domingo, 20 de julio de 2025

LA CULTURA EN CUCUTA TALENTO INVISIBLE...POLITICA AUSENTE.

 


Una ciudad que no invierte en cultura pierde lentamente su alma. Renuncia a su memoria, a su identidad y a la posibilidad de imaginar un futuro distinto al de la repetición de sus carencias. Cúcuta no siempre fue este territorio donde la cultura sobrevive a fuerza de voluntarismo y resistencia dispersa. Hasta mediados del siglo XX funcionó el Instituto de Bellas Artes, que sembró música, teatro y artes plásticas antes de desaparecer en medio de la desidia oficial. Ese antecedente, al que luego se sumaría la Escuela/Teatro de Bellas Artes impulsada por creadores como Germán Moure y Paco Barrero, mostraba que la institucionalidad artística era posible: había aulas, maestros estables, repertorios y procesos formativos articulados. Hoy, en cambio, el ecosistema cultural se parece más a un archipiélago: talleres aislados, programas de estímulos de alcance limitado y esfuerzos individuales que no logran consolidar una masa crítica. Puede ser que hoy exista mucho talento desperdiciado e invisible en la región, oculto en barrios, colegios y colectivos sin la visibilidad ni el apoyo que una política cultural coherente debería ofrecer.

En una tierra que ha dado nombres de peso nacional e internacional, la inversión pública local en cultura sigue siendo marginal. El supuesto “apoyo” se traduce en goteos presupuestales y convocatorias que apenas logran paliar emergencias. El discurso oficial celebra cada rueda de prensa como si fuera un hito histórico, mientras los artistas cuentan con los dedos de una mano los espacios dignos donde estrenar, exponer o ensayar. La ciudad se acostumbra a “hacer cultura” en modo supervivencia y olvida que el arte necesita continuidad, no ocurrencias.

Basta revisar el linaje creativo para entender la magnitud del déficit actual. En las artes plásticas, Eduardo Ramírez Villamizar, nacido en Pamplona, es un recordatorio de cuánto puede proyectarse un creador de esta región. En la pintura y la gráfica, José Campos Biscardi, formado inicialmente en la Escuela de Bellas Artes de Cúcuta antes de proyectarse en Venezuela, representa el diálogo transfronterizo que definió buena parte de la sensibilidad regional. A estos nombres se suman Germán Ferrer Barrera, escultor y pintor, y Carlos Dupla, quien se destacó en el teatro y el cine dejando huella en la escena nacional. En las tablas, Germán Moure, Paco Barrero y Ciro Villamizar articularon entre las décadas de 1960 y 1990 un nervio escénico que conectó a Cúcuta con circuitos nacionales e internacionales. Hoy ese trípode está ausente y no ha sido reemplazado por una política pública con visión de largo plazo.

La literatura también fue un terreno fértil, con voces como Jorge Gaitán Durán y Eduardo Cote Lamus, impulsores de la revista Mito y protagonistas de un debate cultural de alcance nacional. Ese empuje intelectual contrasta con la actual escasez de plataformas editoriales locales, de becas de creación o de residencias literarias que apoyen a los nuevos autores. ¿Cómo pedir renovación estética si los jóvenes escritores se ven obligados a la autoedición precaria o a emigrar para encontrar lectores y mentores?

La música cuenta su propia historia de esplendor y abandono. Figuras como Elías M. Soto, Roberto Irwin Vale y Arnulfo Briceño demostraron que desde Cúcuta se podía nutrir el repertorio nacional con bambucos, pasillos y aires llaneros. Sin embargo, la discontinuidad institucional evaporó procesos: la antigua Banda Departamental se disolvió, los programas escolares sobreviven con instrumentos deteriorados y la formación depende de esfuerzos privados o de la voluntad de maestros sin garantías laborales.

Mientras tanto, en el presente, los artistas emergentes encuentran un panorama fragmentado: salas de teatro que no cumplen estándares técnicos, galerías improvisadas, músicos que rotan entre cafés porque no hay circuitos con curaduría, y grupos de danza que ensayan en patios descubiertos. El resultado es una erosión silenciosa del tejido cultural: el público pierde hábitos de asistencia, los creadores pierden continuidad y los jóvenes pierden referentes vivos.

La falta de inversión no es solo un problema contable; es un error estratégico. La cultura es prevención social, economía creativa e identidad. Cada peso que se niega a la formación artística se multiplica luego en desarraigo y fuga de talento. Cada edificio cultural que se deja caer envía el mensaje de que la memoria es sustituible y que la frontera está condenada a consumir productos culturales importados sin producir su propia narrativa.

Revertir este escenario exige más que discursos: se necesita un aumento sostenido del presupuesto cultural, la creación de una escuela integral de artes, un plan de infraestructura que recupere espacios emblemáticos, incentivos para empresas que cofinancien procesos, una red transfronteriza con el Táchira para festivales binacionales, un observatorio cultural que mida impacto y programas de formación de audiencias en colegios y barrios periféricos.

Sin estos pilares, la ciudad seguirá celebrando pequeñas victorias mientras pierde la batalla estructural. Cúcuta debe dejar de ver el pasado artístico como postal nostálgica y convertirlo en plataforma para un nuevo contrato cultural que garantice que un niño con un violín, una actriz adolescente o un muralista urbano no dependan de la suerte o del exilio para desarrollar su talento. Recuperar la inversión cultural no es un gesto romántico: es una política de supervivencia ciudadana.

¿ O ME EQUIVOCO ?

 


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