Los ejemplos sobran. El conductor
que se pasa el semáforo en rojo sin pensar en el peatón; el motociclista que
invade el andén como si fuera su pista personal; el ciudadano que arroja la
basura a la calle con total naturalidad. Todo eso refleja un problema más
profundo que va más allá de las normas: la ausencia de sentido colectivo, de
esa conciencia mínima de que el espacio común también nos pertenece.
Hay un semáforo en Cúcuta que
pareciera haberse vuelto invisible para los ciudadanos. Día y noche, los
vehículos lo ignoran como si la luz roja fuera una simple sugerencia y no una
advertencia de vida o muerte. Nadie se detiene, nadie reclama, nadie hace nada.
Se ha vuelto una infracción normalizada, repetida una y otra vez frente a la
mirada indiferente de todos, incluso cuando cruzan niños, ancianos o mascotas.
Esa escena cotidiana retrata con crudeza lo que somos: una ciudad que ha
perdido la capacidad de asombro ante el irrespeto y el peligro.
Cúcuta necesita reencontrarse con
el civismo, con ese compromiso silencioso que nos hace detenernos antes de
hacer daño, que nos impulsa a cuidar lo que es de todos. La cultura ciudadana
no se impone: se cultiva. Pero mientras sigamos confundiendo la “viveza” con la
inteligencia y el “sálvese quien pueda” con libertad, seguiremos atrapados en
el mismo círculo vicioso que tanto criticamos.