Han pasado ya varios años desde que Colombia celebró con entusiasmo la elección de los Consejos de Juventud, presentada como una victoria de la democracia participativa. Sin embargo, hoy la pregunta es inevitable: ¿han servido realmente para transformar la realidad de los jóvenes o se quedaron en el discurso?
Los Consejos de Juventud nacieron
con la promesa de darle voz y voto a una generación históricamente marginada de
la toma de decisiones. Pero la realidad muestra una distancia enorme entre el
ideal y el resultado. La mayoría de los municipios carecen de recursos,
acompañamiento técnico o voluntad política para que estos consejos funcionen.
Muchos jóvenes electos terminaron enfrentando la indiferencia de sus
administraciones locales y la falta de canales reales para incidir en las
políticas públicas.
La participación, que debía ser
el gran triunfo, ha sido más bien el reflejo de una desilusión creciente. En
las urnas, el abstencionismo juvenil superó con creces las expectativas, y no
por apatía, sino por desconfianza. La juventud percibe —con razón— que estos
espacios pueden ser usados más como vitrinas de legitimidad para los gobiernos
que como plataformas de poder efectivo para sus representantes.
A esto se suma otro problema: la
falta de formación política y social para quienes resultan elegidos. Sin
herramientas de gestión, sin capacitación en liderazgo o mecanismos de
incidencia, muchos consejeros terminan reducidos a figuras decorativas en actos
protocolarios. Lo que debía ser un laboratorio de democracia termina pareciendo
un ejercicio simbólico, una promesa más dentro de una estructura institucional
que, en el fondo, no cambia.
La juventud no necesita ser escuchada solo cada cuatro años, ni encasillada en consejos sin dientes. Necesita espacios donde su palabra tenga consecuencias, donde su participación se traduzca en políticas tangibles, presupuesto y presencia real en la agenda pública. La elección de los Consejos de Juventud fue una buena idea. Pero una buena idea sin voluntad, sin poder y sin seguimiento, se convierte en una frustración colectiva. Y nada envejece más rápido a una democracia que la desilusión de sus jóvenes. ¿O ME EQUIVOCO?

Totalmente cierto... Igual sucede en los colegios xon los personeros estudiantiles y los contralores estudiantiles...
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