domingo, 7 de diciembre de 2025

“Semáforos en rojo, conductores en verde: la cultura del riesgo que mata”

 

Cada mañana, cuando salgo a caminar por las inmediaciones de la Avenida Gran Colombia, observo cómo estudiantes, caminantes e incluso mascotas tratan de esquivar los carros y motos que hacen caso omiso del semáforo puesto allí frente al Colegio Mercedes Ábrego. La luz cambia a rojo, pero para muchos conductores parece no significar nada. Los peatones quedan atrapados entre la prisa ajena y el miedo propio, obligados a calcular el instante exacto para cruzar sin ser atropellados. Esa escena, repetida día tras día, es una radiografía perfecta del problema que vivimos.

En Cúcuta se ha vuelto paisaje ver cómo los semáforos cambian a rojo y, en lugar de frenar, muchos aceleran. Es una escena cotidiana: motociclistas que cruzan como si el color fuera una simple sugerencia, carros que se cuelan aprovechando “el último segundo”, y peatones que observan con la mezcla exacta de miedo y resignación.
La ciudad ha desarrollado una peligrosa costumbre: la manía de ignorar la luz roja.

Y esa imprudencia tiene un costo enorme. Solo en 2024, Cúcuta registró 114 muertes por siniestros viales. Y en lo corrido de 2025, la cifra ya asciende a 142 víctimas fatales, superando el año anterior aún sin haber terminado el periodo. A esto se suman más de 640 personas lesionadas este año. Las estadísticas no mienten: detrás de cada semáforo irrespetado hay una tragedia latente.

Lo más inquietante no es la infracción en sí, sino la velocidad con la que la normalizamos. Pasarse un semáforo en rojo dejó de ser un acto excepcional y se volvió parte del ritmo urbano. Como tantas prácticas dañinas en Colombia, empezó con la excusa de la viveza, la prisa o la desconfianza en la autoridad… y ahora se convirtió en un hábito colectivo que todos vemos, pero casi nadie cuestiona.

Pero las consecuencias están ahí, silenciosas, golpeando fuerte: más accidentes, más lesionados, más vidas truncadas. Las cifras no siempre ocupan titulares, pero en las clínicas y hospitales la historia es otra: fracturas, traumas craneales, motociclistas que no vuelven a caminar igual, familias completas afectadas por un acto que dura tres segundos.

El problema es que saltarse un semáforo no solo es un acto individual. Es un mensaje.
Cada conductor que cruza en rojo le dice a los demás que la regla no importa, que la ciudad es tierra de nadie, que el que tiene afán manda, que la ley es opcional. Y ese mensaje se multiplica: uno se lo enseña a otro, lo copia, lo repite, lo hereda.

La luz roja no está ahí para incomodarnos ni retrasarnos; está para protegernos del otro. Es un pacto básico de convivencia: yo me detengo ahora para que tú puedas avanzar seguro, y luego tú harás lo mismo por mí. Parece simple. Pero cuando ese pacto se rompe, lo que está en juego no es solo un cruce de calle: es la cultura ciudadana, el respeto mutuo y la idea de que vale más la vida que la prisa.

Cúcuta necesita algo más que operativos sorpresa o comparendos: necesita volver a creer en las reglas básicas, esas que salvan vidas aunque no generen aplausos. Necesita ciudadanos que entiendan que no es un triunfo “ganarle” al semáforo, sino un riesgo que puede costar caro.

Porque detrás de cada semáforo en rojo está la posibilidad —real, directa— de evitar una tragedia.

Quizás sea hora de preguntarnos algo simple:
¿Por qué nos da tanta pereza detenernos tres segundos, pero no nos asusta perderlo todo en un segundo?

Cúcuta merece una movilidad más humana y menos impulsiva.
Y todo empieza por algo tan pequeño, tan sencillo… como respetar la luz roja. ¿O ME EQUIVOCO?

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