domingo, 15 de febrero de 2026

Indiferencia: el verdadero partido ganador

 


La democracia es generosa. Permite votar, opinar, protestar, disentir.

Pero también concede una libertad más peligrosa: la de renunciar a decidir y luego reclamar como si se hubiera decidido.

En Colombia entramos nuevamente en temporada electoral. Las campañas se multiplican, los discursos se radicalizan y las plazas se llenan de promesas. Sin embargo, hay una constante que se repite con una precisión casi matemática: la abstención crece. Y, paradójicamente, también crece la indignación ciudadana.

Nos quejamos de los políticos con una constancia admirable. Los acusamos de corrupción, incompetencia, populismo o autoritarismo. Todo eso puede ser cierto. Pero hay una verdad más incómoda que pocas veces queremos aceptar: una parte del destino político del país no la deciden los políticos, la decide la ciudadanía cuando decide no participar.

Las cifras son tan simples como demoledoras.

De diez colombianos, cinco dicen que la política no les importa. Es la forma contemporánea de la neutralidad cómoda, del “eso no es conmigo”. De los cinco que quedan, uno pierde el voto porque nunca le enseñaron a votar, porque se extravía en los tarjetones buscando rostros donde solo hay logos, números y partidos. Quedan cuatro. De esos cuatro, uno vota en blanco, ejerciendo legítimamente su derecho a no escoger.
Al final, solo tres ciudadanos terminan decidiendo por los diez.

Tres deciden el rumbo de todos.
Y los otros siete, con una coherencia casi poética, se reservan el derecho a quejarse.

La democracia colombiana no está dominada por mayorías fervorosas, sino por minorías persistentes. Minorías que votan, participan, organizan, financian, movilizan. El resto observa, critica, comenta en redes, se indigna en la sobremesa y vuelve a casa sin haber movido un solo engranaje del sistema que tanto critica.


En este escenario aparece un personaje recurrente de nuestras jornadas electorales: el demócrata multicolor. Ese ciudadano que va a todas las masivas, ondea todas las banderas, grita en todas las plazas y se toma la foto con todos los candidatos. Azul, rojo, verde, amarillo, naranja. Su ideología es la tarima, su partido es el entusiasmo momentáneo, su convicción es la selfie. No delinque, no viola la ley, pero se engaña a sí mismo y, de paso, trivializa la democracia reduciéndola a espectáculo.

La democracia no es una fiesta, aunque tenga tarimas.
No es un partido de fútbol, aunque tenga barras.
No es un concierto, aunque tenga himnos y banderas.

La democracia es una responsabilidad cotidiana. Implica informarse, deliberar, votar, aceptar resultados, exigir cuentas. Implica comprender que la libertad no es solo el derecho a hablar, sino el deber de decidir.


Aristóteles —no, no es un candidato— entendía la política como una dimensión esencial de la vida humana. No como un oficio sucio del que hay que huir, sino como el espacio donde se define el bien común. Hoy, en cambio, hemos convertido la política en un espectáculo distante, algo que otros hacen mientras nosotros comentamos desde la tribuna.

La democracia es imperfecta, ruidosa, frustrante. Pero sigue siendo el mecanismo menos malo que hemos inventado para convivir sin matarnos. No es garantía de buenos gobiernos, pero es la única garantía de que podamos cambiarlos sin violencia.

Por eso, en las próximas jornadas electorales no solo se elegirán cargos. Se elegirá el nivel de compromiso ciudadano. Se decidirá cuántos seguirán renunciando a su voz y cuántos asumirán el peso incómodo de participar. Se definirá si la política seguirá siendo cosa de tres o si, por fin, se convertirá en asunto de todos.

La democracia no fracasa cuando votamos mal.
Fracasa cuando no votamos.
Y fracasa doblemente cuando, después de no votar, exigimos como si lo hubiéramos hecho.

Porque en política, como en la vida, quien no decide, acepta que otros decidan por él.
Y eso, también, es una forma de voto. La democracia no se pierde con el voto. Se pierde con la indiferencia. ¿o me equivoco?.

 

 


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