Ser una persona brillante,
inteligente, ambiciosa y tener metas claras desde muy joven debería ser una
ventaja, una condición para abrirse camino en la vida y una razón para sentirse
orgulloso. Sin embargo, en una sociedad donde no siempre se celebra el talento
ajeno, estas cualidades pueden terminar convirtiéndose, paradójicamente, en
motivo de señalamientos, hostigamientos y hasta de una dolorosa tragedia.
El ser humano parece tener una
extraña dificultad para celebrar los éxitos de los demás. Espero equivocarme,
pero a veces pareciera que nos incomoda ver ojos bonitos en cara ajena. Y
cuando alguien es descubierto en ese sentimiento, aparece la famosa frase de
cajón: «Yo siento envidia de la buena». Pues no. La envidia no se vuelve buena
por ponerle un adjetivo amable. Cuando se transforma en resentimiento,
descalificación o deseo de hacerle daño a otro, deja de ser un sentimiento
pasajero para convertirse en una conducta destructiva.
Y para muestra, sobran los
ejemplos.
Colombia conoce historias
dolorosas y mediáticas como la del joven Luis Andrés Colmenares, cuya muerte,
ocurrida durante una celebración de Halloween en Bogotá en 2010, dejó profundas
preguntas y un prolongado proceso judicial. También hemos conocido otros
episodios de violencia contra jóvenes que han generado indignación nacional,
algunos registrados incluso por cámaras de seguridad, sin que necesariamente se
hayan esclarecido todas las motivaciones detrás de los hechos.
Pero no todos los dramas
tienen cámaras, titulares de primera página o investigaciones que ocupen la
atención nacional. Hay tragedias silenciosas, muchas de ellas desconocidas, que
ocurren en colegios, universidades y espacios donde, en teoría, los jóvenes
deberían encontrar oportunidades para crecer, aprender y construir su futuro.
Pensemos en una estudiante
universitaria que sobresale por su inteligencia, su belleza, sus capacidades o
simplemente por su personalidad. En lugar de encontrar admiración y respeto,
puede convertirse en blanco de burlas, comentarios malintencionados, exclusión,
humillaciones y ataques permanentes. Comienza entonces una forma de violencia
que muchas veces se disfraza de bromas, rivalidades o simples diferencias entre
compañeros.
Es el bullying, una práctica
que no siempre deja marcas visibles en el cuerpo, pero que puede producir
profundas heridas emocionales.
Y hay algo todavía más
preocupante: el acoso no necesariamente termina cuando el estudiante sale del
salón de clases. Hoy puede perseguirlo hasta su casa, su teléfono y sus redes
sociales. El ciberacoso convierte la humillación en una agresión permanente,
capaz de destruir la tranquilidad, la autoestima y la confianza de quien la
padece.
No podemos afirmar que todos
los casos de depresión, autolesiones o suicidio tengan su origen en el
bullying. El suicidio es un fenómeno complejo y multifactorial. Pero tampoco
podemos ignorar que el acoso psicológico, la discriminación, la intimidación y
el aislamiento pueden convertirse en factores de riesgo que agraven el
sufrimiento emocional de una persona.
La situación universitaria
merece especial atención. Una investigación de la Universidad Nacional,
divulgada en noviembre de 2025, encuestó a 1.761 jóvenes universitarios entre
los 18 y los 29 años y encontró relaciones preocupantes entre la presión académica,
la violencia interpersonal, la falta de apoyo social y los pensamientos
suicidas.
No estamos hablando, entonces,
de una preocupación inventada ni de una exageración de quienes reclaman mayor
atención a la salud mental de los jóvenes. Estamos frente a una realidad que
exige respuestas.
Y Cúcuta tampoco puede mirar
hacia otro lado.
Según cifras del Observatorio
de Salud Pública y Sivigila divulgadas por la Secretaría de Salud municipal,
durante las primeras 26 semanas de 2026 se notificaron 299 intentos de suicidio
en la ciudad. De estos, 121 correspondieron a jóvenes entre los 18 y los 28
años.
Son cifras que deberían
encender todas las alarmas. Pero hay que hacer una precisión: no conocemos
cuántos de esos casos estuvieron relacionados con el bullying, ni cuántos
correspondieron específicamente a estudiantes universitarios. Esa información
no está desagregada públicamente y precisamente por eso necesitamos que las
autoridades la investiguen y la hagan visible.
En febrero de 2026, la ESE
Imsalud informó que una estrategia de salud mental desarrollada durante 2025 en
ocho instituciones educativas de Cúcuta benefició a 518 estudiantes e
identificó 39 casos que requerían remisión inmediata. Entre las situaciones detectadas
figuraban ideación e intentos de suicidio, autolesiones, ansiedad, dificultades
familiares y casos de bullying.
Son antecedentes importantes,
aunque corresponden a instituciones educativas y no exclusivamente a
universidades. Y esa diferencia también debe servirnos para ampliar la
investigación.
La pregunta es inevitable:
¿qué están haciendo nuestras universidades para prevenir el acoso, identificar
oportunamente a quienes están sufriendo y evitar que una situación de
hostigamiento termine convirtiéndose en una tragedia?
No basta con tener una oficina
de bienestar universitario, organizar una conferencia sobre salud mental o
publicar un protocolo que pocos conocen. Se necesitan mecanismos efectivos y
confidenciales de denuncia, profesionales suficientes para atender a los
estudiantes, rutas de intervención inmediata y, sobre todo, seguimiento a cada
caso.
También necesitamos saber
cuántas denuncias por bullying reciben las instituciones de educación superior
de Cúcuta, cuántas se investigan, cuántas terminan en medidas correctivas y qué
acompañamiento reciben las víctimas. Porque el silencio institucional, cuando
existe una situación de acoso, puede agravar el daño.
La responsabilidad tampoco es
exclusiva de las universidades. Las familias, los docentes, los compañeros y
las autoridades de salud tenemos un papel que cumplir. Debemos aprender a
reconocer las señales de sufrimiento emocional, dejar de minimizar las agresiones
bajo la excusa de que son bromas y entender que pedir ayuda no es una muestra
de debilidad.
Ser inteligente no debería
generar rechazo. Ser exitoso no debería despertar persecución. Ser diferente no
debería convertirse en una condena social. Y ninguna persona tendría que
esconder sus capacidades, apagar sus sueños o renunciar a su personalidad para
conseguir que los demás la acepten.
La educación no puede
limitarse a formar profesionales competentes mientras ignora el deterioro
emocional de quienes ocupan sus aulas. Una universidad no debería medirse
únicamente por sus acreditaciones, sus resultados académicos o el número de
profesionales que entrega a la sociedad, sino también por su capacidad de
proteger la dignidad, la integridad y la vida de sus estudiantes.
Porque de nada sirve graduar
profesionales brillantes si no somos capaces de garantizarles un entorno en el
que puedan vivir, aprender y desarrollar su talento sin miedo.
Y que no se nos olvide: detrás
de cada estudiante que guarda silencio puede haber una historia de sufrimiento
que nadie se ha detenido a escuchar. A veces, llegar a tiempo, escuchar sin
juzgar y actuar oportunamente puede marcar la diferencia entre una vida que
continúa y una tragedia que pudo evitarse. ¿O ME EQUIVOCO?

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