domingo, 12 de octubre de 2025

NADA ENVEJECE MÁS RÁPIDO A UNA DEMOCRACIA... QUE LA DESILUSIÓN DE SUS JOVENES.

 

Han pasado ya varios años desde que Colombia celebró con entusiasmo la elección de los Consejos de Juventud, presentada como una victoria de la democracia participativa. Sin embargo, hoy la pregunta es inevitable: ¿han servido realmente para transformar la realidad de los jóvenes o se quedaron en el discurso?

Los Consejos de Juventud nacieron con la promesa de darle voz y voto a una generación históricamente marginada de la toma de decisiones. Pero la realidad muestra una distancia enorme entre el ideal y el resultado. La mayoría de los municipios carecen de recursos, acompañamiento técnico o voluntad política para que estos consejos funcionen. Muchos jóvenes electos terminaron enfrentando la indiferencia de sus administraciones locales y la falta de canales reales para incidir en las políticas públicas.

La participación, que debía ser el gran triunfo, ha sido más bien el reflejo de una desilusión creciente. En las urnas, el abstencionismo juvenil superó con creces las expectativas, y no por apatía, sino por desconfianza. La juventud percibe —con razón— que estos espacios pueden ser usados más como vitrinas de legitimidad para los gobiernos que como plataformas de poder efectivo para sus representantes.

A esto se suma otro problema: la falta de formación política y social para quienes resultan elegidos. Sin herramientas de gestión, sin capacitación en liderazgo o mecanismos de incidencia, muchos consejeros terminan reducidos a figuras decorativas en actos protocolarios. Lo que debía ser un laboratorio de democracia termina pareciendo un ejercicio simbólico, una promesa más dentro de una estructura institucional que, en el fondo, no cambia.

La juventud no necesita ser escuchada solo cada cuatro años, ni encasillada en consejos sin dientes. Necesita espacios donde su palabra tenga consecuencias, donde su participación se traduzca en políticas tangibles, presupuesto y presencia real en la agenda pública. La elección de los Consejos de Juventud fue una buena idea. Pero una buena idea sin voluntad, sin poder y sin seguimiento, se convierte en una frustración colectiva. Y nada envejece más rápido a una democracia que la desilusión de sus jóvenes. ¿O ME EQUIVOCO?

 


domingo, 5 de octubre de 2025

EN CÚCUTA, LA LEY DEL MÁS FUERTE REEMPLAZÓ LA CULTURA CIUDADANA.

 


En Cúcuta, la cultura ciudadana se ha vuelto un lujo escaso. Basta con caminar por sus calles para notar cómo la convivencia se ha ido erosionando entre el ruido, la indiferencia y la falta de respeto por lo público. Pareciera que la ciudad se acostumbró a sobrevivir en medio del caos, en lugar de aspirar a vivir en comunidad.

Los ejemplos sobran. El conductor que se pasa el semáforo en rojo sin pensar en el peatón; el motociclista que invade el andén como si fuera su pista personal; el ciudadano que arroja la basura a la calle con total naturalidad. Todo eso refleja un problema más profundo que va más allá de las normas: la ausencia de sentido colectivo, de esa conciencia mínima de que el espacio común también nos pertenece.

Hay un semáforo en Cúcuta que pareciera haberse vuelto invisible para los ciudadanos. Día y noche, los vehículos lo ignoran como si la luz roja fuera una simple sugerencia y no una advertencia de vida o muerte. Nadie se detiene, nadie reclama, nadie hace nada. Se ha vuelto una infracción normalizada, repetida una y otra vez frente a la mirada indiferente de todos, incluso cuando cruzan niños, ancianos o mascotas. Esa escena cotidiana retrata con crudeza lo que somos: una ciudad que ha perdido la capacidad de asombro ante el irrespeto y el peligro.

Durante años se ha intentado culpar a las autoridades, y en parte con razón. Pero la falta de cultura ciudadana no se resuelve solo con más policía o sanciones. Se necesita educación, ejemplo y coherencia desde el hogar, la escuela y las instituciones. Una sociedad que normaliza el irrespeto termina construyendo una ciudad sin alma, donde cada quien piensa solo en sí mismo.

