El Catatumbo: la deuda histórica que Colombia no puede
seguir aplazando
Si existe una región en Colombia
que merece una mejor suerte, esa es el Catatumbo. Un territorio de paisajes
majestuosos, de una biodiversidad extraordinaria, de enormes reservas minerales
y de una tierra tan fértil que podría alimentar a millones de personas. Pero
también es una región habitada por una población resiliente que ha sido
condenada, durante décadas, al abandono estatal y a sobrevivir bajo el compás
de una economía ilícita que, además de generar ingresos, también siembra
muerte.
Cuando asumió la Presidencia de
la República, Gustavo Petro anunció que el Catatumbo se convertiría en la
"capital nacional de la paz". Prometió llevar la presencia integral
del Estado, impulsar el desarrollo productivo y construir una economía que
reemplazara las rentas ilegales. Cuatro años después, la realidad es
dolorosamente distinta: la violencia persiste, los grupos armados continúan
disputándose el territorio y las oportunidades prometidas nunca llegaron con la
dimensión y la velocidad que la región necesitaba.
El Catatumbo sigue siendo la
mayor contradicción de Colombia. Pocas regiones poseen tanta riqueza natural y,
al mismo tiempo, tan altos niveles de pobreza y exclusión. Allí se encuentran
algunas de las tierras más fértiles del país, abundancia de agua y una
ubicación estratégica que la convierte en una puerta natural hacia los mercados
internacionales. Sin embargo, el Estado ha sido incapaz de transformar ese
potencial en prosperidad.
La verdadera tragedia del
Catatumbo no es la coca. La verdadera tragedia es que Colombia sabe desde hace
décadas cuál es la solución y, aun así, ha sido incapaz de ejecutarla.
Las zonas altas del Catatumbo
tienen todas las condiciones para convertirse en una nueva frontera del café
especial colombiano. Su altitud, su clima y su riqueza ambiental permiten
producir cafés de origen con un enorme potencial en los mercados internacionales.
Un "Café de las Montañas del Catatumbo" podría convertirse en una
marca país y en un símbolo de transformación económica.
La región también puede
convertirse en una gran despensa de frutas tropicales. El aguacate Hass, el
maracuyá, la piña, el limón Tahití, el mango y la guanábana tienen un enorme
potencial exportador. Pero el gran negocio no está en vender la fruta en bruto,
sino en transformarla en pulpas, jugos, concentrados, aceites esenciales y
productos con valor agregado que generen miles de empleos.
Y allí aparece el gran desafío
del nuevo presidente, Abelardo de la Espriella. Su experiencia en el sector
empresarial y su insistencia en la productividad podrían convertir al Catatumbo
en el laboratorio de una verdadera revolución agroindustrial. La región
necesita menos discursos y más carreteras; menos diagnósticos y más distritos
de riego; menos promesas y más centros de acopio, créditos, incentivos
tributarios y seguridad jurídica para atraer inversión.
El futuro de un planeta con
hambre está en la agricultura y en la transformación de sus productos. Colombia
posee un potencial inmenso que, por desidia, corrupción y falta de visión, ha
permanecido enterrado durante décadas.
Mientras el Catatumbo siga
exportando pobreza e importando violencia, la coca seguirá siendo el negocio
más rentable. Pero el día en que exporte cafés especiales, chocolates,
aguacates y frutas procesadas, habrá comenzado una verdadera revolución económica
y social.
Ese día, la paz dejará de ser un
discurso político y se convertirá, por fin, en una oportunidad de prosperidad
para miles de familias que llevan demasiados años esperando que el Estado
cumpla su palabra.
El Catatumbo no necesita que le
prometan la paz; necesita que le enseñen a producir riqueza. Porque allí donde
llega la empresa, la agroindustria y el empleo, la violencia empieza a perder
terreno. ¿O ME EQUIVOCO?.
Muy buena columna.
ResponderEliminar