse a un problema de imagen, seguridad o aseo. Son seres humanos que requieren atención integral, mientras los ciudadanos también tienen derecho a disfrutar de un espacio público ordenado y seguro.

La pregunta final es inevitable: ¿estamos recuperando vidas o simplemente nos estamos acostumbrando a verlas perderse en las calles de Cúcuta? ¿ O ME EQUIVOCO ?

 


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