domingo, 12 de julio de 2026

¿Quién está planeando el futuro de nuestras ciudades?

 



Hay ciudades grandes y ciudades pequeñas. Hay ciudades ordenadas y ciudades desordenadas. Hay ciudades que entienden que el desarrollo nace de la planeación y, gracias a ello, se fortalecen con el paso de los años. Y hay otras donde la planeación parece limitarse a la existencia de una Secretaría, pero no a una verdadera cultura de pensar el futuro.

También hay ciudades que, cuando el Gobierno Nacional abre la puerta para apoyar proyectos estratégicos, llegan con propuestas sólidas, técnicamente sustentadas y capaces de transformar su economía durante décadas. En contraste, existen otras que, cada vez que tienen la oportunidad de gestionar recursos, presentan una simple lista de mercado: proyectos improvisados, sin visión de largo plazo y sin responder a las verdaderas necesidades de la población. El resultado casi siempre es el mismo: poco impacto, recursos desperdiciados y oportunidades perdidas.

Una ciudad con graves problemas de seguridad, con un sistema de salud en crisis, con baja productividad, con enormes deficiencias en saneamiento básico y altos índices de informalidad no puede darse el lujo de presentar como símbolo de su desarrollo una obra pública de poca trascendencia frente a los desafíos que enfrenta. La pregunta es inevitable: ¿acaso no existe un banco de proyectos estratégicos que responda realmente a las necesidades de la región? ¿O simplemente se gobierna pensando en la próxima fotografía y no en la próxima generación?

Planear para ejecutar, o simplemente ejecutar sin haber planeado. Ese es el verdadero dilema.

El próximo alcalde de ciudades con estas características debería comprender que la planeación no es un requisito burocrático, sino la columna vertebral del desarrollo. Desde el primer día de campaña debería rodearse de un equipo técnico de alto nivel y, especialmente, de un excelente secretario de Planeación, tanto para el sector urbano como para el rural.

Porque en muchas de estas ciudades el casco urbano apenas representa una pequeña parte de su territorio. El verdadero potencial está en el campo, en miles de hectáreas que hoy permanecen subutilizadas o atrapadas por economías ilegales, mientras la productividad sigue siendo una deuda histórica.

Pavimentar calles puede ser necesario. Nadie discute la importancia de una buena infraestructura vial. Pero una ciudad no se transforma únicamente con cemento y asfalto. El verdadero desarrollo comienza cuando se construye una visión sobre la educación que se quiere ofrecer, la seguridad que se necesita garantizar, el sistema de salud que se aspira a tener y la economía que permita generar empleo formal y oportunidades para todos.

Las obras físicas se inauguran una vez. Las buenas políticas públicas producen resultados durante generaciones.

Las ciudades que permanecen atrapadas en la improvisación terminan normalizando la informalidad, la baja competitividad y la ausencia de un rumbo claro. Gobernar sin planificación es administrar la coyuntura; gobernar con visión es construir futuro.

Quizá esa sea la mayor enseñanza que deberían comprender nuestros dirigentes: una ciudad no progresa porque inaugure más obras que sus vecinas, sino porque sabe hacia dónde quiere llegar y mantiene ese rumbo, gobierno tras gobierno.

Como ocurrió recientemente con la afición de Noruega durante el Mundial de Fútbol, donde miles de personas remaban simbólicamente en la misma dirección para apoyar a su selección, una ciudad solo alcanza su verdadero desarrollo cuando todos —gobernantes, empresarios, universidades y ciudadanos— reman hacia un mismo horizonte.

Porque las ciudades exitosas no son las que más construyen. Son las que mejor planifican.

Y mientras algunos sigan confundiendo desarrollo con cortar cintas e inaugurar concreto, otros seguirán construyendo el futuro desde la planeación. Esa es, al final, la diferencia entre administrar una ciudad y liderar su destino. ¿O ME EQUIVOCO?

 

 

 


domingo, 5 de julio de 2026

La muerte silenciosa de la empatía

 

Hace unos días visitamos un restaurante popular de nuestra ciudad para degustar un plato tradicional. Estábamos prácticamente solos en el lugar; la hora pico del almuerzo ya había pasado. Hicimos nuestro pedido y fuimos atendidos muy bien... muy bien.

