domingo, 31 de agosto de 2025

Colinas del Tunal: el espejo incómodo de la informalidad y la violencia en Cúcuta

 

Colinas del Tunal no es simplemente un asentamiento humano en Cúcuta; es un símbolo doloroso de lo que significa vivir en la periferia del Estado, donde la vida transcurre entre el abandono institucional y el control criminal. Si no fuera porque en las últimas semanas salieron a la luz varios cadáveres arrojados en plena vía pública —esa vía que más que una calle es una metáfora social de la crudeza en que sobreviven sus habitantes—, probablemente para muchos cucuteños este lugar seguiría siendo invisible, como si no existiera.

Es probable que en las últimas elecciones, candidatos de todos los colores hayan pasado por allí con sonrisas y discursos prefabricados. Es posible que, como siempre, hayan prometido formalizar el asentamiento y transformarlo en un barrio reconocido, digno y con derechos. Pero la historia es la misma: palabras huecas, promesas recicladas y una comunidad que continúa atrapada en la incertidumbre.

La pregunta obligada es: ¿cuántas veces ha ido realmente un alcalde de Cúcuta a Colinas del Tunal? Distinto, claro, de la reciente visita mediática de esta semana, cuando con gran despliegue de comitiva y fuerza pública se tomó el sector para anunciar que no permitiría territorios vedados a la ley. ¿Cuántas horas duró esa presencia? ¿Cuántos de los bandidos que supuestamente controlan el asentamiento han sido capturados? ¿Sigue la fuerza pública en el lugar o fue solo un acto de espectáculo político para las cámaras?

La verdad verdadera es incómoda: en Cúcuta no existe hoy una estrategia de seguridad efectiva. Y lo más preocupante es que Colinas del Tunal no es un caso aislado; hay otros asentamientos que viven bajo las mismas condiciones de informalidad, abandono y violencia. La ciudad está llena de territorios grises, sin orden ni planificación, que se convierten en escenarios fértiles para el crimen y la desesperanza.

La informalidad nos está devorando. La falta de planeación urbana, la ausencia de políticas sostenidas y la improvisación permanente han hecho de Cúcuta una de esas ciudades donde el desorden urbano refleja el desorden nacional. Los responsables son múltiples: un presidente que no ha sabido gobernar y un alcalde que llegó al poder con ansias, pero sin ejecución ni visión, estrellándose contra una realidad que ya conocía desde la campaña: la violencia como mal estructural de la ciudad.


¿Cuántas administraciones han visto crecer estos asentamientos de manera caótica sin hacer nada por detenerlos o planificarlos? Colinas del Tunal ya existía mucho antes de la última campaña electoral en la que se habló de grandes planes de desarrollo. Hoy sigue siendo lo mismo: un asentamiento marginado, invisible salvo cuando hay muertos en la calle o cámaras de televisión rondando. Y todo apunta a que seguirá así: llegarán nuevas elecciones, nuevos discursos, nuevas promesas… pero Colinas del Tunal continuará sumido en la misma informalidad, convertido en un recordatorio vivo de que en Cúcuta se gobierna a medias y siempre para la foto. ¿ O ME EQUIVOCO ?

BOINNUS TRACK : El 23 de octubre de 2024 hizo presencia la secretaria de seguridad de Cúcuta en Colinas del Tunal y el secretario dijo : “Con estos recorridos les brindamos seguridad a los cucuteños. La estrategia #CúcutaTerritorioSeguro está dando buenos resultados en toda la ciudad y acá las bandas criminales no tendrán espacio, por eso estas acciones se están dando en cada una de las comunas”, señaló el secretario de Seguridad Ciudadana, Diego Villamizar. Pero eso fue en el pasado.

 


domingo, 24 de agosto de 2025

SE NOS DESBARATA EL PAÍS Y...ARRASTRA CON EL A LA CIUDAD DE CÚCUTA.

 

Mientras escribo estas líneas, recibo la noticia de un nuevo atentado contra la Fuerza Pública con un dron, esta vez dirigido contra la Armada Nacional. Otro golpe, otro campanazo de alerta, otro recordatorio de que Colombia atraviesa uno de los peores momentos en materia de seguridad en la última década. Y sin embargo, pareciera que a nadie en las altas esferas del poder le quita el sueño la degradación de la violencia que golpea sin tregua.

