domingo, 27 de septiembre de 2026

“Briceño pregunta, Acevedo responde: que hablen los contratos”

 




Hay nombres que aparecen en la política nacional y tardan años en convertirse en protagonistas. Y hay otros que, en muy poco tiempo, logran hacerse visibles a punta de redes sociales, denuncias, debates y una particular manera de mirar el poder.

Daniel Felipe Briceño Montes pertenece a esa segunda categoría.

A sus 32 años, este abogado, especialista en Derecho Público y magíster en Análisis Político y Electoral, pasó de ser asesor del Concejo de Bogotá a convertirse en concejal y, posteriormente, en representante a la Cámara por Bogotá. En las elecciones legislativas de marzo de 2026 obtuvo más de 260.000 votos y se convirtió en el congresista con la mayor votación individual del país.

Pero más allá de la cifra electoral, hay algo que explica buena parte de su crecimiento político: su particular manera de hacer control político.

Briceño convirtió el SECOP, las bases de datos de contratación estatal y las redes sociales en herramientas de fiscalización. Él mismo ha explicado que la combinación entre SECOP y redes sociales fue fundamental para construir su proyecto político.

Para aquellos que no lo saben, el SECOP es el Sistema Electrónico para la Contratación Pública de Colombia. En palabras sencillas: es la plataforma oficial donde las entidades públicas deben publicar la información de sus procesos de contratación.

Es decir, Briceño no apareció ayer con una carpeta debajo del brazo para mirar contratos. Esa ha sido precisamente una de las características que le han permitido construir su figura pública.

Y aquí empieza lo interesante para Cúcuta.

Porque ahora la lupa de Daniel Briceño se dirige hacia la administración del alcalde Jorge Acevedo.

Y cuando un congresista que ha construido buena parte de su carrera política revisando contratación pública decide solicitar información sobre una administración municipal, la noticia no está solamente en la carta.

La verdadera noticia está en lo que puede aparecer después de abrir los documentos.

Pero… que Briceño solicite información sobre contratos de la Alcaldía de Cúcuta no significa que haya encontrado corrupción.

Una solicitud de información no es una sentencia. Un cuestionamiento político no es una decisión judicial. Y un contrato que genere dudas tampoco puede ser calificado automáticamente como ilegal. Pero tampoco sería serio minimizar una solicitud de esta naturaleza. Porque el control sobre los recursos públicos existe precisamente para preguntar.

¿Cuánto se contrató? , ¿Con quién?, ¿Por qué mediante determinada modalidad? , ¿Cuánto costó?, ¿Qué experiencia tenía el contratista?, ¿Quién hizo los estudios previos?, ¿Quién supervisó?, Y, sobre todo, ¿los ciudadanos recibieron por esos recursos públicos lo que tenían derecho a recibir?; Esas son las preguntas que importan.

La administración de Jorge Acevedo gobierna la ciudad durante el período 2024-2027. El alcalde es ingeniero industrial, especialista en Finanzas y magíster en Administración de Empresas y Trabajo Social, y antes de llegar al Palacio Municipal fue concejal de Cúcuta y funcionario de la administración local.

No estamos, entonces, frente a un gobierno recién llegado que todavía esté construyendo su aparato administrativo.

La solicitud de Briceño no debería ser vista solamente como un ataque político.

Para la administración de Jorge Acevedo puede convertirse, incluso, en una oportunidad para demostrar con documentos cómo se han utilizado los recursos de los cucuteños.

Porque gobernar no significa solamente inaugurar obras, publicar fotografías o anunciar inversiones.

Gobernar también significa explicar cada peso público.

Por eso, más que preguntarnos si Daniel Briceño tiene razón antes de conocer los documentos, deberíamos preguntarnos qué encontrará cuando esos documentos sean revisados.

Y esa diferencia es fundamental. Porque una cosa es una denuncia política y otra una evidencia. Una cosa es sospechar y otra demostrar. Una cosa es encontrar un contrato que genere preguntas y otra establecer que hubo una irregularidad.

