domingo, 1 de noviembre de 2026

¡BRILLAR PUEDE COSTAR LA VIDA!

 




Ser una persona brillante, inteligente, ambiciosa y tener metas claras desde muy joven debería ser una ventaja, una condición para abrirse camino en la vida y una razón para sentirse orgulloso. Sin embargo, en una sociedad donde no siempre se celebra el talento ajeno, estas cualidades pueden terminar convirtiéndose, paradójicamente, en motivo de señalamientos, hostigamientos y hasta de una dolorosa tragedia.

El ser humano parece tener una extraña dificultad para celebrar los éxitos de los demás. Espero equivocarme, pero a veces pareciera que nos incomoda ver ojos bonitos en cara ajena. Y cuando alguien es descubierto en ese sentimiento, aparece la famosa frase de cajón: «Yo siento envidia de la buena». Pues no. La envidia no se vuelve buena por ponerle un adjetivo amable. Cuando se transforma en resentimiento, descalificación o deseo de hacerle daño a otro, deja de ser un sentimiento pasajero para convertirse en una conducta destructiva.

Y para muestra, sobran los ejemplos.

Colombia conoce historias dolorosas y mediáticas como la del joven Luis Andrés Colmenares, cuya muerte, ocurrida durante una celebración de Halloween en Bogotá en 2010, dejó profundas preguntas y un prolongado proceso judicial. También hemos conocido otros episodios de violencia contra jóvenes que han generado indignación nacional, algunos registrados incluso por cámaras de seguridad, sin que necesariamente se hayan esclarecido todas las motivaciones detrás de los hechos.

Pero no todos los dramas tienen cámaras, titulares de primera página o investigaciones que ocupen la atención nacional. Hay tragedias silenciosas, muchas de ellas desconocidas, que ocurren en colegios, universidades y espacios donde, en teoría, los jóvenes deberían encontrar oportunidades para crecer, aprender y construir su futuro.

Pensemos en una estudiante universitaria que sobresale por su inteligencia, su belleza, sus capacidades o simplemente por su personalidad. En lugar de encontrar admiración y respeto, puede convertirse en blanco de burlas, comentarios malintencionados, exclusión, humillaciones y ataques permanentes. Comienza entonces una forma de violencia que muchas veces se disfraza de bromas, rivalidades o simples diferencias entre compañeros.

Es el bullying, una práctica que no siempre deja marcas visibles en el cuerpo, pero que puede producir profundas heridas emocionales.

Y hay algo todavía más preocupante: el acoso no necesariamente termina cuando el estudiante sale del salón de clases. Hoy puede perseguirlo hasta su casa, su teléfono y sus redes sociales. El ciberacoso convierte la humillación en una agresión permanente, capaz de destruir la tranquilidad, la autoestima y la confianza de quien la padece.

No podemos afirmar que todos los casos de depresión, autolesiones o suicidio tengan su origen en el bullying. El suicidio es un fenómeno complejo y multifactorial. Pero tampoco podemos ignorar que el acoso psicológico, la discriminación, la intimidación y el aislamiento pueden convertirse en factores de riesgo que agraven el sufrimiento emocional de una persona.

La situación universitaria merece especial atención. Una investigación de la Universidad Nacional, divulgada en noviembre de 2025, encuestó a 1.761 jóvenes universitarios entre los 18 y los 29 años y encontró relaciones preocupantes entre la presión académica, la violencia interpersonal, la falta de apoyo social y los pensamientos suicidas.

No estamos hablando, entonces, de una preocupación inventada ni de una exageración de quienes reclaman mayor atención a la salud mental de los jóvenes. Estamos frente a una realidad que exige respuestas.

Y Cúcuta tampoco puede mirar hacia otro lado.

Según cifras del Observatorio de Salud Pública y Sivigila divulgadas por la Secretaría de Salud municipal, durante las primeras 26 semanas de 2026 se notificaron 299 intentos de suicidio en la ciudad. De estos, 121 correspondieron a jóvenes entre los 18 y los 28 años.

Son cifras que deberían encender todas las alarmas. Pero hay que hacer una precisión: no conocemos cuántos de esos casos estuvieron relacionados con el bullying, ni cuántos correspondieron específicamente a estudiantes universitarios. Esa información no está desagregada públicamente y precisamente por eso necesitamos que las autoridades la investiguen y la hagan visible.

En febrero de 2026, la ESE Imsalud informó que una estrategia de salud mental desarrollada durante 2025 en ocho instituciones educativas de Cúcuta benefició a 518 estudiantes e identificó 39 casos que requerían remisión inmediata. Entre las situaciones detectadas figuraban ideación e intentos de suicidio, autolesiones, ansiedad, dificultades familiares y casos de bullying.

Son antecedentes importantes, aunque corresponden a instituciones educativas y no exclusivamente a universidades. Y esa diferencia también debe servirnos para ampliar la investigación.

La pregunta es inevitable: ¿qué están haciendo nuestras universidades para prevenir el acoso, identificar oportunamente a quienes están sufriendo y evitar que una situación de hostigamiento termine convirtiéndose en una tragedia?

No basta con tener una oficina de bienestar universitario, organizar una conferencia sobre salud mental o publicar un protocolo que pocos conocen. Se necesitan mecanismos efectivos y confidenciales de denuncia, profesionales suficientes para atender a los estudiantes, rutas de intervención inmediata y, sobre todo, seguimiento a cada caso.

También necesitamos saber cuántas denuncias por bullying reciben las instituciones de educación superior de Cúcuta, cuántas se investigan, cuántas terminan en medidas correctivas y qué acompañamiento reciben las víctimas. Porque el silencio institucional, cuando existe una situación de acoso, puede agravar el daño.

La responsabilidad tampoco es exclusiva de las universidades. Las familias, los docentes, los compañeros y las autoridades de salud tenemos un papel que cumplir. Debemos aprender a reconocer las señales de sufrimiento emocional, dejar de minimizar las agresiones bajo la excusa de que son bromas y entender que pedir ayuda no es una muestra de debilidad.

Ser inteligente no debería generar rechazo. Ser exitoso no debería despertar persecución. Ser diferente no debería convertirse en una condena social. Y ninguna persona tendría que esconder sus capacidades, apagar sus sueños o renunciar a su personalidad para conseguir que los demás la acepten.

La educación no puede limitarse a formar profesionales competentes mientras ignora el deterioro emocional de quienes ocupan sus aulas. Una universidad no debería medirse únicamente por sus acreditaciones, sus resultados académicos o el número de profesionales que entrega a la sociedad, sino también por su capacidad de proteger la dignidad, la integridad y la vida de sus estudiantes.

Porque de nada sirve graduar profesionales brillantes si no somos capaces de garantizarles un entorno en el que puedan vivir, aprender y desarrollar su talento sin miedo.

Y que no se nos olvide: detrás de cada estudiante que guarda silencio puede haber una historia de sufrimiento que nadie se ha detenido a escuchar. A veces, llegar a tiempo, escuchar sin juzgar y actuar oportunamente puede marcar la diferencia entre una vida que continúa y una tragedia que pudo evitarse. ¿O ME EQUIVOCO?

 


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