Todo marchaba de maravilla hasta que se nos antojó un poco más de la salsa especial de la casa. Miré a mi derecha y observé que todos los meseros se habían sentado en una mesa contigua para tomar su almuerzo. Entonces tomé la decisión de levantarme, acercarme al mostrador y solicitarle la salsa directamente a la administradora del establecimiento.

La señora me miró y dijo:

—Por favor, puede pedírsela a uno de los meseros.

Le respondí:

—He decidido pedírsela personalmente porque ellos están almorzando.

Entonces llegó una respuesta que me dejó profundamente desconcertado:

—Ellos no tienen derecho a sentarse porque están trabajando.

La miré directamente a los ojos y le dije:

—Por favor, entrégueme usted la salsa, porque no voy a molestar a ninguna de estas personas mientras toman su almuerzo.


La conversación terminó allí. Sin embargo, el episodio siguió dando vueltas en mi cabeza durante el resto del día.

¿Qué nos está pasando como sociedad? ¿En qué momento comenzamos a creer que una persona pierde su derecho al descanso, al alimento o a un momento de tranquilidad simplemente porque está desempeñando un trabajo?

Aquella frase —"no tienen derecho a sentarse porque están trabajando"— es mucho más que una desafortunada respuesta. Es el reflejo de una enfermedad silenciosa que se está extendiendo por nuestra sociedad: la deshumanización de lo humano.

Estamos dejando de ver personas y comenzamos a ver únicamente funciones. El mesero deja de ser un ser humano y se convierte en "el que sirve las mesas". El vigilante pasa a ser "el que abre la puerta". La enfermera es "la que atiende pacientes". El cajero es "el que recibe el dinero". El profesor es "el que enseña". Poco a poco, vamos reduciendo la dignidad de las personas a la utilidad que representan para nosotros.

Y este fenómeno no ocurre solamente en un restaurante.

Sucede en un centro médico cuando olvidamos que el médico, la enfermera o el auxiliar también se cansan, se enferman y tienen problemas. Pero también se hace evidente en muchos centros de salud, precisamente en lugares donde la empatía debería ser un principio inquebrantable. Con frecuencia, algunos miembros del personal olvidan que quien acude a una consulta, a una urgencia o a una hospitalización lo hace porque está enfermo, porque atraviesa un momento de dolor, de miedo o de profunda incertidumbre. 

No es aceptable que un paciente sea tratado con indiferencia, con desdén o que no se haga todo lo humanamente posible por aliviar su situación. Y, con demasiada frecuencia, también se olvida que detrás de cada paciente hay una familia que llega preocupada, estresada y emocionalmente desestabilizada, cargando el peso de la angustia y la incertidumbre. Humanizar la atención en salud no es un acto de cortesía; es un deber moral y una expresión elemental de nuestra propia humanidad.

Vivimos en una época que presume de grandes avances tecnológicos, pero que parece estar perdiendo la capacidad de mirar a los demás con empatía. Hemos aprendido a exigir derechos, pero se nos está olvidando respetar la dignidad de quienes nos rodean.

Quizás el problema más grave de nuestra sociedad no sea la crisis económica, ni la inseguridad, ni siquiera la polarización política. Tal vez el verdadero problema sea que estamos dejando de reconocernos en el otro.

Y una sociedad que convierte a las personas en herramientas termina perdiendo algo mucho más valioso que la productividad o la eficiencia: pierde su alma.

Tal vez ha llegado el momento de hacer una pausa y recordar algo tan simple como esencial, detrás de cada persona, hay un ser humano que siente, sueña, se cansa, se equivoca y merece ser tratado con la misma dignidad y el mismo respeto que exigimos para nosotros.

Porque la verdadera tragedia de nuestro tiempo no es la falta de tecnología ni de progreso.

La verdadera tragedia es la deshumanización de lo humano. ¿O ME EQUIVOCO?

BONUS TRACK : "La deshumanización comienza cuando olvidamos que la persona que tenemos enfrente siente, sufre y espera ser tratada con la misma dignidad que exigimos para nosotros mismos."

