La democracia es generosa. Permite votar, opinar, protestar, disentir.
Pero también concede una libertad más peligrosa: la de renunciar a decidir y
luego reclamar como si se hubiera decidido.
En Colombia entramos nuevamente en temporada electoral. Las
campañas se multiplican, los discursos se radicalizan y las plazas se llenan de
promesas. Sin embargo, hay una constante que se repite con una precisión casi
matemática: la abstención crece. Y, paradójicamente, también crece la
indignación ciudadana.
Nos quejamos de los políticos con una constancia admirable.
Los acusamos de corrupción, incompetencia, populismo o autoritarismo. Todo eso
puede ser cierto. Pero hay una verdad más incómoda que pocas veces queremos
aceptar: una parte del destino político del país no la deciden los políticos,
la decide la ciudadanía cuando decide no participar.
Tres deciden el rumbo de todos.
Y los otros siete, con una coherencia casi poética, se reservan el derecho a
quejarse.
La democracia colombiana no está dominada por mayorías
fervorosas, sino por minorías persistentes. Minorías que votan, participan,
organizan, financian, movilizan. El resto observa, critica, comenta en redes,
se indigna en la sobremesa y vuelve a casa sin haber movido un solo engranaje
del sistema que tanto critica.
La democracia no es una fiesta, aunque tenga tarimas.
No es un partido de fútbol, aunque tenga barras.
No es un concierto, aunque tenga himnos y banderas.
La democracia es una responsabilidad cotidiana. Implica
informarse, deliberar, votar, aceptar resultados, exigir cuentas. Implica
comprender que la libertad no es solo el derecho a hablar, sino el deber de
decidir.
Aristóteles —no, no es un candidato— entendía la política como una dimensión esencial de la vida humana. No como un oficio sucio del que hay que huir, sino como el espacio donde se define el bien común. Hoy, en cambio, hemos convertido la política en un espectáculo distante, algo que otros hacen mientras nosotros comentamos desde la tribuna.
La democracia es imperfecta, ruidosa, frustrante. Pero sigue
siendo el mecanismo menos malo que hemos inventado para convivir sin matarnos.
No es garantía de buenos gobiernos, pero es la única garantía de que podamos
cambiarlos sin violencia.
Por eso, en las próximas jornadas electorales no solo se
elegirán cargos. Se elegirá el nivel de compromiso ciudadano. Se decidirá
cuántos seguirán renunciando a su voz y cuántos asumirán el peso incómodo de
participar. Se definirá si la política seguirá siendo cosa de tres o si, por
fin, se convertirá en asunto de todos.
La democracia no fracasa cuando votamos mal.
Fracasa cuando no votamos.
Y fracasa doblemente cuando, después de no votar, exigimos como si lo
hubiéramos hecho.
Buendía día , claro q hay q decidir y saber decidir
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