Cada domingo, mientras el café humea y la ciudad despierta
con la parsimonia de siempre, uno se pregunta si quienes gobiernan también
llevan una bitácora. No una de discursos, ni de inauguraciones apresuradas,
sino una honesta, donde se consignen los pendientes, las omisiones y, sobre
todo, las oportunidades perdidas.
Porque gobernar una ciudad no es solo administrar el día a
día. Es proyectarla. Y en esa tarea, Cúcuta parece haber pasado las últimas dos
décadas navegando sin rumbo claro, repitiendo diagnósticos, aplazando
decisiones y acumulando promesas que nunca llegaron a puerto.
Basta revisar esa bitácora imaginaria para encontrar, una y otra vez, los mismos vacíos. El más evidente: un sistema de transporte masivo que ordene la movilidad, dignifique al usuario y le devuelva tiempo y calidad de vida a miles de ciudadanos. Mientras otras ciudades del país avanzaron —con aciertos y errores, sí, pero avanzaron— aquí seguimos atrapados en un modelo informal, caótico y agotado, donde el trancón se volvió paisaje y el desorden, costumbre.
Pero una ciudad demuestra su evolución real cuando la movilidad es multimodal, y de eso también adolece Cúcuta. Sus cerros podrían integrar sistemas de cable como los que transformaron la movilidad diaria en Bogotá o Medellín; hacen falta más ciclo rutas conectadas y seguras, y una visión que entienda que moverse no es solo desplazarse, sino vivir mejor. Eso es pensar una ciudad del siglo XXI.
Veinte años no son un descuido. Son una decisión. O peor
aún, una cadena de indecisiones.
Ahora bien, una bitácora justa también debe registrar lo que
se hace bien. Y si hay una asignatura pendiente que el alcalde actual ha
empezado a resolver con acierto, es la pavimentación de las calles de Cúcuta,
durante años totalmente deterioradas por el paso del tiempo y la falta de
mantenimiento. Recuperar la malla vial no es un gesto menor: es dignidad
urbana, es movilidad básica, es reconocer que una ciudad también se gobierna
desde el asfalto que pisan a diario sus ciudadanos.
Pero basta que caiga un aguacero, grande o pequeño, para recordar otra de las grandes deudas históricas de la ciudad: el alcantarillado pluvial. Cúcuta sigue sin una infraestructura adecuada para manejar el agua lluvia, y cada precipitación la convierte en una suerte de Venecia tropical y macondiana, donde el caos y la improvisación flotan junto al agua. No es un castigo de la naturaleza; es el resultado de décadas sin planificación seria.
A todo esto se suma una realidad que no se puede seguir
maquillando: la violencia. Hoy Cúcuta es percibida como una de las
ciudades más golpeadas por la inseguridad en Colombia, una situación agravada
por su condición de ciudad de frontera y por la compleja relación con un vecino
sometido a un régimen desquiciado. Pero la violencia no se combate solo con más
pie de fuerza o discursos de mano dura.
Una de las salidas reales para Cúcuta es formalizar su
economía. Generar empleo digno, estable y legal. No basta con quedarse en
el apoyo a los emprendimientos —necesarios, sí— si no se avanza hacia la
creación de empresa, de industria, de cadenas productivas que hagan que la
economía fluya. Donde hay trabajo formal, hay menos desesperanza; y donde hay
menos desesperanza, la violencia empieza a ceder.
Y el problema no termina ahí. En esa misma bitácora siguen
faltando páginas sobre planificación urbana real, sobre espacio público pensado
para el peatón y no solo para el carro, sobre una visión ambiental que vaya más
allá del discurso, sobre servicios públicos gestionados con transparencia y
futuro, no con parches y crisis cíclicas.
La ciudad creció, pero no se ordenó. Se expandió, pero no se
pensó. Y cada gobierno pareció comenzar de cero, como si la historia no
existiera y la responsabilidad terminara con el periodo.
Tal vez por eso hoy Cúcuta siente que siempre está
empezando, pero nunca llegando.
La bitácora del gobernante debería ser un documento
obligatorio. Uno donde se escriba no solo lo que se hizo, sino lo que no
se quiso hacer; donde quede claro por qué se dejó pasar el tiempo, a quién le
faltó coraje y quién prefirió la comodidad del aplazamiento.
Porque gobernar también es tener la valentía de tomar
decisiones impopulares pero necesarias. Y una ciudad que no se planea, se
improvisa. Y una ciudad que se improvisa, se estanca. ¿O ME EQUIVOCO?
Mejorar la infraestructura vial, como lo son puentes y unas carreteras en buen estado, promover una cultura de respeto y responsabilidad en nuestras calles, al igual que la demarcación de vías es esencial para que podamos navegar de manera segura.
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