La cesión del contrato de
concesión del acueducto y alcantarillado de Cúcuta a Veolia se ha convertido,
quizá, en uno de los debates más trascendentales para el futuro de la ciudad.
Más allá de las posiciones políticas, la pregunta que hoy se hacen miles de
cucuteños es sencilla: ¿quién tiene la razón?
La ciudad esperaba que el alcalde
cumpliera la promesa expresada reiterativamente sobre la toma de la operación
del acueducto directamente por la alcaldía en cabeza de la EIS y es posible que
ahí inicie la controversia.
De un lado, la administración
municipal y la Empresa Industrial y Comercial de Cúcuta (EIS) sostienen que la
decisión fue necesaria para garantizar la continuidad del servicio, asegurar
inversiones multimillonarias y modernizar una infraestructura que desde hace
años enfrenta enormes desafíos. Según esta postura, la llegada de un operador
con experiencia internacional permitirá ejecutar proyectos que el municipio
difícilmente podría financiar por sí solo.
Del otro lado están los
concejales, sectores ciudadanos y algunos expertos que consideran que la cesión
deja demasiados interrogantes. ¿Por qué no se realizó una nueva licitación? ¿Se
protegieron suficientemente los intereses del municipio? ¿Qué garantías existen
de que las inversiones prometidas se cumplirán? ¿Cómo impactará esto las
tarifas y el control público sobre un servicio esencial?
La verdad es que ambas partes
tienen argumentos válidos.
La ciudad necesita inversiones
urgentes en su sistema de acueducto y alcantarillado. Eso es indiscutible. Pero
también es cierto que cuando se trata de un servicio público esencial, las
decisiones deben estar rodeadas de la máxima transparencia, participación
ciudadana y seguridad jurídica.
Quizá el verdadero debate no es
si Veolia es una buena o una mala empresa, ni tampoco si la administración
actuó de buena o de mala fe. El verdadero debate es si los cucuteños cuentan
hoy con toda la información necesaria para tener la certeza de que la mejor
decisión para el futuro de la ciudad fue la que finalmente se tomó.
En una democracia, la confianza
no se impone; se construye con información, transparencia y rendición de
cuentas.
Por eso, más que vencedores y
vencidos, este debate deja una gran responsabilidad: que la administración, la
EIS, Veolia, el Concejo y los organismos de control garanticen que cada
decisión tomada responda exclusivamente al interés general y no a intereses
particulares.
Porque al final, el acueducto no
es un negocio cualquiera. El agua es un derecho fundamental y su administración
debe estar siempre al servicio de los ciudadanos.
La historia aún no ha terminado.
El control político continúa, los interrogantes siguen abiertos y será el
tiempo, la justicia y, sobre todo, los resultados en la prestación del
servicio, los que terminen respondiendo la pregunta que hoy se hace Cúcuta: ¿quién
tenía la razón?.
Y en medio de esta controversia,
el Concejo de Cúcuta tampoco puede salir indemne de las críticas. Una vez más,
la sensación que queda en la ciudadanía es que el control político llega tarde,
cuando las decisiones ya están tomadas y los hechos prácticamente consumados.
No es la primera vez que la administración mueve sus fichas con anticipación y
el Concejo reacciona después, limitándose a debates que generan titulares, pero
pocas consecuencias concretas. Los controles políticos no pueden seguir siendo simples
ejercicios retóricos o un saludo a la bandera. Si el Concejo quiere reivindicar
su papel como representante de los ciudadanos, debe ejercer un control
oportuno, riguroso y preventivo, capaz de anticiparse a las decisiones que
comprometen el futuro de la ciudad y no limitarse a cuestionarlas cuando ya
parecen irreversibles. De lo contrario, seguirá creciendo la percepción de que
el poder de vigilancia del cabildo es más simbólico que efectivo y que, frente
a las grandes decisiones de Cúcuta, la administración siempre va varios pasos
adelante. ¿O ME EQUIVOCO?



