A tres años del inicio del
gobierno de Gustavo Petro, Colombia se encuentra ante una administración que ha
intentado emprender profundas transformaciones sociales, económicas y
políticas, pero cuyos resultados concretos siguen siendo limitados, fragmentarios
y, en muchos casos, contraproducentes. El presidente, primer mandatario de
izquierda en la historia reciente del país, llegó con una agenda de cambio
ambiciosa, centrada en la justicia social, la redistribución de la riqueza y
una transición hacia un nuevo modelo económico y energético. Sin embargo, sus
propuestas se han enfrentado a resistencias institucionales, bloqueos
legislativos, falta de gobernabilidad y una ejecución débil en términos
técnicos y administrativos.
La política económica ha sido
otro foco de tensión. Aunque el gobierno aprobó una reforma tributaria en 2022
que aumentó la carga fiscal sobre sectores estratégicos como el petrolero, esto
no se ha traducido en dinamismo económico. La inversión privada ha caído, el
crecimiento del PIB ha sido inferior al promedio regional, y persiste una
sensación de incertidumbre jurídica y regulatoria. La llamada “transición
energética justa” ha sido más un discurso que una política concreta. La
suspensión de nuevos contratos de exploración petrolera y de gas ha generado
temores fiscales, mientras que las energías renovables aún no tienen la
infraestructura ni el respaldo suficiente para reemplazar los ingresos del
sector extractivo. La inflación, aunque contenida en parte por el contexto
internacional, ha golpeado con fuerza a los hogares más pobres.
La gobernabilidad ha sido otro de
los grandes talones de Aquiles del gobierno Petro. Tras un arranque con
respaldo de partidos tradicionales, las alianzas se fracturaron rápidamente por
el estilo confrontacional del presidente y la falta de diálogo político. La
relación con el Congreso ha sido tensa, al igual que con la justicia, los entes
de control y los medios de comunicación. Petro ha insistido en que la
“institucionalidad tradicional” se opone al cambio, pero su reacción ha sido
intentar gobernar por decreto, lo que ha encendido alarmas sobre la
concentración del poder. La altísima rotación en el gabinete —más de 40 cambios
ministeriales en tres años— refleja la inestabilidad interna y la falta de
cohesión dentro del Ejecutivo.
En síntesis, la gestión del
presidente Petro se caracteriza por una ambiciosa narrativa transformadora que
no ha logrado traducirse en resultados concretos. El proyecto de cambio
estructural se ha visto obstaculizado tanto por factores externos como por errores
de diseño, ejecución y manejo político. La polarización ha aumentado, la
confianza en el gobierno ha disminuido, y los principales indicadores sociales
y económicos no muestran mejoras sostenidas. A un año del fin de su mandato, el
legado de Petro está en entredicho: si no logra corregir el rumbo, su gobierno
podría terminar recordado más por su retórica de cambio que por su capacidad de
gobernar con resultados.
OH ME EQUIVOCO ?
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