Cúcuta necesita reencontrarse con el civismo, con ese compromiso silencioso que nos hace detenernos antes de hacer daño, que nos impulsa a cuidar lo que es de todos. La cultura ciudadana no se impone: se cultiva. Pero mientras sigamos confundiendo la “viveza” con la inteligencia y el “sálvese quien pueda” con libertad, seguiremos atrapados en el mismo círculo vicioso que tanto criticamos.

Es hora de que tanto las autoridades locales como los ciudadanos asuman su parte. Que se promuevan campañas reales de cultura ciudadana, no simples anuncios publicitarios. Que las escuelas enseñen valores cívicos con el mismo rigor con el que enseñan matemáticas. Y, sobre todo, que cada cucuteño entienda que el cambio no llega de afuera: empieza en su propia conducta diaria. Porque una ciudad solo progresa cuando su gente decide comportarse como comunidad y no como una multitud sin rumbo. ¿O ME EQUIVOCO?.

 


domingo, 28 de septiembre de 2025

CÚCUTA : ENTRE LA ILUSIÓN TURÍSTICA Y LOS RETOS DE CIUDAD.

 

Cúcuta ha sido presentada en los últimos años como una ciudad con vocación turística, un relato que las autoridades locales repiten con insistencia en escenarios nacionales e internacionales. La narrativa se apoya en la ubicación estratégica en la frontera con Venezuela, en la importancia histórica de Villa del Rosario como cuna de la Gran Colombia y en el potencial cultural y gastronómico que ofrece la región. Sin embargo, más allá del discurso, la pregunta que se abre es si la capital nortesantandereana tiene realmente las condiciones para convertirse en un destino turístico de peso o si se trata, más bien, de una ilusión construida desde la política.

La realidad muestra que, aunque existen oportunidades en segmentos como el turismo médico, el de compras y el cultural, Cúcuta todavía arrastra dificultades que frenan su proyección. La inseguridad urbana y la violencia asociada al contrabando y a economías ilegales siguen marcando la percepción de riesgo para cualquier visitante. A esto se suman las deficiencias en infraestructura hotelera de gran escala, la limitada conectividad aérea —que obliga a muchos viajeros a pasar primero por Bogotá—, y la falta de una estrategia integral de promoción turística. Todo ello hace que el discurso oficial luzca frágil frente a la experiencia concreta de quien pisa la ciudad.

Mientras destinos como Cartagena, Medellín o el Eje Cafetero lograron posicionarse gracias a planes sostenidos en el tiempo, inversión en seguridad y modernización urbana, Cúcuta sigue pendiente de un proyecto serio que vaya más allá de las buenas intenciones. En este contexto, el reto de vender la ciudad hacia el exterior exige más que anuncios: se necesita construir una marca ciudad coherente, capaz de proyectar lo mejor de su identidad sin maquillar los problemas de fondo.

Algunas acciones podrían marcar la diferencia. Por ejemplo, articular un circuito turístico alrededor de la gesta independentista en Villa del Rosario, con museos modernos y experiencias inmersivas que conecten con visitantes nacionales y extranjeros. Impulsar un plan de turismo médico binacional, aprovechando la demanda venezolana y la competitividad en precios de salud y estética. Modernizar la infraestructura hotelera y urbana con alianzas público-privadas que permitan crear corredores turísticos seguros y ordenados. Y, sobre todo, fortalecer la conectividad aérea con vuelos directos a destinos internacionales y al menos a las principales ciudades de Colombia.

El éxito de Cúcuta como destino turístico dependerá de su capacidad para transformar sus debilidades en oportunidades. De nada sirve vender la ciudad como una joya en bruto si, al llegar, el visitante se encuentra con problemas de seguridad, movilidad y desorden urbano. Solo con hechos, inversión y una estrategia seria de largo plazo podrá la capital nortesantandereana dejar de ser un proyecto en el papel y convertirse en un destino real en el mapa turístico del país y de la región. O ME EQUIVOCO ?.


domingo, 21 de septiembre de 2025

CÚCUTA INVISIBLE : ENTRE EL CONTRABANDO, LA FALTA DE GESTIÓN Y LA INFORMALIDAD

 

Cúcuta y el desafío de salir de la economía informal

Cúcuta madruga, se rebusca y no se rinde. Esa es la imagen que proyecta la ciudad cada mañana, pero detrás de ese espíritu luchador se esconde una realidad que no se puede maquillar: más del 65% de los cucuteños vive en la informalidad. La mayoría trabaja sin contrato, sin seguridad social y sin ninguna garantía de estabilidad. La capital de Norte de Santander se convirtió en la capital del rebusque, y lo que debería ser la excepción se volvió la regla.

