22 años de una política pública sin resultados reales en las aulas del país.
Cuántas cosas podríamos
cambiar a futuro si realmente entendiéramos el valor del tiempo en los primeros
años de vida. Allí, donde se forma el lenguaje, donde se construyen las bases
del pensamiento, donde aprender no es una obligación sino una condición natural.
En Colombia, sin embargo, esa
ventana de oportunidad parece haberse desperdiciado. La política pública de
bilingüismo, lanzada con entusiasmo en 2004, prometía una transformación
profunda del sistema educativo. Se habló de competitividad, de globalización,
de cerrar brechas. Pero más de dos décadas después, la realidad cuenta una
historia distinta.
Han pasado ya 22 años desde
ese punto de partida. Eso significa que aquel niño que en 2005 comenzó su
educación básica hoy debería, en teoría, dominar el inglés con la misma
naturalidad con la que domina su lengua materna. No es una expectativa
descabellada: es precisamente en esos años donde el colombiano promedio aprende
a leer, escribir y comunicarse en español. Si el bilingüismo era una meta
seria, ese resultado debía ser visible hoy.
Pero no lo es.
La pregunta entonces es
inevitable: ¿qué fue exactamente lo que se prometió? ¿Formar ciudadanos
bilingües o simplemente incorporar el inglés como una asignatura más en el
horario escolar? Porque la diferencia entre una cosa y la otra es abismal, y
los resultados parecen evidenciar que nunca se trató de lo primero.
Hoy, a simple vista, no existe
un bilingüismo real en la educación colombiana. Lo que sí existe es una ilusión
sostenida por documentos, planes y discursos oficiales. Basta mirar el tránsito
hacia la educación superior: miles de estudiantes enfrentan el inglés como un
obstáculo, no como una herramienta. Presentar un examen de nivel se convierte
en un ejercicio de supervivencia académica, no en la demostración natural de
una competencia adquirida.
Y entonces surge una
conclusión incómoda: ¿hemos perdido el tiempo?
Más grave aún, ¿existieron
realmente metas claras, medibles y alcanzables, o todo quedó en la retórica de
una política pública bien intencionada pero mal ejecutada? Porque lo frustrante
no es solo que los resultados no hayan llegado, sino la sospecha de que nunca
hubo un camino real para alcanzarlos.
Pero más allá de las
percepciones, los datos son aún más contundentes —y más incómodos.
Si algo debería evidenciar el
éxito de una política pública educativa son sus resultados medibles. Y en
Colombia, el principal termómetro es la prueba Saber 11. Allí, el panorama es
revelador: en 2024, solo el 4% de los estudiantes alcanzó los niveles más altos
de inglés, mientras que el 96% no logra comprender textos complejos en este
idioma.
Es decir, después de 22 años
de política de bilingüismo, prácticamente todo el sistema educativo sigue
formando estudiantes con niveles básicos o insuficientes.
Más aún: la mayoría de
estudiantes sigue concentrada en los niveles más bajos del Marco Común Europeo
(A1 y A2), e incluso una proporción importante permanece por debajo del nivel
mínimo esperado.
Esto no es bilingüismo. Es, en
el mejor de los casos, una alfabetización mínima en inglés.
Pero el problema no termina en las aulas. Cuando se observa a Colombia en el contexto internacional, la situación se vuelve todavía más crítica. El país se ubica en niveles bajos de dominio del inglés a nivel global, lejos de las naciones que han logrado avances sostenidos en esta materia.
En ciudades como Cúcuta, la
situación es aún más reveladora: programas oficiales han tenido que intervenir
para reforzar el inglés de estudiantes justo antes de presentar las pruebas
Saber 11, evidenciando que el sistema no logra desarrollar esa competencia de
manera estructural durante la formación escolar.
Que cientos de estudiantes
deban recibir cursos intensivos de última hora para enfrentar el examen no es
un síntoma de avance, sino la confirmación de un modelo que no está formando
bilingües, sino improvisando resultados.
Entonces, la conclusión deja
de ser una opinión y se convierte en un hecho: Colombia no es un país bilingüe,
ni siquiera en transición hacia serlo.
Lo que existe es una política
que ha logrado institucionalizar la enseñanza del inglés, pero no su
aprendizaje real. Una política que mide, clasifica y reporta… pero que no
transforma.
Y entonces, después de más de
dos décadas, la gran pregunta no es por qué Colombia no es bilingüe, sino por
qué seguimos insistiendo en decir que lo será bajo las mismas fórmulas que ya
fracasaron.
Porque el verdadero espejismo
no es el bilingüismo: es creer que basta con enseñarlo para que exista. ¿ O ME EQUIVOCO ?