Una ciudad que no invierte en cultura pierde lentamente su
alma. Renuncia a su memoria, a su identidad y a la posibilidad de imaginar un
futuro distinto al de la repetición de sus carencias. Cúcuta no siempre fue
este territorio donde la cultura sobrevive a fuerza de voluntarismo y
resistencia dispersa. Hasta mediados del siglo XX funcionó el Instituto de
Bellas Artes, que sembró música, teatro y artes plásticas antes de desaparecer
en medio de la desidia oficial. Ese antecedente, al que luego se sumaría la
Escuela/Teatro de Bellas Artes impulsada por creadores como Germán Moure y Paco
Barrero, mostraba que la institucionalidad artística era posible: había aulas,
maestros estables, repertorios y procesos formativos articulados. Hoy, en
cambio, el ecosistema cultural se parece más a un archipiélago: talleres
aislados, programas de estímulos de alcance limitado y esfuerzos individuales
que no logran consolidar una masa crítica. Puede ser que hoy exista mucho
talento desperdiciado e invisible en la región, oculto en barrios, colegios y
colectivos sin la visibilidad ni el apoyo que una política cultural coherente
debería ofrecer.
Basta revisar el linaje creativo para entender la magnitud
del déficit actual. En las artes plásticas, Eduardo Ramírez Villamizar, nacido
en Pamplona, es un recordatorio de cuánto puede proyectarse un creador de esta
región. En la pintura y la gráfica, José Campos Biscardi, formado inicialmente
en la Escuela de Bellas Artes de Cúcuta antes de proyectarse en Venezuela,
representa el diálogo transfronterizo que definió buena parte de la
sensibilidad regional. A estos nombres se suman Germán Ferrer Barrera, escultor
y pintor, y Carlos Dupla, quien se destacó en el teatro y el cine dejando
huella en la escena nacional. En las tablas, Germán Moure, Paco Barrero y Ciro
Villamizar articularon entre las décadas de 1960 y 1990 un nervio escénico que
conectó a Cúcuta con circuitos nacionales e internacionales. Hoy ese trípode
está ausente y no ha sido reemplazado por una política pública con visión de
largo plazo.
La música cuenta su propia historia de esplendor y abandono.
Figuras como Elías M. Soto, Roberto Irwin Vale y Arnulfo Briceño demostraron
que desde Cúcuta se podía nutrir el repertorio nacional con bambucos, pasillos
y aires llaneros. Sin embargo, la discontinuidad institucional evaporó
procesos: la antigua Banda Departamental se disolvió, los programas escolares
sobreviven con instrumentos deteriorados y la formación depende de esfuerzos
privados o de la voluntad de maestros sin garantías laborales.
Mientras tanto, en el presente, los artistas emergentes
encuentran un panorama fragmentado: salas de teatro que no cumplen estándares
técnicos, galerías improvisadas, músicos que rotan entre cafés porque no hay
circuitos con curaduría, y grupos de danza que ensayan en patios descubiertos.
El resultado es una erosión silenciosa del tejido cultural: el público pierde
hábitos de asistencia, los creadores pierden continuidad y los jóvenes pierden
referentes vivos.
La falta de inversión no es solo un problema contable; es un
error estratégico. La cultura es prevención social, economía creativa e
identidad. Cada peso que se niega a la formación artística se multiplica luego
en desarraigo y fuga de talento. Cada edificio cultural que se deja caer envía
el mensaje de que la memoria es sustituible y que la frontera está condenada a
consumir productos culturales importados sin producir su propia narrativa.
Revertir este escenario exige más que discursos: se necesita
un aumento sostenido del presupuesto cultural, la creación de una escuela
integral de artes, un plan de infraestructura que recupere espacios
emblemáticos, incentivos para empresas que cofinancien procesos, una red
transfronteriza con el Táchira para festivales binacionales, un observatorio
cultural que mida impacto y programas de formación de audiencias en colegios y
barrios periféricos.
Sin estos pilares, la ciudad seguirá celebrando pequeñas
victorias mientras pierde la batalla estructural. Cúcuta debe dejar de ver el
pasado artístico como postal nostálgica y convertirlo en plataforma para un
nuevo contrato cultural que garantice que un niño con un violín, una actriz
adolescente o un muralista urbano no dependan de la suerte o del exilio para
desarrollar su talento. Recuperar la inversión cultural no es un gesto
romántico: es una política de supervivencia ciudadana.
¿ O ME EQUIVOCO ?
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