Dicho esto, la solicitud de documentación por parte del congresista Daniel Briceño a la administración municipal de San José de Cúcuta debe significar una gran oportunidad para que el actual alcalde de los cucuteños despeje las dudas que ha generado en su contra la poca oposición del actual concejo de la ciudad, si lo logra su poca o mucha popularidad después de casi tres años de gestión se vería altamente reforzada…si no lo logra, los cucuteños tendremos que preocuparnos. ¿ O ME EQUIVOCO?

 




domingo, 13 de septiembre de 2026

“Perseverante, Segura y Productiva: tres palabras, muchas preguntas”

 




Pero, si vamos a ser francos, con todo lo que se ha endeudado el municipio durante esta administración, ¿cuál es la gran obra que le va a dejar a Cúcuta? Yo, sinceramente, no la veo.

Una ciudad no se transforma porque inaugure obras. Se transforma cuando esas obras consiguen que sus ciudadanos vivan mejor.

Parece una frase sencilla, pero contiene una pregunta que la Administración Municipal y el Concejo de Cúcuta deberían responderle a la ciudadanía: ¿cuánto de lo que hoy se anuncia, se contrata y se construye está modificando realmente la vida de los cucuteños?

Veo a diario el avance del embellecimiento del sector del canal Bogotá, a la altura del cruce hacia el barrio El Bosque, y parece que este ejercicio irá hasta La Libertadores. Y eso está bien. Está quedando bonito. Pero una administración sin contexto corre el riesgo de convertirse en una administración llena de pretextos. Y entonces nos preguntam

os: ¿cuáles son las prioridades de una ciudad como Cúcuta en la ejecución de sus ingresos o, mejor aún, de sus empréstitos? ¿Había, por casualidad, algo más importante que resolver en la ciudad?

Porque gobernar una ciudad no puede convertirse en una competencia por mostrar metros de pavimento, parques recuperados, escenarios deportivos o proyectos anunciados. Las obras son necesarias, por supuesto. Pero una ciudad puede tener más cemento y continuar teniendo los mismos problemas de fondo.

Y Cúcuta tiene varios.

El mercado laboral es quizá uno de los mejores ejemplos. Durante el primer trimestre de 2026, Cúcuta y su área metropolitana registraron una tasa de desempleo del 12 %. Pero el dato verdaderamente preocupante está en la informalidad: 62,3 % de los ocupados. Es decir, más de seis de cada diez trabajadores siguen vinculados al mercado laboral en condiciones de informalidad.

Eso debería ser suficiente para que la palabra “productividad” dejara de ser un simple componente del nombre del Plan de Desarrollo y se convirtiera en una obsesión de gobierno.

Porque una ciudad no es productiva simplemente porque tenga comercio. No es productiva porque sus calles estén llenas de vendedores, motocicletas y pequeños negocios. Una ciudad productiva es aquella capaz de generar empresas, atraer inversión, crear empleos formales, aumentar los ingresos de sus trabajadores y ofrecer oportunidades para que los jóvenes no tengan que vivir del rebusque.

¿Cuál es la gran estrategia de Cúcuta para pasar de una economía de supervivencia a una economía de productividad?

No basta con organizar ferias de empleo, capacitar personas o anunciar programas. Necesitamos saber cuántos empleos formales se han creado, cuántas empresas nuevas sobreviven, cuánto capital privado está llegando, cuánto aumenta la productividad y cuánto disminuye realmente la informalidad.

Porque si dentro de dos años seguimos teniendo una informalidad cercana al 60 %, podremos haber pavimentado muchas calles, pero no habremos transformado la estructura económica de la ciudad.

La Administración Municipal ha bautizado su hoja de ruta como “Cúcuta Perseverante, Segura y Productiva”. Es un nombre ambicioso.