La frontera con Venezuela moldeó la economía local durante décadas. El contrabando, el comercio ilegal y la migración desbordada instalaron en la ciudad un modelo económico precario, donde formalizar un negocio resulta más costoso que rentable. ¿Quién arriesga su capital en un mercado dominado por la competencia desleal y por productos que entran de contrabando a precios irrisorios? Muy pocos. Por eso la mayoría prefiere mantenerse en la calle, sobreviviendo día a día en un sistema que castiga al que intenta hacer las cosas bien.

Hablar de inversión extranjera en estas condiciones parece un espejismo. La inseguridad, el control de grupos ilegales sobre sectores de la ciudad, la infraestructura deficiente y los trámites interminables se convierten en un muro que ahuyenta cualquier intento serio de desarrollo. A ello se suman la corrupción y la debilidad institucional, que desangran la confianza en cada gobierno local. Cúcuta no ofrece garantías a largo plazo, y mientras esa sea la percepción, los inversionistas mirarán hacia otros destinos.

El transporte es otra gran deuda. Sin un sistema multimodal que articule modernas vías terrestres, una red férrea eficiente y un aeropuerto competitivo, la ciudad seguirá aislada y rezagada. La falta de infraestructura encarece la logística, frena la llegada de industrias y condena a los comerciantes a la informalidad. Cuando moverse es costoso y lento, lo más fácil es vender en la calle o trabajar sin reglas. Un transporte moderno y eficiente no es un lujo: es la columna vertebral de cualquier economía formal y productiva.

A todo esto se suma una falencia que pocas veces se menciona: la ausencia de una verdadera estrategia para vender a Cúcuta en el exterior. Ningún inversionista llegará por arte de magia; las ciudades compiten entre sí para atraer capital, y mientras otras regiones colombianas viajan, presentan sus ventajas y construyen confianza en ferias y escenarios internacionales, Cúcuta se ha conformado con esperar a que alguien repare en ella. Sin gestión diplomática, sin promoción sostenida y sin una narrativa que muestre sus fortalezas, la ciudad seguirá siendo invisible para el capital extranjero.

El discurso de apoyo al emprendimiento tampoco puede seguir siendo un saludo a la bandera. Cúcuta necesita un verdadero acompañamiento a los pequeños negocios, con crédito accesible, asesoría técnica y acceso real a mercados. De lo contrario, los emprendedores seguirán atrapados en el mismo círculo de sobrevivencia y precariedad.

Cúcuta no puede resignarse a vivir del rebusque. La ciudad tiene ubicación estratégica, talento humano y una energía que desborda sus calles, pero nada de eso servirá si las autoridades no enfrentan con seriedad la inseguridad, la corrupción, la falta de infraestructura, la competencia desleal del contrabando y la ausencia de gestión internacional. El tiempo de los diagnósticos ya pasó. O se toman decisiones firmes para sacar a Cúcuta de la trampa de la informalidad, o la ciudad seguirá condenada a la improvisación y a la pobreza disfrazada de trabajo. 

En últimas, las cifras son claras y deberían generar preocupación: en Cúcuta, al igual que en gran parte del país, de cada diez empresas que nacen apenas tres logran superar la barrera de los cinco años. Esta realidad no solo refleja las dificultades para emprender y sostener un negocio en la ciudad, sino que también evidencia un círculo vicioso donde la falta de apoyo, la informalidad y la ausencia de políticas de atracción de inversión condenan a la mayoría de los proyectos a desaparecer antes de consolidarse. Romper ese patrón es el gran reto de Cúcuta si quiere dejar atrás la economía del rebusque y abrirle paso a un desarrollo formal y sostenible. ¿ O ME EQUIVOCO ?

 


COLOMBIA FRACASA EN PISA, PERO EL VERDADERO FRACASO SERÍA NO REACCIONAR

  Colombia está llevando más jóvenes a las aulas, pero todavía no está logrando que aprendan lo que necesitan para enfrentar la vida. Hay ...