Lo que más me inquieta, más allá de los drones o de los ataques cada vez más sofisticados, es la realidad desnuda y brutal que se vivió en el barrio Colinas del Tunal, en Cúcuta. Un sector que se ha convertido en un verdadero agujero negro de la seguridad urbana: allí no entra la Policía, ni de rutina ni de manera preventiva; allí cada reporte es evaluado con lupa para evitar que no sea una trampa mortal contra los uniformados. Dicho de otro modo: en pleno siglo XXI, en una capital de frontera, hay un territorio dentro de la ciudad que está vedado para las autoridades.

Lo ocurrido el pasado 22 de agosto no admite eufemismos: fueron los propios habitantes quienes alertaron sobre la presencia de cadáveres en las calles, cuerpos abandonados, ya en descomposición, convertidos en alimento de animales carroñeros que rondaban el cielo del barrio como si anunciaran la tragedia. Nadie sabía con certeza cuántos cuerpos eran: unos hablaban de uno, otros de dos, algunos de tres o más. No había fotos ni evidencia clara, solo rumores cargados de miedo.

La confirmación no vino por una patrulla policial, ni por un cuadrante, ni por un operativo relámpago: fue gracias al uso de un dron que sobrevoló el barrio y ratificó que sí, había cadáveres tendidos en plena vía pública. Apenas al día siguiente se organizó un operativo para recoger los cuerpos y trasladarlos a Medicina Legal.

Que en una ciudad como Cúcuta —capital de Norte de Santander, frontera neurálgica con Venezuela y punto caliente del conflicto armado— las autoridades tengan que acudir a la tecnología para confirmar que hay muertos tirados en una calle, y que solo después puedan ingresar con apoyo de funerarias, es una muestra dolorosa de lo que estamos viviendo. La institucionalidad quedó reducida a observadora a distancia de la barbarie.

La ausencia que mata

La Alcaldía de Cúcuta no puede mirar hacia otro lado. El barrio Colinas del Tunal hace parte de su territorio, sus habitantes son cucuteños que pagan impuestos, que votan, que merecen protección. No puede existir en Colombia un solo metro cuadrado de terreno urbano o rural donde el Estado renuncie a ejercer soberanía. Y sin embargo, lo hay: barrios completos, veredas enteras, carreteras dominadas por la delincuencia y la ilegalidad.

El Ejército y la Policía tampoco pueden escudarse en la excusa del riesgo. Claro que entrar a Colinas del Tunal implica un peligro. Claro que la zona tiene injerencia del ELN, claro que ya se han registrado secuestros como el de los dos soldados en abril, retenidos por más de cuatro meses. Pero justamente por eso deben actuar con contundencia, con estrategia, con inteligencia. ¿O acaso vamos a aceptar como país que haya lugares prohibidos para las Fuerzas Armadas?

El mensaje que se transmite al permitir que barrios como este queden bajo control de grupos ilegales es devastador: se confirma la idea de que el Estado es débil, que la autoridad es incapaz y que la comunidad debe acostumbrarse a convivir con la violencia como si fuera un destino inevitable.

El espejo que no queremos mirar

Colinas del Tunal no es un caso aislado, es apenas un síntoma de una enfermedad nacional. Lo que hoy ocurre allí es reflejo de la degradación de la seguridad en múltiples regiones: Cauca, Arauca, Catatumbo, Putumayo, Chocó. Es la misma historia con diferentes nombres: comunidades atrapadas, policías y soldados limitados, alcaldías paralizadas, gobernaciones sin brújula, y un gobierno central que parece más ocupado en discursos que en realidades.

El abandono estatal no solo se mide en la falta de seguridad: se mide en la ausencia de inversión, de empleo digno, de oportunidades. El vacío lo llena la violencia, y mientras los criminales avanzan, el Estado retrocede.