Una administración perseverante debería preguntarse: ¿qué problemas llevamos 10, 20 o 30 años tratando de resolver y todavía no hemos solucionado? Y concentrar allí buena parte de su capacidad de gobierno.

Una Cúcuta segura no es solamente aquella donde bajan los homicidios. Es una ciudad donde el ciudadano puede salir de su casa, caminar, utilizar el transporte, llevar a sus hijos al colegio, abrir un negocio y regresar por la noche sin sentir que está arriesgando su vida o sus bienes.

Una Cúcuta productiva no puede ser una ciudad donde más del 60 % de los trabajadores permanece en la informalidad.

Productividad significa empresas que crecen, inversión privada, empleo formal, mejores salarios, innovación, capacitación, tecnología, exportaciones y jóvenes preparados para trabajos de mayor valor.

Pero dentro de algunos años nadie recordará el nombre del plan. Los ciudadanos recordarán si consiguieron empleo, si pudieron caminar tranquilos por su barrio, si sus hijos recibieron mejor educación, si las calles dejaron de inundarse, si el transporte mejoró y si la ciudad consiguió generar oportunidades.

Porque una ciudad no se transforma gastando más. Se transforma gastando mejor.

Y si Cúcuta necesita seguir incorporando recursos que no logró ejecutar oportunamente, mientras más del 60 % de sus trabajadores continúa en la informalidad y la ciudad sigue enfrentando problemas graves de seguridad, entonces debemos hacernos una pregunta incómoda:

¿El problema de Cúcuta es realmente la falta de recursos o la falta de prioridades?

¿Cúcuta está construyendo más o realmente está consiguiendo que sus ciudadanos vivan mejor? ¿O me equivoco?

 


martes, 8 de septiembre de 2026

COLOMBIA FRACASA EN PISA, PERO EL VERDADERO FRACASO SERÍA NO REACCIONAR

 


Colombia está llevando más jóvenes a las aulas, pero todavía no está logrando que aprendan lo que necesitan para enfrentar la vida.

Hay cifras que deberían incomodarnos como sociedad. No porque aparezcan en un ranking internacional, sino porque detrás de ellas hay miles de niños y jóvenes colombianos cuyo futuro puede estar quedándose rezagado. Los resultados de las pruebas PISA 2025 acaban de entregarnos una de esas cifras.

Colombia obtuvo 381 puntos en Matemáticas, 399 en Lectura y 414 en Ciencias. Frente a 2022, el país retrocedió dos puntos en Matemáticas y diez en Lectura, aunque logró mejorar tres puntos en Ciencias. Cuatro Años totalmente perdidos en educación.

Pero hay un dato que debería producir algo más que titulares durante 24 horas: apenas el 29 % de nuestros estudiantes alcanzó el nivel básico en Matemáticas y el 46 % lo hizo en Lectura.

Dicho de otra manera: siete de cada diez jóvenes colombianos evaluados no alcanzan las competencias básicas en Matemáticas.

Y aquí comienza el verdadero problema.

Porque PISA no está preguntando simplemente si nuestros estudiantes memorizaron una fórmula, una fecha histórica o una definición. Está intentando determinar si pueden utilizar lo que aprendieron para comprender una situación, interpretar información, resolver un problema y tomar decisiones.

Y eso cambia completamente la discusión.

Un joven puede aprobar matemáticas y, sin embargo, tener dificultades para interpretar una gráfica, calcular un porcentaje, comprender una tasa de interés o evaluar una información financiera.

Puede saber leer palabras y, al mismo tiempo, tener dificultades para comprender un texto, identificar una idea central, comparar argumentos o distinguir información confiable de una mentira. Ese es el verdadero desafío.

EL PROBLEMA NO NACIÓ AYER

Sería demasiado fácil —y también demasiado irresponsable— convertir estos resultados en un arma política contra el gobierno de turno. Los resultados muestran una tendencia que no comenzó en 2025. Colombia ya había obtenido 391 puntos en Matemáticas y 412 en Lectura en 2018; en 2022 descendió a 383 y 409, respectivamente. Ahora llega a 381 y 399.