 


domingo, 28 de junio de 2026

El milagro pendiente del Catatumbo: la oportunidad histórica del presidente Abelardo de la Espriella

 



El Catatumbo: la deuda histórica que Colombia no puede seguir aplazando

Si existe una región en Colombia que merece una mejor suerte, esa es el Catatumbo. Un territorio de paisajes majestuosos, de una biodiversidad extraordinaria, de enormes reservas minerales y de una tierra tan fértil que podría alimentar a millones de personas. Pero también es una región habitada por una población resiliente que ha sido condenada, durante décadas, al abandono estatal y a sobrevivir bajo el compás de una economía ilícita que, además de generar ingresos, también siembra muerte.

Cuando asumió la Presidencia de la República, Gustavo Petro anunció que el Catatumbo se convertiría en la "capital nacional de la paz". Prometió llevar la presencia integral del Estado, impulsar el desarrollo productivo y construir una economía que reemplazara las rentas ilegales. Cuatro años después, la realidad es dolorosamente distinta: la violencia persiste, los grupos armados continúan disputándose el territorio y las oportunidades prometidas nunca llegaron con la dimensión y la velocidad que la región necesitaba.

El Catatumbo sigue siendo la mayor contradicción de Colombia. Pocas regiones poseen tanta riqueza natural y, al mismo tiempo, tan altos niveles de pobreza y exclusión. Allí se encuentran algunas de las tierras más fértiles del país, abundancia de agua y una ubicación estratégica que la convierte en una puerta natural hacia los mercados internacionales. Sin embargo, el Estado ha sido incapaz de transformar ese potencial en prosperidad.

El gran error de los sucesivos gobiernos, incluido el de Gustavo Petro, ha sido abordar la coca como un problema exclusivamente de seguridad, cuando en realidad se trata, ante todo, de un problema económico. Ningún campesino cultiva coca por romanticismo con la ilegalidad. La cultiva porque es el único producto que le garantiza comprador, liquidez y rentabilidad inmediata.

La verdadera tragedia del Catatumbo no es la coca. La verdadera tragedia es que Colombia sabe desde hace décadas cuál es la solución y, aun así, ha sido incapaz de ejecutarla.

Las zonas altas del Catatumbo tienen todas las condiciones para convertirse en una nueva frontera del café especial colombiano. Su altitud, su clima y su riqueza ambiental permiten producir cafés de origen con un enorme potencial en los mercados internacionales. Un "Café de las Montañas del Catatumbo" podría convertirse en una marca país y en un símbolo de transformación económica.

La región también puede convertirse en una gran despensa de frutas tropicales. El aguacate Hass, el maracuyá, la piña, el limón Tahití, el mango y la guanábana tienen un enorme potencial exportador. Pero el gran negocio no está en vender la fruta en bruto, sino en transformarla en pulpas, jugos, concentrados, aceites esenciales y productos con valor agregado que generen miles de empleos.

Y allí aparece el gran desafío del nuevo presidente, Abelardo de la Espriella. Su experiencia en el sector empresarial y su insistencia en la productividad podrían convertir al Catatumbo en el laboratorio de una verdadera revolución agroindustrial. La región necesita menos discursos y más carreteras; menos diagnósticos y más distritos de riego; menos promesas y más centros de acopio, créditos, incentivos tributarios y seguridad jurídica para atraer inversión.

 

El futuro de un planeta con hambre está en la agricultura y en la transformación de sus productos. Colombia posee un potencial inmenso que, por desidia, corrupción y falta de visión, ha permanecido enterrado durante décadas.

Mientras el Catatumbo siga exportando pobreza e importando violencia, la coca seguirá siendo el negocio más rentable. Pero el día en que exporte cafés especiales, chocolates, aguacates y frutas procesadas, habrá comenzado una verdadera revolución económica y social.

Ese día, la paz dejará de ser un discurso político y se convertirá, por fin, en una oportunidad de prosperidad para miles de familias que llevan demasiados años esperando que el Estado cumpla su palabra.

El Catatumbo no necesita que le prometan la paz; necesita que le enseñen a producir riqueza. Porque allí donde llega la empresa, la agroindustria y el empleo, la violencia empieza a perder terreno. ¿O ME EQUIVOCO?.