La pregunta incómoda y la respuesta necesaria

¿Hasta cuándo vamos a tolerar que haya zonas prohibidas para la Fuerza Pública? ¿Hasta cuándo la Alcaldía de Cúcuta y las autoridades nacionales van a permitir que la ciudad se fragmente en feudos del miedo? ¿Cuánto más tendrá que sufrir la población civil antes de que alguien asuma la responsabilidad política y moral de recuperar el control?

Lo sucedido en Colinas del Tunal no es solo una tragedia policial ni una anécdota macabra: es la demostración de que el país se nos descompone a plena luz del día, que los buitres ya no solo sobrevuelan la muerte, sino que acompañan la indolencia de quienes deberían proteger la vida.

Por eso, la respuesta no puede seguir siendo la inercia ni la retórica. Se requieren tres cosas inmediatas:

  1. Presencia real del Estado en Colinas del Tunal y en todos los barrios de riesgo. No más visitas esporádicas ni sobrevuelos a distancia: la comunidad necesita policía de proximidad, seguridad estable y autoridad permanente.
  2. Coordinación integral entre la Alcaldía, Ejército y Policía. No se trata de enviar patrullas aisladas, sino de un plan urbano que combine seguridad, inversión social, empleo juvenil y recuperación del espacio público.
  3. Mensaje claro a la ciudadanía. Que los habitantes sientan que el Estado los acompaña, que no están solos frente a los grupos ilegales. La legitimidad de la autoridad solo se construye con hechos, no con ruedas de prensa.

Si algo debe quedarnos claro de este episodio es que ningún barrio, ninguna vereda, ningún corregimiento puede estar vedado para las fuerzas militares y de policía. Si el Estado no puede entrar, entonces no hay Estado. Y eso, en cualquier nación, significa el principio del fin.

El reto está planteado: o la Alcaldía de Cúcuta y las Fuerzas Armadas recuperan el terreno perdido, o mañana serán muchos más los Colinas del Tunal en Colombia. ¿ O ME EQUIVOCO ?

 


viernes, 22 de agosto de 2025

Colombia Bajo Asedio: el Estado acorralado por el terrorismo

 


En apenas dos días, Colombia ha sido estremecida por dos atentados terroristas que dejaron al descubierto la fragilidad de sus instituciones y la incapacidad del gobierno para anticipar y contener la violencia que se expande como una sombra en todo el territorio nacional. Primero fue en Amalfi, Antioquia, donde un helicóptero UH-60 Black Hawk de la Policía Nacional, en misión de erradicación de cultivos ilícitos, fue derribado por un dron cargado con explosivos, en un ataque atribuido a disidencias de las FARC. El saldo es doloroso: doce uniformados muertos y varios más heridos. El hecho no solo evidencia el poder de fuego de los grupos armados, sino también la sofisticación tecnológica que hoy utilizan para humillar al Estado. Al mismo tiempo, en Cali, un camión cargado de explosivos detonó frente a la Escuela Militar de Aviación Marco Fidel Suárez, dejando seis muertos y decenas de heridos —algunas fuentes hablan de más de sesenta lesionados—. Dos golpes coordinados en cuestión de horas que dejaron al país sumido en la indignación, la rabia y el miedo.

La pregunta inevitable es cómo es posible que grupos armados operen con drones letales y camiones bomba sin que la inteligencia estatal lo detecte a tiempo. ¿Dónde están las supuestas capacidades tecnológicas y de anticipación que el gobierno asegura tener? ¿Cómo puede un Estado que destina miles de millones a defensa reaccionar siempre tarde, persiguiendo esquirlas cuando ya ha estallado la tragedia? Las respuestas oficiales, como suele ocurrir, se limitaron a la condena y al señalamiento. El presidente Gustavo Petro atribuyó los ataques a las disidencias de las FARC, mientras voces de oposición, como la del expresidente Álvaro Uribe, clamaron por ayuda internacional y advirtieron que el narcoterrorismo, si no se enfrenta con decisión, terminará por devorar a Colombia.