Esto significa que estamos frente a un problema estructural.

La educación colombiana necesita dejar de ser una política de gobierno para convertirse en una verdadera política de Estado. Cada cuatro años cambiamos discursos, programas, ministros, modelos y prioridades. Pero los niños que hoy están en primaria no pueden esperar otros veinte años para que descubramos cómo enseñarles mejor.

MÁS COBERTURA, PERO TAMBIÉN MÁS CALIDAD

Hay, sin embargo, un elemento que debemos reconocer. La expansión del acceso a la educación secundaria ha permitido que más jóvenes de sectores históricamente excluidos lleguen al sistema educativo. La propia lectura de los resultados reconoce que esa mayor inclusión puede influir en los promedios.

Y eso es una buena noticia.

Pero aumentar la cobertura no puede ser suficiente. No basta con que los jóvenes estén dentro de las aulas; necesitamos que salgan de ellas mejor preparados.

Una educación que consigue matrícula, pero no consigue aprendizaje, termina convirtiéndose en una estadística de cobertura y no en una herramienta de transformación social.

Tal vez llegó el momento de hacernos una pregunta incómoda:

¿Estamos educando para aprobar materias o estamos educando para la vida?

Porque un estudiante puede graduarse del colegio y todavía no saber interpretar adecuadamente un contrato, comprender una noticia, analizar una estadística, administrar responsablemente su dinero o argumentar una posición frente a un problema.

Y en una sociedad inundada de información, redes sociales y ahora inteligencia artificial, estas capacidades son más importantes que nunca.

El problema ya no es solamente saber. ¿O ME EQUIVOCO ?

 


domingo, 6 de septiembre de 2026

¿CÚCUTA LEE O SOLAMENTE VA A LA FERIA DEL LIBRO?

 



Hay una pregunta que deberíamos hacernos ahora que termina una nueva edición de la Fiesta del Libro de Cúcuta: ¿somos realmente una ciudad de lectores o simplemente una ciudad que, durante seis días al año, se acuerda de los libros? La pregunta puede resultar incómoda, pero creo que es necesaria.

Durante esta semana hemos visto colegios, estudiantes, escritores, editoriales, conferencistas, familias y miles de cucuteños acercándose a la Fiesta del Libro. Las imágenes son alentadoras: salones llenos, jóvenes escuchando a autores, niños descubriendo historias y libros exhibidos por todas partes.

Y eso hay que celebrarlo.

Pero una feria del libro no debería medirse únicamente por el número de personas que atraviesan sus puertas. La verdadera pregunta es otra: ¿cuántas personas salen de allí con un libro bajo el brazo y, sobre todo, cuántas vuelven a una librería cuando la feria termina?

Los datos disponibles nos dejan una reflexión interesante.

La Encuesta Nacional de Lectura y Escritura del DANE de 2017 registró que Cúcuta tenía un promedio de 5,4 libros leídos entre las personas que leían libros, mientras Medellín llegaba a 6,6 y Bogotá a 6,5. Es decir, no estábamos en los primeros lugares del país.

Pero había otro dato que llamaba poderosamente la atención: el 92,5 % de quienes leían en Cúcuta lo hacían en soporte impreso, uno de los porcentajes más altos entre las ciudades colombianas.

Eso decía algo importante de nuestra relación con el libro: al cucuteño que leía, al menos en aquel momento, le gustaba tener el libro en sus manos.

Siete años después, el panorama nacional muestra una evolución. El estudio Hábitos de lectura, asistencia a bibliotecas y compra de libros 2023, realizado por la Cámara Colombiana del Libro, encontró que los lectores habituales en Colombia llegaron a un promedio de 6,91 libros al año.

¿Qué está pasando hoy con los lectores cucuteños?

No basta con saber cuántas personas asisten a la Fiesta del Libro. Necesitamos saber cuántos libros se venden, cuáles son los más comprados, quiénes los compran y con qué frecuencia.