 


viernes, 26 de junio de 2026

¿Quién tiene la razón?

 


La cesión del contrato de concesión del acueducto y alcantarillado de Cúcuta a Veolia se ha convertido, quizá, en uno de los debates más trascendentales para el futuro de la ciudad. Más allá de las posiciones políticas, la pregunta que hoy se hacen miles de cucuteños es sencilla: ¿quién tiene la razón?

La ciudad esperaba que el alcalde cumpliera la promesa expresada reiterativamente sobre la toma de la operación del acueducto directamente por la alcaldía en cabeza de la EIS y es posible que ahí inicie la controversia.

De un lado, la administración municipal y la Empresa Industrial y Comercial de Cúcuta (EIS) sostienen que la decisión fue necesaria para garantizar la continuidad del servicio, asegurar inversiones multimillonarias y modernizar una infraestructura que desde hace años enfrenta enormes desafíos. Según esta postura, la llegada de un operador con experiencia internacional permitirá ejecutar proyectos que el municipio difícilmente podría financiar por sí solo.

Del otro lado están los concejales, sectores ciudadanos y algunos expertos que consideran que la cesión deja demasiados interrogantes. ¿Por qué no se realizó una nueva licitación? ¿Se protegieron suficientemente los intereses del municipio? ¿Qué garantías existen de que las inversiones prometidas se cumplirán? ¿Cómo impactará esto las tarifas y el control público sobre un servicio esencial?

La verdad es que ambas partes tienen argumentos válidos.

La ciudad necesita inversiones urgentes en su sistema de acueducto y alcantarillado. Eso es indiscutible. Pero también es cierto que cuando se trata de un servicio público esencial, las decisiones deben estar rodeadas de la máxima transparencia, participación ciudadana y seguridad jurídica.

Quizá el verdadero debate no es si Veolia es una buena o una mala empresa, ni tampoco si la administración actuó de buena o de mala fe. El verdadero debate es si los cucuteños cuentan hoy con toda la información necesaria para tener la certeza de que la mejor decisión para el futuro de la ciudad fue la que finalmente se tomó.

En una democracia, la confianza no se impone; se construye con información, transparencia y rendición de cuentas.

Por eso, más que vencedores y vencidos, este debate deja una gran responsabilidad: que la administración, la EIS, Veolia, el Concejo y los organismos de control garanticen que cada decisión tomada responda exclusivamente al interés general y no a intereses particulares.

Porque al final, el acueducto no es un negocio cualquiera. El agua es un derecho fundamental y su administración debe estar siempre al servicio de los ciudadanos.

La historia aún no ha terminado. El control político continúa, los interrogantes siguen abiertos y será el tiempo, la justicia y, sobre todo, los resultados en la prestación del servicio, los que terminen respondiendo la pregunta que hoy se hace Cúcuta: ¿quién tenía la razón?.

Y en medio de esta controversia, el Concejo de Cúcuta tampoco puede salir indemne de las críticas. Una vez más, la sensación que queda en la ciudadanía es que el control político llega tarde, cuando las decisiones ya están tomadas y los hechos prácticamente consumados. No es la primera vez que la administración mueve sus fichas con anticipación y el Concejo reacciona después, limitándose a debates que generan titulares, pero pocas consecuencias concretas. Los controles políticos no pueden seguir siendo simples ejercicios retóricos o un saludo a la bandera. Si el Concejo quiere reivindicar su papel como representante de los ciudadanos, debe ejercer un control oportuno, riguroso y preventivo, capaz de anticiparse a las decisiones que comprometen el futuro de la ciudad y no limitarse a cuestionarlas cuando ya parecen irreversibles. De lo contrario, seguirá creciendo la percepción de que el poder de vigilancia del cabildo es más simbólico que efectivo y que, frente a las grandes decisiones de Cúcuta, la administración siempre va varios pasos adelante. ¿O ME EQUIVOCO?

 


Cúcuta tiene el proyecto del siglo frente a sus ojos… y no lo ha querido ver

  Las ciudades no se recuerdan únicamente por las obras que construyen. Se recuerdan por las oportunidades que supieron identificar y por la...