En Cali, se decretó toque de queda para vehículos de carga pesada, mientras el gobierno estudia declarar la conmoción interior en el suroccidente del país, una medida desesperada que, más que mostrar autoridad, desnuda la incapacidad de prevenir la violencia. Se convocó un Consejo de Seguridad Nacional, pero la sensación generalizada es que las decisiones llegan siempre después de la sangre derramada. La ciudadanía, entre tanto, mira con creciente desconfianza cómo la palabra “seguridad” se convierte en un eslogan vacío, incapaz de proteger la vida de los colombianos.

Estos atentados no son hechos aislados. Son la demostración de que los grupos armados ilegales ya no actúan como bandas dispersas, sino como ejércitos clandestinos capaces de combinar tecnología, logística y precisión en ataques simultáneos contra el corazón mismo de la Fuerza Pública. El mensaje es contundente: tienen la capacidad de desafiar al Estado en cualquier punto del territorio, mientras la respuesta oficial parece cada vez más débil y reactiva.

Colombia se encuentra en un punto de quiebre. O el gobierno despierta de su letargo y asume con decisión la defensa de sus ciudadanos, o el país quedará a merced de quienes siembran la muerte. El terrorismo no está a las puertas: ya está adentro, golpeando las entrañas de la nación. Y si el Estado no se decide a actuar con firmeza, será recordado no por lo que hizo para salvar a su pueblo, sino por lo que permitió con su inacción. Hoy, más que nunca, Colombia necesita liderazgo, carácter y resultados. Lo demás —discursos, comunicados y promesas— ya no sirve de nada. ¿ o me equivoco ?

 

domingo, 17 de agosto de 2025

AJUSTES VIALES : luces y sombras del plan piloto en la avenida Libertadores

 

 

El plan piloto implementado por la Secretaría de Movilidad de Cúcuta en la avenida Libertadores —que contempla el cierre de un carril a la altura de la calle 15 del Malecón— ha generado fuertes reparos por parte de veedores y conductores. Estos señalan que la medida, lejos de agilizar, estaría ocasionando mayores trancones y molestias.

Sin embargo, es justo reconocer que el actual secretario de Movilidad, aunque poco conocido, parece ser uno de los pocos funcionarios en más de una década que al menos se ha detenido a pensar en cómo mejorar la movilidad de la ciudad. Pensar que con pequeñas intervenciones, sin necesidad de grandes recursos, se pueden lograr cambios significativos, es un avance. Si a esto se suman las inversiones necesarias en infraestructura vial, la ciudad podría comenzar a ver resultados alentadores.

No obstante, a esta iniciativa conviene sumarle ajustes de fondo. El primero: eliminar los reductores de velocidad en una vía rápida como lo es la avenida Libertadores, pues constituyen un obstáculo que retrasa el flujo vehicular, especialmente en horas pico, en sentido Sur–Norte.


En sentido Norte–Sur, la situación también demanda correctivos. A la altura del puente Elías M. Soto se debería considerar el cierre permanente de la oreja que conecta con los Libertadores, así como la supresión del ingreso por la avenida 9E. Estas maniobras obligarían a los vehículos provenientes de San Mateo a utilizar las avenidas alternas de la diagonal Santander, descongestionando el punto crítico bajo el puente, donde se acumula tráfico a diario.

Claro está, ninguna de estas medidas funcionará si no van acompañadas de una adecuada inversión en señalización y del apoyo temporal de la Policía de Tránsito.

El balance es claro: el piloto de movilidad merece críticas, pero también aplausos. Por lo menos se trata de un intento serio, algo que en Cúcuta escasea desde hace más de 12 años. Ahora el reto es extender esa misma lógica al caos del centro de la ciudad. ¿O acaso me equivoco, señor secretario?




BONUS TRACK : En apenas cinco días, Cúcuta ha vuelto a ser escenario de una preocupante escalada de asesinatos. La violencia, ligada en gran medida a las disputas entre bandas del microtráfico y estructuras criminales, se ha convertido en un problema que golpea la seguridad ciudadana sin que se vean respuestas claras y contundentes por parte de las autoridades. La ciudad no puede normalizar esta racha sangrienta: la ciudadanía exige resultados y no simples declaraciones.


Entre la tragedia nacional y un debate inútil

  Durante los últimos días, después de la primera vuelta de las elecciones presidenciales, Colombia ha sido testigo de una discusión que, fr...