Porque una cosa es caminar entre estanterías y otra muy diferente es comprar un libro. Una cosa es asistir a una conferencia sobre literatura y otra es llegar a casa, abrir un libro y dedicarle media hora de nuestra noche. Una cosa es tomarse una fotografía frente al escenario de la Feria y publicarla en Instagram; otra muy distinta es apagar el teléfono y ponerse a leer.

Y aquí aparece un reto enorme para Cúcuta.

Porque si queremos construir una ciudad más educada, más crítica y más preparada para enfrentar sus problemas, necesitamos ciudadanos que lean.

Y aquí aparece una pregunta que no podemos seguir esquivando: ¿qué tanto estamos leyendo realmente en Cúcuta y qué tan bien estamos comprendiendo lo que leemos?

La Fiesta del Libro demuestra que existe interés por la cultura y que miles de ciudadanos se acercan a los libros, pero esa fotografía positiva debe contrastarse con los resultados educativos. Las pruebas Saber 11, particularmente en Lectura Crítica, no miden directamente cuántos libros lee un estudiante, pero sí permiten observar su capacidad para comprender, interpretar, analizar y argumentar a partir de un texto.

Por eso, más que celebrar únicamente la asistencia masiva a una feria, Cúcuta debería preguntarse si estamos convirtiendo ese entusiasmo de seis días en un verdadero hábito de lectura durante los 365 días del año.

Porque una ciudad verdaderamente lectora no es la que llena una feria del libro, sino la que logra que sus niños, jóvenes y adultos hagan de los libros una parte cotidiana de su vida.

Una ciudad que lee es una ciudad que piensa. Y una ciudad que piensa cuestiona, compara, analiza y no se deja engañar fácilmente.

Por eso, promover la lectura no debería ser únicamente una tarea de los colegios. También debería ser una prioridad de las universidades, de las familias, de las bibliotecas, de las instituciones culturales y, por supuesto, de los gobiernos locales.

Necesitamos más bibliotecas abiertas, más actividades permanentes de lectura, más clubes de lectores, más librerías, más libros al alcance de los jóvenes y, especialmente, una política pública que consiga que la lectura no sea una actividad excepcional de una semana de agosto o septiembre.

Porque existe el riesgo de que terminemos cometiendo una paradoja: que Cúcuta tenga una gran Fiesta del Libro, pero no necesariamente una gran cultura de lectura.

Y no estoy diciendo que la Feria no sea importante. Todo lo contrario.

La Fiesta del Libro de Cúcuta es una de esas iniciativas que debemos defender y fortalecer. Pero también debemos exigir que sus resultados trasciendan los días del evento.

Que los niños que fueron a la Feria vuelvan a pedir libros en diciembre. Que los jóvenes que escucharon a un escritor busquen después sus obras. Que los padres compren un libro para sus hijos, pero también uno para ellos. Que las empresas entiendan que patrocinar la lectura también es invertir en ciudad.

Y que los gobernantes comprendan que un libro puede transformar mucho más que una biblioteca: puede transformar una vida.

Quizás por eso, cuando se cierre la última actividad de esta edición de la Fiesta del Libro, no deberíamos preguntarnos solamente cuántas personas asistieron.

Deberíamos preguntarnos: ¿cuántos nuevos lectores dejamos?

Esa sería la verdadera medida del éxito.

Porque una feria puede durar seis días. Pero el hábito de leer debería acompañarnos toda la vida.

Y si queremos que Cúcuta deje de ser una ciudad que simplemente sobrevive a sus problemas y se convierta en una ciudad que piensa, propone y construye su futuro, tal vez tengamos que empezar por algo tan sencillo como abrir un libro.

¿O me equivoco?

 


¡BRILLAR PUEDE COSTAR LA VIDA!

  Ser una persona brillante, inteligente, ambiciosa y tener metas claras desde muy joven debería ser una ventaja, una condición para abrirse...